Este verano hemos dejado a la Gatina en casa de
Gato y
Rebilated. Fue el primer eslabón de la cadena de gatinas que nos hemos montado este verano (lo explica en toda su dimensión Gato en
este post). Yo he estado encantada, porque me he quedado tranquila todo el verano dejando a la gatina en casa amiga, sabiendo que iba a estar muy cuidadita y mimada (además de entretenida, porque Rebi juega mucho con la gata). Y he podido disfrutar de Akira en Palma, que es una gata-perro preciosa y muy cariñosa.
El problema fue llevar a la Gatina a la Gata Rebilada. El día anterior yo la había llevado al veterinario, así que cuando el bicho vio de nuevo el transportín un "
ohdioselseñorinyecciónyquememetecosasenelculillo" debió pasar por su mente. Al grito de
MAAAAAAAUUUUUU, hizo todo lo posible que sus cuatro patas no entraran a la vez en la cajita de marras. Quince minutos después, muchos maus y mucha lucha, conseguimos que ninguna cabeza, pata o cola de gatina saliera del transportín.
Bien. Pues si malo es tener una gatina en un transportín, mucho peor es tener una gatina en un transportín
en un coche. Los maus triplican su volumen y cuadriplican su frecuencia. Llevarla no me gusta, porque me da pena y me saca de quicio a partes iguales. Me puse la radio a todo volumen para no oírla, e hice un descubrimiento escalofriante: cuanto más pastelosa era la canción, más maullaba la gata. Si la vocalista era femenina, más maullaba la gata.
Cuando sonó una canción de Amaia Montero, tuve que apagar la radio. En primer lugar, por estar totalmente de acuerdo con las protestas de la gata respecto a la señorita. En segundo lugar, ya me pareció excesivo: encima de fastidiarla con el transportín, con el viaje el coche y con el susto, eso ya era tortura gratuita.
Llegué a la Gata Rebilada y después de tropecientas vueltas y de tener los nervios más crispados que un político español, conseguí aparcar a una calle de mi objetivo. Calculé y decidí que sí, que yo podía sola con mi maxi-bolso (colgado del hombro izquierdo), con el transportín (en la mano izquierda), la caja de arena (llena, encajada en mi cadera con la mano derecha) y la bolsa con sus cuencos y sus cosas (colgando de la muñeca derecha). Aún no sé cómo, conseguí cogerlo todo, cerrar el coche y recorrer penosamente los metros que me separaban del portal. Me sentía como un caracol con banda sonora (Maaaaaauuuuu), pero la gata y yo llegamos.
Sin soltar las cosas, conseguí llamar al portero automático:
- Gatooooo, ¿puede bajar Rebi para.... AAAAAGGHHHHHHH!- ¿Misiaaa, qué pasa? ahora baja Rebi.PLONC. Explico el
aaaaggh y el
plonc: Mientras hablaba con Gato, no sé qué falló, pero de repente bajé la vista, vi abrirse la portezuela del transportín y, claro, asomar una cabeza de gatina. En medio segundo me imaginé a la gata corriendo por todo el barrio de Rebi después de hacer su propio prison break. Como no me quedaban manos (una en el transportín, la otra ocupada con la caja de arena llena) lo único que se me ocurrió fue empotrar el transportín contra el portal para bloquear la salida de la gata. Hubo un
aaaagh (mío) y un gran
plonc (que no sé si fue el portal, el transportín o la cabeza de la gata)
- ¿Misiaa?- ¡Jeeeeeelp!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! ¡Que baje el Rebi, por dioooooooooooooooooooooos!Y ahí me quedé, en una extranísima postura, con el cuerpo ladeao, con un brazo extendido sosteniendo el transportín contra la puerta del portal, el otro brazo haciendo malabarismos para que no se me cayera la caja y no esparcir la arena por todo el portal, a la vez que el maxibolso y la bolsa se bamboleaban y me golpeaban desequilibrándome aún más.
Rebi no acababa de bajar (no se pueden bajar nueve pisos en menos de treinta segundos). Un señor vecino pasó y yo sonreí. Sonrisa profident de esas de "no pasa nada, sólo estoy tomando el fresco, esto es lo más normal del mundo" y, bueno, si no hubiera sido por la postura extraña, por el empotramiento del transportín contra la puerta y por los
MAAAUUUS indignados que salían de la caja, realmente todo hubiera sido normal. Cuando Rebilated llegó, flipó un poco, me ayudó con la caja de arena y yo, con un movimiento más rápido que los de Flash, cerré la puerta del transportín empujando a la gata y sus maus hacia el fondo.
Aliviada, después de haber evitado la fuga de Alcatraz, subimos a casa y solté a la gata, que salió del transportín hecha un asco (del susto el pobre bicho se había hecho pis), cabreada y asustada. Nos miró dignamente, se refugió en un rincón bajo una mesa y decidió que no quería saber nada de la humanidad (y menos de su dueña) el resto del día.
La Gatina ya ha vuelto a casa después del verano. Como soy muy lista, no volví a Madrid hasta que Gato, Rebi y mi Anómalo la trajeron, así que yo me ahorré el viaje de vuelta con Maaaauuus y transportines (mil gracias, Gato&Rebi, por todo).
Post-post: Por cierto, estos días, como me daba pereza bajar al trastero, el transportín ha estado rulando por aquí. Y claro, la Gatina ahora ha decidido que lo adora y que es el sitio que en el que más desea estar del universo mundial. Supongo que hasta la próxima vez que me vea con intenciones de volver a usarlo.