Después de sacar un 100% de aciertos en el examen teórico, de aprender a tardar menos de 10 minutos en ponerme el traje de neopreno, de que StreetGirl se probara 20 pares de gafas distintos y optara por las menos malas (aunque se le seguía colando agua) y de controlar bastante bien los ejercicios en piscina, nos fuimos al mar. Nos dividimos en grupos, nosotras tres solas con U.I. (Uber Instructor)
La
primera inmersión fue a 6 metros. Me preocupaba el tema de la presión. Buceando te pueden estallar los tímpanos, te pueden dar unos calambres que te cagas en los senos (no
éstos, guarros,
éstos) o te pueden dar derrames en los pulmones y hasta morirte. Pero mi cuerpo va compensando los cambios de presión automáticamente, a medida que bajo, sin tenerlo casi que pensar. Y lo de los pulmones se soluciona no aguantando la respiración. Así que fácil.
Practicamos los ejercicios básicos, como quitarte las gafas en mitad del mar, ponértelas y vaciarlas de agua, quitarte y ponerte el regulador, mantenerte flotando en el agua…
En la
segunda inmersión bajamos hasta unos 11 metros. Sin problema con la presión. Más movimientos, más ejercicios. U.I. ve que controlamos, damos un paseo y volvemos al barco. Cambiamos la botella de aire por una llena y volvimos al agua.
Para la
tercera inmersión me tiré hacia atrás desde el barco, como los buceadores que veía de pequeña en el
Calypso, que no veas la ilu que me hacía. Bajamos nueve metros. Atravesamos bancos de cientos de peces, y vimos estrellas de mar, cangrejos ermitaños y algunos afortunados hasta un pulpo.
Salimos de la calita, viendo desde abajo como las olas chocaban contra las rocas, la luz entra en el agua dando a todo un halo de magia… Y notamos unas corrientes trrrrremendas. U.I. nos hace señas de que subamos a la superficie, seguimos las instrucciones a la perfección, y entonces nos comunica que volvemos al barco, y nos señala en qué dirección está.
Hay que rodear un enorme saliente rocoso. Nos sumergimos y empezamos el recorrido. Yo he venido controlando el aire de mi botella, y he visto que el volumen bajaba deprisa. Sé que tengo que comunicárselo a U.I. cuando llegue a 100 bares, pero la última vez que miré estaba en 120. Vuelvo a mirar y… 70. Bueno, en cuanto se vuelva a comprobar que estamos le haré la seña.
Seguimos nadando, a toda leche, hacia el barco. U.I no se vuelve. Compruebo el aire: menos de 50 bares, ya estoy en reserva. Aviso a mi compañera, StreetGirl, de que tengo poco aire. Pone cara de sorpresa, busco su barómetro y veo que ella tiene de sobra. Le digo que sigamos avanzando.
U.I. y Susi van por delante, bastante deprisa, seguimos el recorrido hacia el barco, pero ya noto una cierta dificultad para respirar. Miro: poco, menos de 20 bares. Le indico a StreetGirl que no tengo aire, que necesito del suyo. Me da acceso a su fuente de aire alternativa. Cambio mi regulador por el de ella, respiro con normalidad. Nos sujetamos del antebrazo e iniciamos el ascenso, despacio, con calma, vaciando primero del todo los chalecos… para llenarlos al llegar a la superficie. Un ascenso controlado de emergencia de manual.
Nos quedamos flotando para descansar un segundo y dar tiempo a que U.I. se de cuenta de que no le seguimos. Por fin sale a la superficie, junto con Susi, y le ponemos al corriente. Desde aquí tenemos que nadar de espaldas hasta el barco, en superficie, aleteando. Empezamos, y es agotador. Muchísimo más cansado que nadar bajo el agua. El barco está LEJOS.
En el sitio en que hemos salido (StreetGirl y yo, los otros dos están más cerca del barco) justo confluyen dos corrientes: una, nos empuja hacia las rocas; la otra, hacia la trayectoria de los barcos que salen del puerto. No dejan de pasar veleros.
Aleteamos hacia el barco, en zigzag, mientras U.I., ya casi en el barco, se pone histérico (de modo muy machote, eso sí) cada vez que alguna de las dos se acerca a las zonas de peligro. Con esfuerzo conseguimos escapar a las corrientes y enfilamos hacia el barco.
Yo exclamo:
"No puedo con mi alma". Me llega la respuesta en forma de bramido desgañitado:
"Pues vas a tener que poder". Me da un ataque de risa. StreetGirl empieza a hacer la señal de "socorro, necesito ayuda" y U.I. casi pierde los nervios:
"¡¡¡No hagáis bromas con esoooooooo!!!" A StreetGirl le da un ataque de risa. U.I. y Susi llegan al barco. Susi se une al ataque de risa. Yo pienso que después de superar la emergencia vamos a morir ahogadas por la risa.
Finalmente llegamos. Subimos al barco, respiramos, descansamos… él está orgullosísimo de nosotras, y yo pienso.
Recuerdo a la chica rubia que los instructores regañan porque no sabe montar su equipo mientas ella dice que no le hace falta porque
"ya lo hace Vasilli" (su novio, que por cierto le hizo el teórico). Los profes le preguntan que qué hará si un día no está con ella en el agua y ella le contesta que
"Vasilli siempre está".
Y pienso que nosotras tenemos al instructor más fuerte, macizo y ubermachote del centro de buceo. Es un hombre de los que tienen pinta de salvarte de un holocausto nuclear, una invasión alienígena o un ataque zombie sin esfuerzo… y al final nos salvamos solas. U.I. resplandece de orgullo. Y nosotras, más.
La
cuarta inmersión, ya al día siguiente y con el agua picadilla, fue pan comido.