MANAZAS

Yo, Be, me he cargado la plantilla milenaria de QaD por torpe y con un solo clic. Me autoflagelo ante mis copropietarias y me comprometo a dejarla lo más parecida posible, si no mejor. ¡Palabra!
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martes, octubre 05, 2010

Tarde de compras

En diez minutos, hubo tocamientos indeseados, exhibicionismo, accidente casi mortal y sangre: ¿estoy contando un telefilme cutre de antena 3 del mediodía? No. Sólo a mí comprando unas bragas. Me explico.

El otro día fui al Tajo Anglosajón a comprar un conjunto de ropa interior. Perdida entre decenas de estantes llenos de bragas y sujetadores, busqué la ayuda de una de esas dependientas de la vieja escuela. Le expliqué lo que quería y, antes de empezar a buscarlo, me hizo LA pregunta:

- ¿Qué talla de sujetador tienes? - Oh. Me parecía una pregunta sencilla, pero no resultó serlo tanto.

- Una 95B.

- ¿95B? no, tú no tienes una 95B. Espera -sacó una cinta métrica, me midió el contorno de la caja torácica justo por debajo del pecho - tienes una 90... vamos a ver la copa - y me plantó las manos en las lolas. Así, sin decirme ni siquiera su nombre. En realidad al principio en los lados, pero después fue desplazando las manos por todo el contorno, hasta juntar las manos en el centro - C. Tienes una copa C. Vamos a buscar lo que me has pedido.

Yo la seguí a duras penas, aún estaba recogiendo mi mandíbula inferior del suelo, que se me había desencajado después del sobeteo que la tía me había dado (mujeres necesitadas de amor, id al Tajo Anglosajón, sección lencería). La tía se había colado directamente en los primeros puestos del ranking de "profesiones con un nivel de pudor distinto al mío" (ranking encabezado por las esteticienes depilatrix indudablemente).

Con unos diez sujetadores la dependienta sobalolas me dejó en el probador (y sí, comprobé en mis propias carnes que he estado usando una talla equivocada durante años. Al menos el sobeteo sirvió para algo). Estaba tranquilamente allí intentando decidir qué conjunto escogía cuando sin previo aviso... RAAASSS. La cortina se corrió y detrás apareció sonriente la dependienta sobalolas. Al menos tuve suerte y la tía me pilló probándome un sujetador, no en tránsito de uno a otro.

- Uuuy, qué bien te queda este. Llévatelo - mientras la dependienta sobalolas y abrecortinas admiraba mi pecho enfundado en un precioso sostén, la cortina continuaba bien abierta y un par de señoras pasaron detrás de ella, se pararon y se me quedaron mirando. Por un momento pensé que iban a sacar cartelitos con puntuación.

Cuando conseguí cerrar la cortina y elegir (de hecho elegí el que me había visto puesto media sección), fui a pagar a una caja. Caminaba por un pasillo, detrás de la dependienta y resbalé. Mucho. Los pies se me fueron hacia delante, me despegué del suelo, me mantuve levitando durante unos interminables segundos... y la gravedad, la muy hijaputa, actuó: aterricé en el suelo, sobre mi cadera izquierda y mi cabeza terminó entre un montón de bragas que estaban colgadas de sus perchitas. Al menos tuve suerte y acabé entre las bragas y no con las perchas de metal insertadas en mi cerebro (llamadme exagerada, pero cosas más gore se han visto en CSI). Ahí, entre encajes y blondas, vi como las mismas señoras que me habían estado observando en el probador y sus maridos-perchero (especímenes reconocibles por su bolso y abrigo femeninos colgados del brazo y la cara de hastío vital) ahora me miraban yacer entre bragas.

- ¡Te has caído! - la dependienta sobalolas y abrecortinas resultó ser, además, muy perspicaz. - ¿Te has hecho daño?

- Jijiji, no, sorprendentemente no... - milagrosamente (o gracias a la grasita de la cadera, que es un amortiguador estupendo) no me hice nada de daño.

Salí trabajosamente de la selva de bragas que me envolvía, me levanté y nos fuimos a la caja.

- Te voy a precintar las bragas para que puedas cambiarlas si llegas a casa, las comparas con el resto de tu ropa interior y ves que son pequeñas - y con una pistola a presion atravesó la parte de delante y de detrás de las braguitas con una de esas cintas de plástico que suelen sujetar las etiquetas de la ropa. Todo habría ido mejor si no hubiera atravesado, además, su dedo - AAAAUUUUUGGGHHHHH - aquello empezó a sangrar. Abundantemente. Pero la dependienta sobalolas, abrecortinas y perspicaz demostró ser la clase de profesional que antepone sus clientes a la posibilidad de morir desangrada sobre una caja registradora - PAACAAAAA, oye, ven aquí, cógeme las bragas de esta chica y el sujetador y mételos en una bolsa, que los voy a poner perdidos de sangre.

Sonreí débilmente, cogí mi bolsa y salí de allí corriendo: ¿Por qué la simple compra de algo de ropa interior se tiene que transformar en mi vida en algo accidentado y raro?

jueves, abril 16, 2009

No atino

Últimamente los controles de seguridad del aeropuerto me tienen mosqueada. En el último año no he conseguido pasar el arco de seguridad sin que pite o sin que antes o después me intercepte un guardia de seguridad, me señale un tremendo fallo para la seguridad internacional ("¡llevas la gabardina puesta!") y me haga quitar medio vestuario y retroceder al punto de partida, como en el parchís. Lo peor es que cada vez van añadiendo normas y normas a los controles y cuando llegas no sabes qué nueva pijotada te vas a encontrar.

Me dirigí al control de seguridad del aeropuerto decidida. Esta vez sería la definitiva y pasaría el control sin que pitara y sin que me pararan. Ya no por la molestia, sino por amor propio. Cojo una bandeja de esas para acumular tus cosas y empiezo a recontar lo que debo dejar en ella:
- No puedes pasar el arco con bolsas: naturalmente. Ok, dejo el bolso.
- No puedes pasar el arco con cosas metálicas: examino mis brazos. Dejo una pulsera de metal y un anillo dudoso. No llevo reloj nunca, así que un problema menos. No llevo cinturón tampoco, ni cadenitas. Examino mis bolsillos. Un kleenex arrugado y nada más.
- No puedes pasar el arco con el abrigo puesto: me quito la gabardina y la dejo en la bandeja.
- No puedes pasar el arco con las botas puestas: miro mis zapatos. Triunfante, miro mis bailarinas moradas. Se supone que no me las tengo que quitar y no tendré que andar descalza (otra vez) por el aeropuerto. Yupi.
Respiro y camino hacia el arco. Dejo la maleta y la bandeja llena de cosas en la cinta del escáner. Paso por el arco... ¡y no pita!

¡Lo he conseguido! ¡He pasado sin problemas!

- Eh, tú. - tono chulesco. Un guardia de seguridad. A mí. A mí. Me desinflé como un globo pinchado. Había cantado victoria demasiado pronto - llevas una bufanda puesta. Te la tienes que quitar. O examínasela.

Yo estaba indignada, porque:

En primer lugar ¿en una bufanda se pueden esconder objetos terroristas?

En segundo lugar ¿"eh, tú"? ¿y chulo? nunca he entendido porqué algunos guardias de seguridad, por la simple razón de que hayan hecho un cutre cursillo y les hayan dado un cutre uniforme, se creen con derecho a sacar de paseo la chulería y la mala educación (chulería y mala educación que ya llevaban encima antes que el uniforme, claro... pero que se ven amplificados por efecto de tener el control de la situación).

Y en tercer lugar, ¡POR FAVOR, ESO NO ERA UNA BUFANDA, ERA UN FOULAR!

Desalentada, hice el gesto de quitármelo. Pero antes de que llevara mis manos al cuello para desenrollarlo, se había plantado delante de mí una guardia de seguridad regordeta y pequeñuja, a la que sacaba una cabeza y pico.

- No hace falta que te lo quites.

Sin darme opción, me echó los brazos al cuello, me dio un tirón que me dejó medio encorvada y empezó a palpar, por la parte de mi nuca, el dichoso foular.

- Espera, que me lo quito.

- No. - mientras seguía palpando el foular. En ese momento, sus manos se engancharon con mi pelo y me dio un tirón de la melena.

- Ay, ay, ay - si pensáis que paró, equivocados andáis. Dio otro tirón para soltarse del enredo, me acabó de palpar el foular y se fue.

Me quedé parada un segundo y mi mente se fue lejos.

Sicilia, 1938

No, tanto no.

Praga, 1999 (o algo así, no recuerdo en qué año fue). Una joven Misia... No., em... Una aún más joven que ahora Misia llegó al aeropuerto de Praga. Justo antes de salir a la calle, unos policías la seleccionan de entre todo el pasaje (a ella y a una pareja gay) para registrar su equipaje. Una especie de Danko Calor Rojo con gesto imperturbable e incapacidad de hablar otra cosa que no fuera checo se pone unos guantes de cuero negro.

La aún más joven que ahora Misia se acojona (aún más, en realidad).

Danko Calor Rojo abre la maleta, despliega toda la ropa de Misia y comienza a examinarla. Abre todos los botecitos del neceser. Incluso los recipientes de las lentillas. Pero lo mejor llega con el fondo de la maleta: la ropa interior. Danko coge con sus guantes de cuero negro cada una de las braguitas dobladas de Misia, las despliega... y las palpa. Una a una, minuciosamente, pa-pa-pa, golpecitos para asegurarse de que ahí sólo había braguita. Después se fue. Sin decirle adiós,ni nada. Hombre, que cuando te han tocado así la ropa interior, por lo menos esperas un "bye" (aunque, la verdad, fue de agradecer que no le diera por palpar la que llevaba puesta).

(Fin del viaje en el tiempo mental)

En fin, que lo que yo pensé en ese aeropuerto español el otro día es que yo, que después de que un policía checo me palpara las bragas con aire profesional pensé que lo había visto todo, me he dado cuenta de cuán grande es el mundo y cuántas son las opciones para fastidiarte en los controles de seguridad.

lunes, febrero 09, 2009

Malos precedentes

- Y en la actuación, llevaréis estas faldas. - no es la gran actuación que se avecina, sino otra, en la que bailo apenas cinco minutos, que haremos en breve en una conocida sala madrileña.

Mire la falda. La falda me miró a mí. Preciosa, de satén morado y con muchísimo vuelo. Y mi mente se trasladó a unos meses atrás...

(Cortinilla ondulada de esas que te trasladan a unos meses atrás).

Llevábamos meses preparando la actuación. Mis compañeras tocaban la darbouka y los crótalos y dos chicas más y yo bailábamos. El número acababa con nosotras tres dando vueltas y vueltas, cada vez más rápido, mientras a la vez girábamos la cabeza moviendo el pelo. Como la niña del exorcista pero en bellydancer. Después nos metíamos corriendo al camerino, nos cambiábamos en dos minutos de ropa y volvíamos a salir a bailar. En el segundo baile llevábamos un vestido muy ceñido, así que me puse uno de esos tanguitas que son un hilito, para evitar las marcas antiestéticas.

Salimos al primer número. Todo bien, mareante pero bien, hasta que llegaron las vueltas. Una, dos, tres, más velocidad, cuatro, cinco, seis, más rápid... y miré abajo por el rabillo del ojo mientras seguía girando la cabeza, el cuerpo y las ideas. En un nanosegundo vi la falda, que con mi entusiasmo en los giros se levantaba a la altura de mi cintura. Y como un flash, apareció en mi mente la imagen del dichoso tanga. AGGGHHHH. Disimuladamente, puse las manitas delante y detrás y acabé de dar las vueltas. Saludé, roja como un tomate, sin poder mirar a las primeras filas, y me metí en el camerino a cambiarme.

Luego hice un cálculo mental, por puro masoquismo: el auditorio tiene unas novencientas y pico plazas y estaba casi lleno. Por la inclinación y la lejanía, yo calculo que tuvieron una panorámica inesperada las primeras cinco filas, y en cada una de ellas hay unos quince asientos por cada lado. Es decir, que mogollón de gente me vio el...

(Cortinilla ondulada de esas que te devuelven al presente).

- Y en la actuación, llevaréis estas faldas.

Mire la falda. La falda me miró a mí. Preciosa, de satén morado y con muchísimo vuelo.

Así que en vista de que yo voy aumentando mi exhibicionismo con cada espectáculo (la primera vez fue así) en la próxima actuación me voy a poner unos shorts. O unos leggins hasta los tobillos. O unos pantalones vaqueros. O...

martes, julio 15, 2008

Una chica de altos vuelos


La pasada primavera mi novio me regaló un vestido precioso. Es negro, con florecitas, escotazo y muuuuucho vuelo. Como ha hecho este tiempo tan espantoso solo me lo he puesto 3 o 4 veces.

El sábado pasado, con ese solazo que brillaba en el cielo, era el día perfecto para ser la quinta vez. Con lo que yo no había contado es que, además de solazo, hacía un viento huracanado de lo más peligroso.

Me di cuenta cuando ya había recorrido media calle Orense con la falda a la altura de la nuca. Mi primer pensamiento fue preguntarme con desasosiego por las bragas que llevaba puestas (negras molonas, ¡nada de qué preocuparse!).

El segundo, intentar tapar mi culo de la vista de los transeúntes haciendo que la falda de mi vestido volviera a su lugar (tardé unos segundos eternos, pero lo conseguí).

El tercero, que durante el intento la balanza sexi/pato no se decantara demasiado claramente por éste último (ni de coña).

A todos los que pasaran por esa calle a esa hora, que lo sepan: la chica del problema eólico era yo, Be, chica de altos vuelos. Encantada de conocerles.

miércoles, junio 18, 2008

Un ERE para mis bragas


Cuando era pequeña había dos anuncios que me intrigaban mucho. Uno era de compresas, y consistía en una chica que ponía un montón compresas/dodotis de las de antes una encima de otra y en un panel que bajaba y las espachurraba mientras ella decía:

"Si quitamos el aire, que no absorbe, se convierte en Ausonia Extraplana. Mitad de espesor, igual absorción".

Me intrigaba porque no entendía por qué, si desde el principio valía que fueran finitas, habían fabricado las compresas el doble de gordas de lo necesario.

El otro anuncio era de salvaslips. Salía una chica muy mona, en una habitación muy blanca con mucha luz, revolviendo un cajón de ropa interior. Decía:

"Seguro que tienes un montón de braguitas que deberías tirar pero no lo haces porque al final son las que usas para no estropear las bonitas".

Me intrigaba muchísimo, porque me parecía tremendamente cutre tener braguitas viejas en el armario y tremendamente decadente tener, a la vez, otras nuevas sin usar.

Pues me acordé de este anuncio la semana pasada, cuando mi novio me sugirió jubilar parte de mi ropa interior. Me dijo:

-Amó, a lo mejor habría que tirar algunas de tus "braguitas de tener la regla"…

En ese momento me di cuenta de que el maldito anuncio había sido una premonición de lo que veinticinco años después sería el cajón de mi ropa interior. Actualmente se divide en:

A- Monadas transparentes con encajes y lacitos (para ir sexy).

B- Monadas de algodón de colorines con dibujitos/ lacitos/estampados chupis (para ir ideal).

C- Morralla comodísima (para cuando tengo la regla).

He hecho cuentas: parte de esa "morralla" ya era vetusta tres novios atrás.

Así que he decidido hacer un ERE (Expediente de Regulación de Empleo) entre mis braguitas. Criterios para las jubilaciones:

Deshilachados y descosidos:
Desde los pequeños hilitos que sobresalen......a los casos donde se unen los estragos del tiempo......con mi más pura e innegable desastrosidad
(vaaaale, esto estaba en el fondo del cajón
y no me lo he puesto en milenios).
Descoloridos:
Los bordes solían ser blanco nuclear,
¡pero a base de lavados han inventado su propio color!Aquí, lazos y braguitas solían ser del mismo color......claro que ni lazos ni braguitas eran del color que son ahora.
Y así, además, tengo una buena excusa para ir de compras. Necesito rellenar el cajón. Que desde mañana se dividirá en:

A- Monadas transparentes con encajes y lacitos.

B- Monadas de algodón de colorines con dibujitos/ lacitos/estampados chupis.

C- Monadas de colores, suavecitas y comodísimas.

Y ya.

lunes, julio 09, 2007

Doble espectáculo

Hace unos días fui a ver a mis compañeras de danza oriental, que presentaban un espectáculo en un auditorio pequeño pero muy chulo. La actuación se había anunciado en un centro de mayores cercano, por lo que el teatrito se había llenado de señores viejos aburridos y deseosos de ver no exactamente danza oriental sino carnes femeninas en movimiento, me temo.

Cuando acabó la actuación, que estuvo genial, todo el mundo aplaudió a rabiar. Yo estaba ahí, entusiasmada, aplaudiendo a mis compañeras y me levanté del asiento, uno de esos abatibles tipo cine. El asiento volvió a su posición original rápidamente y con mucha fuerza. Entonces noté cómo mi falda roja (que tiene un montón de vuelo y de la que quiero apuntar que es preciosa, aunque eso no aporte nada al relato) fue propulsada hacia arriba por el asiento. Tan arriba que me rozó la cabeza. Me quedé helada, procesando la información, pero sin acabar de creérmelo:


- Um, evidentemente, si mi falda ha rozado mi cabeza, no estaba ni tapando mi trasero ni ocultando mi...

(modo Janice de friends on) OH, DIOS MÍO, OH DIOS MÍO (modo Janice de friends off)

¿Me he puesto las braguitas de estampado psicodélico o... ? ¿llevo tanga? ¡llevo tanga! AAHHHHHHGGGGHHHHH, NOOOOOOOOOOO, POR QUÉEEEEEEEEEEE!!!!!! ¿por qué me haces esto? ¿por qué he tenido que enseñar el culo en un teatro???? ¡¿¿¿y no podía llevar bragas, para enseñar menos trozo de trasero que con el maldito tanga??!! aunque ... ¿me habrá visto alguien?? la fila de atrás, la fila de atrás, no quiero mirar... ¿habrá viej... ? no quiero mirar, no quiero mirar... ¿se habrá notado algo? ¿se habrá visto algo? a lo mejor nadie se ha dado cuenta... no sé si lo quiero saber...

Se impuso mi lado masoquista y no lo pude evitar: me giré con cara circunspecta. Y detrás de mí había dos filas de viejos señores que me miraban y se reían, tal que así:


Jo. Dos espectáculos por el precio de uno. Esto no es justo.

miércoles, abril 18, 2007

No tengo remedio

Una tarde llegué a mi clase y mi proyector de diapositivas había desaparecido. Me dijeron que se lo había llevado el profesor de fotografía, así que fui rauda y veloz a su clase para reclamarlo. Ahí empezó todo.
¡Ding! primer asalto
- Hola, perdona, pero te has llevado mi proyector y no puedo empezar mi clase sin él.
- Pues tenemos un problema, yo también lo necesito.
- Vaya, pues... creo que es de mi clase, tú tendrías que pedir otro a material.
- No, es del centro.
Por no discutir (yo no estaba 100% segura de fuera mi proyector, y mejor no meter la pata) llegamos al acuerdo de que la primera hora lo tendría yo, la segunda él. Y a la hora y cinco minutos se presentó en mi clase:
- Eh, vengo a llevarme el proyector. Pero ya ves que he sido bueno y te lo he dejado más tiempo- (guiño de ojo).
Sí, guau, cinco minutos. Generoso. Me ha dado tiempo a explicar toooda la Historia del Arte en estos trescientos segundos.
¡Ding! Segundo asalto
A la semana siguiente, el proyector volvía a estar en clase de foto. Yo ya me había enterado de que era MI proyector y que el tío no tenía por falta de previsión. Y fui a rescatarlo, esta vez con más convicción.
- Hola, vengo por el proyector.
- Bueeeeno, te lo dejo porque he acabado ya con él y, fíjate, hasta te voy a ayudar a llevarlo a tu clase.
Es que el tío es pura generosidad. El problema llegó en mi clase.
- Bueno, ya está. ¿No necesitas nada más de mí?
- No, gracias.
- ¿Segura?
- Sí... ¿pssiii?
- ¿Estás segura, absolutamente segura, de que no necesitas nada más de mí?- con una media sonrisa y tono seductor.
Yo me bloquee, me escondí debajo de mi flequillo y miré al proyector. Y caí- bueno, falta el carro.
- ¿Ves como sí que necesitabas algo de mí? ay, ay... ¿cómo te llamas?- tono paternal.
- Misia- Tierra, trágame.
- Ah, Misia... Encantado. Voy por el carro y te lo traigo.
- NOOOO, ya voy yo en un minuto. Tú vete a tu clase.
Y se fue. Y entonces...
- Jijijiiji- mis quince señoras riéndose a coro.
- Misia, creo que este quería ligar contigo.
- Yoooo, yooooo... Noooooo... este... me tengo que ir a buscar eso.- Y huí.
¡Ding! tercer asalto.
Mi primera clase después de Semana Santa. Repetimos la escena del proyector, pero esta vez se lo arrebaté sin piedad. Me siguió hasta mi clase:
- Pero Misia, no entiendo porqué no podemos compartir las cosas... como los buenos compañeros. Yo compartiría mis cosas contigo.
A estas alturas yo ya estaba bastante mosqueada.- lo siento, pero necesito el proyector para dar toda mi clase y NO PUEDO NI QUIERO compartirlo. Pide uno para ti, que sé que no lo has hecho. Y vete ya a clase, que voy a empezar la mía.
- Bueno, mujer, pero me quedo contigo hablando hasta que acabes de poner todas las diapositivas y empieces de verdad.
Me siguió dando la vara con el compartir y blablabla. Acabé de colocar mis diapositivas y me fui a la mesa. Me siguió. Y saqué la carpeta con todos mis apuntes.
- Bueno, siento echarte... pero voy a empezar ya mi clase.
Él miró hacia abajo. Y siguió mirando hacia abajo. Tanto, que miré yo también hacia abajo. Y ahí estaban, enganchadas a la carpeta que acababa de sacar. Ellas. LAS BRAGAS. Sí, esas bragas que JM me había devuelto esa mañana después del incidente pre-Semana Santa. Unas bragas con vocación escapista, la reencarnación de Houdini en ropa interior. Con un rapidísimo golpe de muñeca metí la carpeta (y recé por que también las bragas) en el bolso de nuevo. Y con la mayor naturalidad del mundo, y un poco borde, por eso de reafirmar, le dije:
- Lo dicho, que voy a empezar la clase.
Cuando se fue, mis alumnas volvieron a reirse:
- Jijij, profe, este lo sigue intentando.
- No creo, está casado y tiene dos niños preciosos.
- Uy, cariño... ¿desde cuando eso ha sido un impedimento?
Espero que mis señoras no tengan razón, porque el tío debe pensar que mira tú, le doy una de cal (no comparto, porque soy borde y porque yo lo valgo) y otra de arena (he exhibido mi ropa interior como fan quinceañera de grupo chungo). Jo. Yo lo único que quería era mi proyector.
P.D. Lo prometido es deuda. Así que como anuncié, dedicada especialmente a toda esa ropa interior con ansias de libertad, queda creada oficialmente la categoría "Paseando a miss Bragas".

jueves, abril 05, 2007

Bragas por ensaimadas

La Semana Santa ha empezado y yo me he venido a Palma para pasar unos días con mis padres (mi propia semana santa de cosas ricas de comer, fiestas con Perli y Gato, mimos de mi madre y de mi perra... Aaaah, vacaciones, dulces vacaciones).
Para recoger la maleta y que Hermano me llevara al aeropuerto, ayer tuve que salir un poco antes de la oficina, en la que teníamos una semi-fiesta previa a las vacaciones. Apuré la copita, recogí mis cosas, me despedí de mis compañeros y me fui. Cuando estaba subiéndome al autobús que me lleva a casa sonó mi móvil:
- ¡Misia! Soy JM, de la ofi.- mi único compañero. El resto somos chicas y jefes.-Tengo que preguntarte algo y no es broma. Em... ¿son tuyas unas bragas negras que nos hemos encontrado en la oficina?- Juajuajuajua -(coro de risas al fondo de la línea).
- Emmm... - piensa, Misia, piensa... y las visualicé. Las bragas. Las que llevaba en el bolso. Las que, cuando saqué toda la ropa para buscar la cartera en el fondo del bolso inmenso, se debían haber caído-¿psssii?
- Es que hemos pensado que sin esas cosas no se puede ir al aeropuerto, porque hemos oído que hay muchos registros para comprobar la existencia o no de este tipo de prendas. Y como por seguridad son necesarias, hemos pensado ir todos a llevárselas al aeropuerto.- el coro de risas aumentaba con cada frase.
-Aaaay, JM, jajajja, ¡qué vergüenza! jajajjajaja.- empecé a imaginarme a todos mis compañeros en corro y observando mis bragas, como si fueran a diseccionar una rana o algo así.
- ¿Y qué hago con esto???¿te las guardo? Pero me tendrás que traer una ensaimada para que te las devuelva.
- Valeee.
- Y ¿dónde guardo esto?
- JM, tú guardame las bragas donde quieras, que el lunes ya te las pido.- y me di cuenta de que la gente del bus me miraba.- em, que me guardes eso donde sea, ya lo recogeré el lunes.
-¿Pero dónde?
- Aaay, yo que sé: ¡Tíralas!- dios, dios, que desaparezca cuanto antes el motivo de mi ignominia...

- Noooo, que son muy bonitas... uy, hala te dejo, que me estoy poniendo. No te olvides de la ensaimada- y más risas al fondo.
Ayyy, ya me puedo ir preparando el lunes. El choteo va a ser fino. No lo podría parar ni un camión lleno de ensaimadas. Pero lo peor de todo, peor que el choteo, es que no es la primera vez que nos pasan cosas de este tipo: como las chicas del Quédate sigamos así o así, vamos a tener que crear una sección llamada "Paseando a miss bragas". Jo.

miércoles, mayo 24, 2006

Cosas que (no) hacer en un ascensor

Un ascensor es un aparato que traslada personas de unos pisos a otros. Algunos les tienen miedo; uno de mis jefes, por ejemplo, no soporta los ascensores y sube y baja por las escaleras cada día -y trabajamos en una décima planta-. A mí no me dan miedo, aunque tal vez debería.
Hay tres escuelas principales de comportamiento visual en los ascensores: unos miran fijamente al frente, otros se miran los pies, y otros se miran en los espejos. Sobre la conversación, es recomendable ceñirse al clima. Yo cuando me salgo de este programa, la cago.
Situación nº 1: la emergencia
Un atractivo (aunque bajito) reportero de guerra, de los que llevan hasta los calzoncillos de Coronel Tapioca, da una charla en el Master del Universo. Al terminar, 3 personas cogen el ascensor: un compañero del master, el atractivo, aunque bajito, reportero de guerra, y yo. Todo va bien hasta que el ascensor se para entre dos pisos. No me dan miedo esas cosas, así que no me pongo ni pizca nerviosa. Me limito a decir con tono de hastío: “Otra vez el ascensor, pero si los acaban de arreglar… esto es el infierno en la tierra”. Al segundo siguiente me quiero morir.
Le acabo de soltar semejante gilipollez al un tío que un rato antes nos ha descrito bombardeos, muertes, amigos desangrándose. ¿El infierno en la tierra? Menuda niñata…
Por suerte, en lugar de escupirme, el tipo me sonríe. Cuando se abren las puertas mi sonrojo no es por el bochorno del comentario, sino por haberme quedado encerrada en el ascensor (durante medio minuto) con el atractivo, aunque bajito, reportero de guerra.
¿Volvemos a entrar, a ver qué tontería digo esta vez?
Situación nº 2: el tonteo
Voy un viernes por la noche a la radio donde trabajaba. Nunca iba por allí a esa hora, porque solía tener los viernes libres. Subo al ascensor, mientras un atractivo madurito-joven (cuarentaypocos) me sostiene la puerta. Me suena su cara.
-¿A cuál vas?
-A la octava.
-Yo también. ¿Vas a trabajar?
-Hoy no. Voy a recoger a mis amigas.
-Que suerte, yo voy a pelearme con los míos…
Pelearse… la tertulia de por la noche… entonces caigo en quien es. Me pongo roja. Atino a decir: -No está mal como plan para el viernes por la noche.
-No… Qué bien hueles.
Me pongo rojísima. Digo:
-Gracias…
Noa no me ha perdonado aún que no contestara “Mejor sabré” y diera al botón de Stop.

Sí, claro, esta escena es muy de Candy Candy. ¡Ja!

Situación nº 3: el resfriado

La radio en la que trabajo ahora se caracteriza por su línea editorial tirando a conservadora. Al poco de llegar coincido a la salida con el Presi en el ascensor. Conversación educada pero intrascendente, estoy nerviosa y un poco resfriada. Tengo miedo de estornudar con ruido, así que abro el bolso y busco un clínex. Lo encuentro, me lo llevo a la nariz y descubro que se trata de un tanga rosa. Hay alguna razón lógica para que esté en mi bolso, aunque no consigo recordarla. Lo devuelvo a su sitio, encuentro el pañuelo, me escondo detrás de él y miro al Presi.

Si se ha dado cuenta es un grandísimo actor. Decido creer que no.