MANAZAS

Yo, Be, me he cargado la plantilla milenaria de QaD por torpe y con un solo clic. Me autoflagelo ante mis copropietarias y me comprometo a dejarla lo más parecida posible, si no mejor. ¡Palabra!
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domingo, octubre 07, 2012

El chinaka

Hacía años que no iba al chinaka de Plaza España y en la última semana he ido dos veces. Y la última vi algo curioso que me hizo sonreir para el resto de la tarde. 

Pero antes de continuar debería explicar qué es eso del chinaka a los que no sean de Madrid o no lo conozcan. El chinaka es un restaurante chino bastante peculiar que está en los pasillos subterráneos de acceso al parking bajo la Plaza de España de Madrid. Si al decir "restaurante chino" os habéis imaginado dorados, tapicerías rojas y cascadas de luces, olvidadlo. Esto es como un bareto cutre pero gestionado por chinos, en el que comen chinos y en el que se sirve una carta reducida de platos. No hay pollo a las almendras o cerdo agridulce. Podéis pedir sopas de tallarines o wantun, pollo con verduras, arroz... y poco más. Bueno, sí, empanadillas a la plancha, que es lo que me hace ir allí. Esas empanadillas crean adicción y sacan el lado egoísta de todo el mundo: ¡hay que luchar por la última!

El restaurante siempre está lleno (es barato, está en el centro, es el chinaka), hay que comer rápido y largarse. O pedir la comida y largarse. Mientras se hace cola en la puerta, una china vendrá con una carta (un folio plastificado) y te tomará nota allí mismo, para ir más rápido. Si sois dos o uno, seguramente os acomodarán en una mesa con otra gente. Es lo que hay. Si te gusta, bien, sino no vayas.

El otro día estaba allí comiendo sola, delante de mi sopa y mis empanadillas, acordándome de todas las veces que iba hace milenios. ¿Cuántas docenas de empanadillas nos habremos comido entre Be y yo? incontables, me temo (también me acordé de cuando me robaron allí las tarjetas de crédito - unos hábiles, me quitaron la cartera, me sacaron las tarjetas y me volvieron a meter la cartera en el bolso. Tardé un par de horas en darme cuenta de que las tarjetas habían volado - pero mejor correr un tupido velo). Estaba en una mesita pequeña sola, en una esquina. Frente a mí otra chica sola en otra mesita pequeña. Las camareras gritaban, como casi siempre. Una de ellas pasó a un chico al restaurante y le hizo sentarse en la mesa de la otra chica. El chaval, que debía ser novato en esto, estaba flipado. 

- Tranquilo, es lo normal en este sitio, y a mí no me molesta... además casi he acabado y me marcho ya. - le decía la chica. 

Y comenzaron a charlar. Y a reirse. Diez minutos después, antes de que ella se marchara, cambiaron sus números de teléfono (y de verdad, que hasta se hicieron llamadas perdidas, cosa que garantiza que no haya habido algún lapsus sin querer en una cifra). Llamadme idiota, pero eso me alegró el día, ver que hay oportunidades en los sitios en los que menos las esperas y que se abren puertas en lugares absurdos. Quizás el asunto no haya ido a más, pero...

Quiero creer que se han llamado. Y que han quedado. Y que se enamorarán. 

Y que en su aniversario irán al chinaka, a celebrar entre empanadillas y gritos de chinas que se conocieron.

sábado, mayo 14, 2011

Artemisia

En los últimos tiempos he estado medio pocha, así que estoy bastante desconectada del mundo, del blog y de muchas de las cosas que suelo hacer normalmente. Me he perdido todas las exposiciones de la temporada y me da la impresión de que en los últimos meses no he hecho nada interesante con mi vida.

Ya me encuentro mejor y voy arrancando poco a poco y eso tiene recompensa: hoy me ha pasado algo tan maravilloso como inesperado (maravilloso para mí, ya veréis qué chorrada es).

Estaba dando un paseo por Madrid a primera hora de la tarde cuando sin darme cuenta me he encontrado frente a la fundación Caja Madrid. Del edificio colgaba un cartelón enorme anunciando la exposición actual: heroínas. Vi en la prensa de lo que trataba y pensé en ir, ya que el tema me gustaba y el par de obras que vi en los anuncios me parecieron interesantes. Pero no encontraba el momento o las ganas. Hoy por primera vez en meses me ha apetecido y he entrado a verla.

Magas. Bien. Pintura de finales del XIX. Bien. Y de repente...

La Santa Catalina de Caravaggio. Me encanta Caravaggio. Y volver a verla... esa luz, ese volumen, esa expresividad.

He subido las escaleras pensando que ya merecía la pena haber entrado, sólo por ver algo de Caravaggio. Que por fin volvía a no ser indiferente, después de mi mala racha. Que me alegraba de estar ahí. He girado a la izquierda y me he encontrado con Sofonisba Anguissola (con su autorretrato, en realidad). Pero los ojos se me han ido tres cuadros más allá...

Y la he visto a ella y se me ha encogido el estómago, ni me imaginé que estaría allí.


El autorretrato (como alegoría de la pintura) de Artemisia Gentileschi, la pintora de la que sale mi nick. Una de mis artistas favoritas. El cuadro que tengo de fondo en el twitter. Su autorretrato. Nunca lo había visto en directo. Es de los Windsor y no es tan fácil acceder a él (egoístas. Tenéis muchos. Regaladmelo).

Me he plantado delante del cuadro y no me he movido en más de quince minutos, empapándome de todos los detalles y disfrutándolo. Estaba muy emocionada (pero emocionada bien, por fin, después de una época de alteración de la mala) y sé que soy una boba, pero no he podido que un par de lagrimones como puños se me cayeran. El cuadro es estupendo y significa mucho para mí. Menos mal que en esos momentos la exposición estaba medio vacía y los pocos que pasaban ni reparaban en el cuadro y menos en mí.

A mi pesar, me he movido (empezaba a ser sospechosa de robo para la de seguridad... y no digo yo que no lo pensara) y he acabado de ver la exposición. Después he ido a hacerle otra visita a Artemisia y me he ido (al concierto de Ara Malikian en la fnac, por cierto. Muy chulo).

En fin. Qué bueno es estar bien, enarbolando mi cetro de la cursilidad y alterándome como fan de Justin Bieber frente a su repelente ídolo, pero delante de la mía.

viernes, noviembre 26, 2010

El ramo de la novia

Sé que vuelvo con un post muy triste y sentimentaloide (si estáis bajos de ánimos, no sigais leyendo). Pero lo tenía atascado en la garganta y no me salía escribir nada más. Supongo que necesitaba soltarlo para poder seguir con otras cosas. Perdón por la tristeza.

- Misia, ¿qué vas a hacer con el ramo? - me preguntó una invitada a mi boda, mirándolo con ojos golosos - ¿lo vas a lanzar?

- El ramo ya tiene dueña – y sonreí. Pero creo que me salió una sonrisa muy triste.

Porque mi ramo tenía dueña y una historia un poco triste detrás. Hace mucho tiempo, unos quince años atrás, hice una promesa a alguien, que se materializó en ese ramo.


El día que cumplí diecisiete años llegué a Madrid para estudiar COU y la carrera. Los dos primeros años viví en casa de mis abuelos maternos. El primer año fue duro: tuve que acostumbrarme a una nueva ciudad, a un nuevo instituto y a la universidad, habituarme a estar separada de mis padres, de Hermano y de mis amigos y, además, hacer nuevas amistades (cosa que era un triunfo, porque yo era muy tímida). Ese año fue duro, además, porque comprobé como las “grandes” amistades que dejé en Palma se diluían y que sus promesas de escribirme y mantenernos en contacto se olvidaban con el pasar de las semanas (todas... nooo, ¿verdad, Quelitas?). Ese año me sentí muy sola.

Lo mejor de ese año fue vivir con mis abuelos. Puede que fuera una cría de diecisiete años rara, pero me gustaba estar con ellos y no fue difícil convivir. Desde pequeña pasabamos juntos largas temporadas en Palma o en Madrid y les adoraba. Como no conocía prácticamente a nadie en Madrid, pasaba mucho tiempo en casa con ellos. Ese año hablé horas y horas con mi abuela E. Ella era una mujer increíble, una de las mejores personas que he conocido: fuerte, noble, risueña, cariñosa. Cuanto más la conocía más la admiraba y más quería parecerme a ella.

Nos reíamos mucho juntas y fuimos estableciendo algunas costumbres: veíamos la telenovela después de comer, iba enseñándome a cocinar y por las tardes escuchábamos juntas la radio, mientras yo leía y ella cosía o hacía ganchillo. Porque durante ese año y el siguiente, mi abuela fue haciéndome el ajuar: unas toallas con puntillas de ganchillo, una colcha, unos pañitos... Era estupenda con la costura (fue su profesión de jovencita) y tenía unas manos maravillosas. Un día, mientras ella cosía y yo vagueaba en el sofá, estuvimos viendo por la tele la boda de la infanta Elena. No recuerdo bien si la dichosa infanta fue a ofrecerle el ramo a la virgen o a su abuela, pero la mía se quedó callada y me dijo:

- Hija, qué bonito, que se acuerda de su abuela el día de su boda y le lleva las flores.

Yo me quedé callada y al par de minutos le dije:

- Abuela, si alguna vez me caso, mi ramo será para ti.

Y ahí se quedó la cosa. No sé si ella se acordaría de aquello, porque no lo volvimos a mencionar, pero a mí se me quedó grabado.


El siguiente año iba camino de ser igual al primero, pero con un cambio: ¡mi primer año en la Universidad! Ese era la novedad esperada, pero hubo una realmente imprevista: el cáncer entró en los pulmones de mi abuela y lo cambió todo. Trastocó nuestras rutinas y, donde el año anterior había charlas en la cocina, siestas en el sofá o partidas de cinquillo por las tardes, ese año sólo hubo ingresos hospitalarios, radioterapia, ambulancias y síntomas horribles. Y mucho dolor. Lo peor eran las noches. Mi abuela se levantaba, desvelada por aquella tos horrible, y se sentaba en un sillón del salón. Yo la escuchaba toser desde la habitación, acostada en la cama. Y así pasábamos las noches despiertas, ella con los pulmones destrozados y yo con el corazón encogido.

En el comienzo de mi segundo curso de la universidad, después de un año y pico de dolor y mala vida, mi abuela murió. Yo empecé a vivir sola y continuó mi vida. Pero mucho más sola.

Por eso, mi ramo de novia tenía dueña. Siempre tuve presentee esa conversación. Elegí rosas blancas, que nos gustaban mucho a las dos. Y me acordé de ella cada vez que miré el ramo, así que estuvo presente de alguna forma en mi boda.

Al día siguiente de la boda, el domingo, volvimos mi marido y yo (suena rarísimo) de la Ciudad Lluviosa y sin pasar por casa pasamos por el cementerio en el que está enterrada mi abuela. Llegamos justos, una hora antes de que cerraran. Cuando llegamos preguntamos al guardia de seguridad dónde podríamos encontrar un panel de información o alguien que atendiera:

- Lo siento, hoy es domingo. Nadie informará hasta mañana.

- Pero ¿no hay un panel por fecha de enterramiento ni nada?

- Qué va, está todo desordenado. Como la gente se entierra, se desentierra, se ponen por calles salteadas... si no tiene el número de calle y de zona, olvídese. Es un laberinto. Entren a probar, pero cerramos en cincuenta minutos.

Se me cayó el alma a los pies. Al día siguiente salíamos de viaje muy temprano y no podíamos ir. Me encontré en ese cementerio, inmenso, sin tener ni idea de dónde estaba enterrada mi abuela, con el ramo de novia en la mano y rodeada de miles de tumbas, distribuidas en inmensas calles y feísimos bloques. Hacía años que no había estado ahí y, aunque me acordaba de detalles aislados, no sabía concretamente dónde estaba la tumba. Llamé a mi madre, a mi tío, a mi tía y a todo el que pudiera acordarse de un dato concreto. Nada: todas las referencias estaban apuntadas en sus casas, a kilómetros de distancia de donde estaban.

Era imposible encontrarla, pero hicimos un intento. Acompañada por mi Anómalo, fui recorriendo una interminable sucesión de lápidas, buscando una fecha y un nombre entre miles de ellos. Me fui desesperando y acabé corriendo con mi ramo en la mano en ese escenario triste, mientras los lagrimones se me caían y apenas podía leer los nombres en las tumbas. Sí, lo sé: una escena patética. Y a la vez flagelándome mentalmente: ¡cómo pude no ir antes a localizar la tumba de nuevo! ¡cómo podía estar fallándole a mi abuela de esa manera!

Nuestros cincuenta minutos acabaron y tuvimos que salir del cementerio, aún con el ramo, sin haber cumplido mi promesa y llena de tristeza y remordimientos. Mi padre me llamó para decirme que me quedara tranquila, que ellos llevaban el ramo... pero no era lo mismo. Para mí no era lo mismo.

He intentado consolarme: me digo que en esa tumba no hay más que unos cuantos huesos y unas maderas podridas, que mi abuela no es eso. Que mis padres llevaron el ramo y acabaron cumpliendo mi promesa. Que total, el ramo no se lo di a nadie y lo reservé para ella. Pero... cuando lo pienso se me pone un nudo en la garganta que no se me va ni con todos los razonamientos del mundo.

lunes, enero 18, 2010

La ñoñez como antídoto


He tenido una semana (pasada) lamentable. Nueva temporada, nuevo programa, prácticamente nuevo trabajo. Muchísimo más trabajo. Jefa nerviosa que no parece nada contenta con nada. Nervios, pequeños desastres, pequeñas victorias, agotamiento, nervios, kilo y medio menos.

Mientras el 80% de las mujeres de Facebook gritaba al mundo el color de su sujetador, yo gritaba el de mi ánimo: NEGRO.

En fin, que lo del curro ya os lo contaré cuando pase un tiempo prudencial (tengo el post del primer día escrito desde el lunes pasado, pero no quiero que me despidan tan pronto). De momento necesito buen rollo.

¿Y de dónde lo sacamos? De mi juguete nuevo: "osprin". De una pregunta que me mandó hace tiempo JorgitoPop (que por cierto prometió petarme el "osprin" y últimamente me tiene superabandonada, se habrá enamorado):

Q: ¿Cómo fue tu primer beso? DETALLES.

A: Fue con el chico del tiesto, quice días después del incidente del tiesto. Yo tenía 12 años casi 13 y él 15 casi 16, estábamos de campamento de verano en el Pirineo de Huesca. Tras unos días de corretear por los montes, de bañarnos en el río, de jugar al rescate, de cantar canciones alrededor de la hoguera y demás foreplay raruno, llegó una noche peciosa.

Cielo estrellado, nosotros dos solos mientras el resto del mundo jugaba a tonterías varias. Tras una conversación torpe y demasiado larga sobre cómo, por qué y cuánto nos gustábamos, y alguna pregunta absurda ("¿qué quieres?") el sioux me besó...

Fue un beso raro, de niños, pero con un fondo que daba ganas de más y un poco de miedo. Duró horas.

Cuando se terminó (el beso, la sesión de besos, las horas) y me quedé sola, empecé a llorar sin saber por qué -no eran lágrimas de pena-, hasta que me quedé dormida. Moló.


¿Nos ha traído este recuerdo de la Be Doceañera el buen rollo que queríamos? (Siiiií!) ¿Es el primer beso de esta bloguera suficientemente ñoño para contrarrestar el efecto asco del lunes? (Nooo! Queremos más!) ¿Queremos más ñoñez? (Siiiiiiiiiií!!) ¿Queremos más ñoñez? (Siiiiiiiiiiiiiií!!) ¿Dónde la buscamos? (Aquí!) ¿Me contáis vosotros los vuestros? (Estooooo... ¡me he dejado algo en el fuego!)

Ahí tenéis los comments. Besos y ¡buen lunes!

viernes, noviembre 06, 2009

El verano de A y Be, revisited


El mismo día que Redronin1b subió a es POP, mamá el post que escribí sobre chicos, canciones y cintas de varios, recibí un email de uno de los chicos de los que hablaba allí.

A -me siento incapaz de buscarle un nick, siempre le llamé por su nombre que además de inusual es bastante bonito-. El irlandés de la canción de Cuatro Bodas y un Funeral. El más inesperable e inesperado. El que vive en otro país, al que hace más de 15 años que no veo y en el que llevaba siglos sin pensar.

No fue una casualidad tan rara. Después de escribir el post (unos días antes de que fuera publicado) me dio por buscar a mi amiga irlandesa de aquellos tiempos (cuatro veranos en su casa, todos antes de Internet: llevo 8 años sin hablar con ella!!!). Hice algo de ruido en Facebook (invento del infierno) y así me encontró él.

Lo recuerdo así: yo llegué a Irlanda hablando un inglés zarrapastroso y muerta de panidez (pánico+timidez, según LaPerri); le conocí a las 24 horas de llegar y tal cual se me pasó (lo de la panidez, el broken english llevó más tiempo).

A era un chico de ojos azules, tres años mayor que yo, estudiante de ingeniería (al estilo light irlandés), amante de los deportes y de la guinness, supertierno y muy divertido. La primera palabra que me enseñó a decir fue "hug", y la segunda "joke". O al revés.
No quiero poner mis fotos así que he buscado cositas ilustrativas:

Este es un dibujo de las casas de la plaza de nuestro pueblecito
que he encontrado por ahí (como siga haciendo esto
un día vendrán los autores a correrme a gorrazos).

Y este es un pub donde solíamos tomar pintas
(él, yo martinis) hasta las mil (jo, cómo exagero,
más bien hasta el toque de campana y poco más).

Nos despedimos unas horas antes de que saliera mi avión de vuelta a Madrid, me pidió que fuera a verle durante el invierno y le dije que no podía. Ni lo intenté. Preveía que, si aquello no se cortaba por lo sano al acabar el verano, me quedaría colgada de sus ojos azules y pasaría un año fatal.

Así que cortamos por lo sano el momento "amor" (teníamos 16 y 19 años y el mundo estaba lleno de "otros" y "otras"), pero no el contacto. Nos escribíamos cartas larguísimas contándonos miles de movidas absurdas, y mi inglés mejoró de forma sorprendente. Terminé el año siendo de las mejores de mi clase, al curso siguiente estaba leyendo novelitas en inglés -la primera, A Little Princess de Frances Hodgson Burnett-, y dos años después empecé a estudiar Filología Inglesa -para drama humano de mi madre (que mola mil)- locamente enamorada del idioma y su literatura.

Para cuando terminé, habíamos dejado de escribirnos. Y nunca nos volvimos a ver, pero A cambió mi vida.

Yo no cambié la suya, pero me recuerda con cariño. Es fotógrafo y saca unas fotos chulísimas de esos deportes raros (y de otros más normales) que tanto le molaban. Ahora tiene el pelo más corto y más oscuro, pero los ojos igual de azules. Sigue siendo cero coqueto e igual de encantador. Y no, no pienso organizar un viaje de turismo sexual a Dublín.

Vale, es porque A está pillado. Y en bastantes líos me metí ya durante el año pasado.

viernes, junio 05, 2009

Cosas colgadas

Postales. De sitios en los que estado (la Mezquita azul, Fontana de Trevi, Panajachel). Postales de sitios en los que vive gente a la que quiero y a los que tengo pendiente una visita (las calles de Salvador de Bahía, el castillo de Neuschwanstein, Santiago de Chile).

Postales de algunas de mis obras de arte favoritas. La Dánae de Rodin. La Venus del Espejo. Van Gogh. Frida. Una estela maya. Entradas de teatro y folletos de exposiciones que me gustaron. Un flyer del espectáculo de danza oriental que hicimos.


Versos. "Quién podría vivir en la tierra, si no fuera por el mar". "Ya no sé si me explico, pero quiero aclarar que si yo fuese Dios...". Una foto de Alfonsina.

Un espantaespíritus regalo de la Fallera yeyé. Una flauta indígena brasileña que me trajo mi brasileiro. Una concha del Camino de Santiago. Una rana-pin. Unos muñequitos quitapenas regalo de los guatemaltecos musicales. Un icono que me regaló una alumna rumana. Una máscara veneciana que no me gusta.

Y fotos. En la primera fiesta con mis amigos del doctorado. En el sitio del queso con la gente del máster. Con estos amigos en un cumpleaños. Con Elvisina, Lolaina y Nena Patinadora en otro cumpleaños. Con mi niña Colochos. Con mi familia. Fotos de enanos con Hermano (en una saltando como micos sobre mi abuelo, qué paciencia tenía el hombre). Claro, no podían faltar un par de fotos con mi bella S, riéndonos como siempre. De adolescente delante de la Venus de Milo. Con mi perri. Con mi primer grupo de alumnos de español. Con mis amigas de baile.

Todo eso (y más cosas) tengo en un panel de corcho encima de mi mesa de estudio. Todo apretadito en plan collage, horror vacui, con objetos que cuelgan de las esquinas y de chinchetas.

Y todo eso es lo que veo estos días si levanto la cabeza de mis libros. Lo miro, respiro, me calmo y vuelvo a hundir la cabeza en el estructuralismo francés, el pelo social, los ritos de paso y los postboasianos. Y así hasta que acabe mis exámenes en una semana y pico.

Hasta entonces.

jueves, mayo 28, 2009

Las que se quedaron en el camino


Un amigo me decía el otro día que hay mucho de los demás en mí (y de mí en los demás, supongo yo), porque yo cuento muchas cosas a mis amigos, porque saben mucho de lo que me pasa, porque pido su opinión sobre algunos temas (aunque luego haga lo que me parece a mí y mi criterio prevalezca). Es verdad, necesito a mis amigos. A mis amigas.

Yo siempre fui de tener una "mejor amiga".



Eso si, fui cambiando.

Tuve esas relaciones exclusivísimas que se tienen en el cole, que son casi como tener una novia, con celos, posesividad, enfados explosivos, juramentos de amistad eterna… a los siete años.

O esas amistades de la adolescencia, basadas en la complicidad, en la rebeldía, en enfrentarse al mundo juntas, en el "nosotras frente a todos", en el "el que se escandalice que se j*da".

Hasta esas algo más maduras (juas) de la veintena, donde aparecen temas algo más serios y problemas más complicados que antes, y el apoyo pasa a otro plano, distinto pero no más profundo.

También supongo que habrá gente que nunca las haya superado las amistades de los siete años, y que con treinta siga teniendo una mejor amiga a la que le cuenta todo y con la que habla miles de horas al día y con la que cuenta para decidir todas sus cosas.

A mí no me pasa. Soy autónoma, mis decisiones las tomo yo, no soy parte de ningún pack y tengo una "bolsa de amigos" bien surtida, en las épocas malas intento no saturar a ninguno en concreto y mi relación con mis amigas se parece menos a un noviazgo y más a… a otra cosa.

De esas mejores amigas algunas se reciclaron en esta "otra cosa" y otras se quedaron en el camino. Las de la más tierna infancia, época pretecnológica donde las haya, están perdidas para los restos. De algunas, me da pena (pienso en Noria, sobre todo, y en Nat). De otras, me da igual (AnaIs). Coco, con la que comí la semana pasada casi se me pierde (pero sólo "casi", este sábado salimos con otras niñas de la clase). A Verdú me la encontré hace unos años en el baño de un VIPS y en lugar de Maribel la llamé Vanesa (le sentó fatal y me dio igual). De La Mala ni me acuerdo. Ni de Pin (aunque el año pasado me encontré con su madre y seguía tan encantadora como siempre). Ni de Witt. Hay algunas que nunca se han ido, como Zuza, Flinthera, Niña, Espineidi, Flappy, aunque estén lejos.

Y gracias a Facebook (herramienta de Satán, pero con mucho potencial) hace unos meses me encontré con Ella.

Ella fue una de las personas que más quise durante muchos años. Era mi mejor amiga. La admiraba, la quería, sabía que podía contar con ella para lo que fuera, y me consta que era mutuo. Las dos nos sentíamos perdidas y pensábamos que la otra estaba centradísima: Ella pensaba que yo era la tranquila, la armoniosa, la dulce; yo pensaba que Ella tenía las ideas claras, que sabía lo que quería y por dónde se llegaba.

Con el tiempo (empezamos en los teens, después llegaron los distintos horarios, distintos amigos, distintos novios) dejamos de hablar tanto, de vernos tanto, de… querernos tanto, supongo. En mi caso fue inercia, y no estoy orgullosa de haber dejado que eso pasara.

Ahora he podido decirle un montón de cosas que se me quedaron por decir. Y nunca volverá a ser como antes (menos mal), pero me he quedado a gusto. No sé si a Ella le habrá cambiado un poco el sabor extraño que nos quedó de aquel final. A mí sí.

AÑADIDO POST-ERIOR (viernes por la noche): El post puede dar la impresión errónea de que no me importa lo que Ella pueda pensar/sentir ahora. No es cierto: me encantaría que Ella olvidara lo malo y recuperara lo bueno (como me ha pasado a mí), y que al pensar en nosotras el sentimiento predominante fuera el cariño (como me ha pasado a mí). Pero incluso si no es así... he ganado mucho desde hace unos meses.

lunes, mayo 18, 2009

El señor S. y Benedetti

Hace años alguien que pensé que era el amor de mi vida puso en mis manos un libro que se llamaba "La tregua".

Aquel alguien resultó no ser el amor de mi vida.

Pero hoy no puedo dejar de agradecerle que me descubriera un libro maravilloso y dejara entre mis dedos un hilo, como el de Ariadna, del que tirar para descubrir a más Benedetti.

Puede que Benedetti no fuera mi autor favorito, así como él no resultó el amor de mi vida... pero tengo mucha felicidad que agradecerles a ambos.

martes, mayo 05, 2009

La vida es un poema


Y últimamente mucho más.

Para empezar, estoy más sensible, más receptiva, tengo un estado de ánimo que hace que la poesía me llegue mucho más. Para continuar, veo señales en todas partes, relaciono conceptos con poemas, enlazo cosas, ato cabos. Y me encanta.

Si un día un chico superinteligentísimo me dice que la mía es la conversación más interesante en 40 km a la redonda, yo pienso en Lope de Vega:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?


Enseguida pienso que es inseguridad y decido que, "si tan inteligente es, tendrá razón". Al poco rato me hago consciente de la sobrez que me invade y decido que la razón está en el punto medio y lo dejo en que "no estoy mal".

Si otro día veo cómo, en uno de mis episodios de invasión de mariposas, me busca quien a lo mejor no debería. Objetivamente no debería. Y no sé para quién es peor… Y me acuerdo de Pedro Salinas:

Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor alguna vez.


Y una noche que paso horas hablando por teléfono con un amigo, y pierdo horas de sueño -los dos las perdemos- por contarnos nuestra vida y conocernos más, llega Benedetti:

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

Y cuando hago cosas sin pensar -por las mariposas, las águilas calvas o el simple día a día- y me agobio, o me siento tentada a verlo todo negro… viene Goytisolo a hablarme al oído:

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
(…)
La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.


Y le creo.

Encuentro poesía en las canciones, en el trabajo, en lo que me dicen por el msn… y me río de quien diga que la poesía no es vital. Como Celaya.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Porque no es "sólo poesía".

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Ya sé que llevo un tiempo llorando por aquí -que para eso es mi blog y lloro si quiero-, pero a pesar de las cosas me gusta mi vida. ¿Se me nota? Me gusta mi familia, me gusta mi trabajo, me gustan mis amigos, me gustan mis amores, me gustan mis mariposas. ¡Cómo no me va a gustar mi vida, si últimamente se ha puesto al rojo vivo!

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo.
(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada.)
Digo vivir, vivir como si nada
hubiese de quedar de lo que escribo.

Una buena forma de vivir, que me lo ha dicho Blas de Otero.

lunes, abril 27, 2009

Ponyo, Ponyo

Este fin de semana he ido a ver con Miss X y mi anómalo chico (¡que por fin ha vuelto a casa!) "Ponyo en el acantilado" (en v.o., es decir, ¡japonés!). La peli nos gustó mucho, es dulce, entretenida, linda, te ríes... Es la típica peli en la que te pasas la mitad del tiempo sonriendo, porque es bonita y transmite buen rollo, en fin, que tienes ganas de llevarte a Ponyo a casa.

Eso sí, es acabar la peli y salir acompañando los títulos de crédito la canción más, más, más... PEGADIZA del mundo. Al principio te ríes porque es estridente, sobre todo comparada con la peli en general. Pero de repente el estribillo te atrapa y zas, ya no puedes dejar de cantar el "Ponyo, ponyo, ponyo". Que se lo digan a mi chico, con dos tías cantándole a dúo el "ponyo ponyo" en estéreo, dolby y surround. En el cine. En el metro. En la cena. En la calle. Y encima con susto, porque claro, cuando llevábamos un rato sin acordarnos de la canción, a una se le encendía la lucecita y sin previo aviso saltaba:

- POOONYO, PONYOOOOO - y ahí iba la otra de acompañante (reconozco que siempre era peor si lo iniciaba yo, porque como se me olvidaba la melodía era un desastre).

Mi chico, ese mártir.

En fin, con el aviso de que la canción es pegadiza hasta el aburrimiento, os pongo el trailer de la peli con el bicho rojo-rosa, que es Ponyo y que es una monería, trailer que, claro, tiene la canción.



Y por si os habéis picado, la canción con el japonés en letritas normales para poder cantarla. Porque claro, llegamos a casa y la buscamos:


Y si tenéis curiosidad por la traducción y por ver a la nena japonesa cantante y los dos tíos con chaqué (y guitarra) que la cantan, más niños japoneses, aquí.

Post-post: en otro post conté que había conocido a Miss Mole, aquí su versión. Nena, ¡qué de cosas bonitas me dices, ains!

viernes, abril 24, 2009

La pandilla de la Universidad


Será por que nuestras facultades eran un caldo de cultivo estupendo para desequilibrados emocionales con inquietudes intelectuales y muchas ganas de juerga, o será por aquello de que dios los cría y ellos se juntan.

O será por casualidades de la vida. Nos conocimos en la Universidad. Pero ni estudiábamos todos lo mismo, ni veníamos de la misma ciudad, ni vivíamos cerca, ni… No sé cómo fue, pero un día nos encontramos en una tetería hablando abiertamente de masturbación con total sinceridad, y en ese momento sentí que había encontrado "mi grupo".

A lo largo del tiempo se han sumado algunas personas más al grupúsculo inicial. Y alguna se ha quedado en el camino, es que son muchos años, era de esperar. Pero haciendo recuento somos Misia, Maya, MissX, Dana, Streetgirl, i-Boy (me matará por haberlo metido en un post sobre "amigas", pero no me da la gana dejar de mencionarlo) y yo.

Fueron años de descubrimiento, de autodescubriendo, de exploración, de desequilibrio, de mucho cariño, de juergas locas, de dramas y de muchas muchas risas.

Todo era una aventura. Era la época de bebernos 5 margaritas por cabeza en el Cuchi antes de que dieran las 12, de colarnos en fiestas (donde conocimos actores ídolos de adolescentes, futuros novios, pintores bohemios forrados, traficantes de droga…), de reinar en Chueca (porque siempre éramos protagonistas, aunque era más divertido cuando los demás también se daban cuenta), de ligar con los guiris más espectaculares de la temporada, de echarnos todas novios que residían ilegalmente en el país como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, de acabar en casa del jefe de camareros del Cuchi a las 6 de la mañana para seguir la juerga con tekila, chelas y guitarras. Era la época de tener las charlas más profundas o de la más absoluta frivolidad, de dar la cultura por sentada, de establecer "los mínimos".

Todos estábamos para todos, pero todos teníamos total libertad para elegir cualquiera de las opciones que se abrían ante nosotros.

Hemos celebrado cumpleaños, fiestas temáticas, fiestas de despedida cada vez que uno se iba a pasar una temporada al extranjero, una despedida de soltera y una boda (so far). Hemos pasado la noche en una cocina intercambiando trucos sobre sexo oral. Hemos ido a sex-shops (mucho antes de las tiendas-monas-para-chicas de ahora). Hemos hecho cenas de gourmet y otras más de supervivencia. Nos hemos dado masajes, hecho cosquillas, besado, psicoanalizado, quitado dolores de cabeza a base de reiki, lesionado, curado cortes con azúcar, consolado, llamado al Samur, recetado vitamina-B, sujetado la cabeza para vomitar, cogido de la mano mientras nos daban puntos, reído los unos de los otros y cada uno de sí mismo, dado abrazos curativos.

Hemos viajado, juntos y separados, real y figuradamente. Hemos cambiado, hemos madurado y nos hemos re-conocido. Nos hemos comunicado por teléfono, carta, sms, email, msn, skype, facebook. Nos hemos despedido, nos hemos ido al otro lado del mundo, nos hemos reencontrado. Y es diferente, pero a la vez sigue siendo igual.

Porque a la vuelta siempre estamos allí. Siempre están. Y siempre estoy. Nos conocemos tan bien que a veces da hasta rabia... pero mola, porque también es como estar en casa.

A aquellos a quienes dan alergia los posts de esta sección… lo siento, pequeños: aún tengo más amigas.

viernes, abril 17, 2009

Tres YouTubes que me han hecho feliz esta semana

(y toda ayuda es poca)

En el puesto Nº3, este maravilloso video de Susan Boyle cantando I Dreamed a Dream llegado a QaD gracias a Lily y que a estas alturas habréis visto todos (it's SOOOO last Tuesday):



En el lugar Nº2, el trailer de la que Sark dice (y me da que tiene razón) que va a ser mi próxima serie favorita: GLEE.



Y con el Nº1, y gracias al Hombre Malo... un momento que si no te hace sonreir es que estás muerto por dentro:



Yo casi lloré...

miércoles, abril 01, 2009

Cuesta arriba

Después de unos meses, así se me está haciendo esto de llevar una relación a distancia: cuesta arriba. Yo que siempre he renegado de este tipo de relaciones, me he visto envuelta en una (por un bien mayor, supongo).

Como en septiembre empecé en mi trabajo nuevo, que me deja bastante tiempo libre, y mi chico emigró a Barcelona mi frase fue “pues ahora que tendré tiempo voy a...”. Esa ha sido mi frase para todo en estos meses: “ahora que tengo tiempo...”. Como tenía tiempo, me matriculé de un montón de asignaturas de Antropología (incluida la dichosa Estadística). Como tenía tiempo, me embarqué en ensayos, espectáculos y mil cursos de danza. Como tenía tiempo, me apunté a yoga. Como tenía tiempo, he asaltado unas cuantas veces la biblioteca pública. Como tenía tiempo, he ido a exposiciones, al cine y al teatro, sola o acompañada.

Como él ya no estaba en casa y ya no había muchas razones para estar dentro, salí fuera. He salido de marcha, de juerga, de farra, de borrachera, de tranqui, de bailoteo. De cañas y tapas, a tomar café, a cenar o a comer. He estado con mi familia, con mis amigas del doctorado, de la universidad, de la biblioteca, del instituto, de baile, de la compañía de danza.

Así sobrellevo la distancia: saliendo mucho, con teléfono, con escapadas y sobre todo, sin pensar demasiado. Además, tengo dos ventajas: en primer lugar, siempre se me ha dado bien estar sola (incluso a veces soy independiente hasta rozar lo irritante). En segundo lugar, tengo a mi gatina por aquí, que de vez en cuando le da la ventolera e, incluso, me hace un mimo.

Pero cada vez se me hace más cuesta arriba. Ya miro con hastío el teléfono, como si fuera mi enemigo mortal, porque ya me harto de tenerlo siempre pegado a la oreja. A este paso tendré una mutación genética y me saldrá un tercer brazo, pequeñito, desde el cuello para sostener el dichoso auricular.

Ya me canso de conversaciones telefónicas que no son lo mismo, que no le puedo contar todas las chorradas que se me pasan por la cabeza (aunque quizás así no le desengaño y sigue pensando que soy inteligente y todo).

Jo, que mi olla rápida es para cuatro personas y a mí se me queda grande, porque cada vez que hago pisto de verduras estoy tres días comiendo y cenando pisto, hasta que las verduras me salen por las orejas y me meto entre pecho y espalda una hamburguesa (por eso de compensar, que comer tan sano no puede ser bueno para la salud).

Hombre, tampoco tengo ya excusas para comprar bizcochos mármol, que antes le decía a mi chico que se los traía para él (ejem). Además, sin darme cuenta he empezado a hablar un montón con la gata, la saludo al entrar en casa “hoooola, gatina bonita. Hooola, gatina guapa” y hasta le consulto la lista de la compra (“¿necesitas arena, Mina?”). El día que me conteste protestándome porque no le mola el pienso seco que le traigo, me caeré del susto. Eso sí, después iré a comprarle comida en lata gourmet para gatos pijos.

En resumen, estos meses he hecho lo mismo de siempre (leer, salir, bailar, estudiar) pero más intensamente. No lo voy a negar, me lo he pasado genial últimamente. Pero...

¿Cuándo vuelves?

lunes, marzo 16, 2009

La horrenda noche de la lejíiiiiiia

Por fin ha pasado, ya he actuado con la compañía de danza oriental. Después de todos los nervios me he quedado agotada y dolorida (mi cuerpo se ha relajado y me duelen hasta las pestañas) pero estoy contenta. La función salió bien y tuvimos bastante público.

Pero no todo fue tranquilidad y buenos alimentos. No. Se trata de mí, no podía hacerlo todo bien, o por lo menos, normal. La lié parda, pero bien liada, una noche antes de la representación.

Así que, de la autora de "La espantosa noche de la estadística" llega...

LA HORRENDA NOCHE DE LA LEJÍIIIIIA

Al día siguiente era la famosa representación. Meses y meses ensayando y casi todo preparado. Sólo me faltaba acabar de preparar la ropa. El primer traje que llevaba era un bombacho blanco y top blanco con mangas anchas, con un fajín verde y un pañuelo marrón. Decidí lavarlos, porque de los ensayos estaban un poco guarros (vamos, que se podían mantener ellos solos de pie, incluso bailar algunos números. Se sabían las coreos mejor que yo...). Los metí en la lavadora, con programa de prendas delicadas y a 0 grados.

¡Erroooooooor! cuando saqué la ropa tenía un pañuelo marrón, un fajín verde, un bombacho blanco y, y, y... ¡UN TOP ROSA! Bueno, no del todo rosa: como las mangas y el cuerpo eran de diferente material, tenía el corpiño rosa y las mangas abombachadas blancas. No sé de dónde salió el rosa, si no había nada rojo. Supongo que del marrón, pero en fin.

Tuve un primer momento de histeria. Pero en el segundo momento pensé en mis clases de yoga e intenté centrarme, relajarme y recitar un mantra para tranquilizarme. Lo conseguí si consideramos "centrarse y relajarse" correr por toda la casa agitando los brazos con el top mojado golpeándome la cara y entendemos como "mantra para tranquilizarse" gritar "ohdiosohdiosohdiosohdiosohdiosohdiosohdios".

En ese momento tenía claro el desastre: se suponía que yo tenía que salir de blanco impoluto al escenario e iba a salir rosa, porque no sabía bien si podría desteñir el desteñido y en caso de que no pudiera no sabía si habría en la tienda un top igual. Planeaba sobre mí una bronca de la directora de la compañía, evidentemente...

Pensé en mi madre: cada vez que pasaba algo de este tipo, decía la palabra mágica: lejía. Para desteñidos, lejía. Y en Hermano, que ponía Kalia para que su kimono fuera blancoblanquísimo. Os juro que hasta fui a este post by Gato for Mortadela de Luxe a ver si ponía algo de desteñidos, pero nada. Y era demasiado tarde para llamar a Gato, a Madre o a quien fuera que no estuviera en Nueva York.

Metí el top rosa en agua caliente, lejía y kalia.

Y me senté en el sillón a esperar. Diez minutos.

Fui a ver el top. Seguía rosa.

Volví al sillón.

Diez minutos después fui a ver el top, seguía rosa.

Me fui al sillón.

Llamé histérica a mi chico.

Fui a ver el top. Seguía rosa.

Intenté que la gatina no se bebiera el agua con lejía, kalia y algo de colorcillo rosa ("di no a las gatinas rosas").

Así durante una hora.

De repente, enmedio de todos los nervios, me vino una inspiración divina. Pensé que las cosas siempre pueden empeorar. Me acordé del maldito examen de estadística. Supe, en ese momento, que las notas habrían salido y que sería un suspenso como una casa. Después de un mes y pico esperando las notas, de haber mirado por internet esa misma mañana y que la dichosa nota siguiera sin salir, en ese momento me dio esa sensación y lo miré. Efectivamente, la nota había salido ¡y suspensa, claro!*

Si es que tengo una capacidad de ir añadiendo mi*rda y de ir empeorando las cosas que ni el Murphy ese.

Jo. Sabía que tenía muchas probabilidades de suspender, pero aún así se me juntó todo y empecé a suspirar, a hacer pucheritos y en un minuto el "ohdiosohdiosohdios" se transformó en un inmenso "buaaaaaaaahhhhhhh". Mis idas y venidas entre el sillón y la bañera se empezaron a ver más borrosas y ahora mismo podría hacer un exhaustivo y riguroso estudio científico demostrando que los lagrimones no eliminan los desteñidos rosas.

A las cuatro y media me fui a dormir, agotada de tanto viaje sillón-bañera, y me desperté a las ocho. En esas tres horas y media os juro que dormí, pero con la imagen de cierto top rosa fijada en mis sueños. Me fui a la bañera y mi top ya no era rosa.

Era rosita.

Resignada y con la fe perdida (a dios pongo por testigo que jamás volveré a confiar en la lejía) esperé dos interminables horas hasta que abrieran la tienda y cuando llamé, aleluya, había un top igual pero en blanco. En fin, toda una noche toledana resuelta en una llamada (y en un paseo de la tarjeta). Qué alivio.


Pasatiempo: Encuentra las siete diferencias



En fin... que todo ya pasó y ahora vuelvo a tener mis fines de semana para mí. De todo esto me quedo con dos cosas (Misia coge aliento y el cetro de la cursilidad, se lleva la mano al corazón como las misses y modo recoger un oscar on):

Primero, me quedo con las risas en los ensayos. Con mis compañeras. Con Adalias y la doctora B., tan absolutamente bellas por fuera y por dentro. Con un rosario de iniciales (L, V, S, C, N) que lo han hecho todo divertido y fácil.

Y en segundo lugar, y lo mejor de todo para mí, fue bailar sabiendo que estaban ahí mi familia y mis amigos. A todos los que vinisteis, muchísimas gracias. Fue muy importante para mí saber que estabais ahí y cada giro, cada movimiento, cada sonrisa fue pensando en vosotros. Muchas gracias por venir, de verdad. Espero que disfrutarais como yo.

Modo recoger un Oscar off.

*En cuanto al examen de estadística... lo único que me consuela es que me salió tan absolutamente mal que aunque hubiera contestado las dos famosas preguntas que dejé en blanco y las hubiera respondido bien, hubiera seguido suspensa. Pero bueno, el resto de exámenes los he aprobado y bien aprobados. Será que como la estadística es tan aburrida necesita unas vacaciones en un sitio animado como Mallorca. La llevaré a la playa y, si se tercia a la discoteca. Lo que sea con tal de que me apruebe de una vez.

lunes, marzo 02, 2009

Contadores de historias


Compadezco a los niños a los que no cuentan cuentos de pequeños. A mí, mi padre me leía un cuento todas las noches antes de dormir. En cuando mi hermana MeriLein tuvo uso de razón, mi padre empezó a leernos dos, uno elegido por cada una. Y a partir de que nació Ro, tres. Qué tiempos.

Lo mejor era cuando se los inventaba él. Los cuentos que inventaba mi madre era más bien moralizantes, ya sabéis, del tipo "La niña que no quería comer coles de Bruselas" y cosas así, pero los de mi padre eran algo completamente distinto. Se inventaba historias y les ponía nuestros nombres a las protagonistas. Algunas trataban de aventuras por Europa en plena segunda guerra mundial, otras eran más simples y sucedían en el Parque de Atracciones, o en el campamento, o yendo de visita a los abuelos. Molaban infinito.

Puede que por eso, a pesar de que mis hermanas y yo seamos muy diferentes y tengamos gustos muy distintos en casi todo, a las tres nos gusta leer. Leer, y otras cosas.

Llamadlo complejo de Electra, si queréis, pero hace muchos años, cuando me eché a mi primer novio "en condiciones", una noche cualquiera le pedí que me contara un cuento mientras me quedaba dormida. Él no sabía qué contarme, y como el chico era rolero le sugerí que me contara, a trozos, alguna partida que le hubiera molado mucho. Terminando en cliffhanger, a poder ser.

Resultó espantoso.

Bolas de energía y cosas rarísimas así como random.

Fatal.

Para la siguiente vez, él optó por buscar inspiración en libros de relatos de terror y yo gané con el cambio.

El novio pasó a la historia, con el tiempo, pero la perversión eléctrica no. Porque si cierro los ojos y me pongo a diseñar el hombre perfecto… quiero… quiero… un chico que sepa contarme cosas y apasionarme con sus historias.

Un chico que pueda tanto inventarse un cuento para dormirme como tenerme hablando hasta la madrugada.

Que si me pierdo el capitulo de House me lo sepa contar de forma que mole casi tanto como si lo veo.

Que si me cuenta una novela que no voy a leer porque, por ejemplo, sólo se encuentra en chino mandarín, idioma que casualmente desconozco, me den ganas de escribir a todas las editoriales para que la editen en español y así la pueda releer yo cada vez que quiera.

Que me mate de la risa al contarme sus batallitas.

Que me cuente sus viajes por el mundo y me haga vivirlos como si estuviera allí.

Que si se arranca a contarme sus sueños o sus planes, los haga tan reales que los vea.

Y, por supuesto, que sepa hacer llamadas guarras de las que te arrastran, te llevan, te traen y te dejan sin aliento.

No pido nada, ¿a que no?

miércoles, febrero 25, 2009

Poema en el espejo


Cuando me independicé escribí con rotulador rosa en el espejo de mi cuarto malasañero uno de mis poemas preferidos. Es del poeta americano William Carlos Williams, dicen que parece un post-it que garabateas y dejas en la nevera para que lo lea tu novio y dice tal que así:
This is just to say

I have eaten
the plums
that were in
the icebox

and which
you were probably
saving
for breakfast

Forgive me
they were delicious
so sweet
and so cold

Es sólo decirte

Me he comido
las ciruelas
que estaban en
la hielera

las que tu
probablemente
guardabas para
el desayuno.

Perdóname,
estaban ricas,
tan dulces
y tan frías.
La cutre traducción es mía, sorry.

Al mudarme a la casa "nueva" ni pensé en escribirlo. Pero hace como dos meses, sin saber por qué, agarré un rotu rosa y… allí está, en el espejo de mi cuarto.

Animaos, pequeños visitantes anónimos, commentaristas habituales, amigos, mirones silenciosos. ¿Qué os inspira este poema? ¿Qué os hace pensar, qué os hace sentir? Dejádmelo en los comments, psicoanalicemos lo tortuoso de mi mente.

Os pongo lo que me inspira a mí a continuación, pero oculto. Para desvelar lo que mi maligna mente piensa sólo tenéis que seleccionar el área en blanco de aquí debajo.

· Va de vivir la vida, de disfrutar las cosas sin pensarlo mucho, tal como vienen, tal como te apetecen. (Quiero una ciruela, me la como. Quiero un beso, lo doy)

· De que vivir así puede fastidiar a los demás, a los que te importan, y luego hay que pedir perdón. (Para ti eran importantes las ciruelas… pues me las he zampado)

· Va de que las relaciones tienen una parte de desnivel que se puede intentar salvar para que no haya "ese espacio entre los dos". (Por eso te dejo la notita)

· Que nos podemos poner muy tiquismiquis y que una tontería sin pensar puede joderlo todo. (Al fin y al cabo sólo son ciruelas, te pido disculpas pero pensando que no es para tanto)

· Va de sexo. (Deliciosas, dulces, frías… Y encima ciruelas, que son una fruta de lo más veraniega, jugosa y morbosa)

Sí, vale, a lo mejor soy una cursi. Pero al menos no es Bécquer.

martes, febrero 10, 2009

Cuando Gus y yo recuperamos aquel verano

(Post NO patrocinado por los señores de Facebook)

Desde luego las nuevas tecnologías son increíbles. Mientras los medios alertan sobre los peligros de poner tu información personal en la Red, del poco respeto a las normativas de protección de datos, de los riesgos de las redes sociales… voy yo y recibo un email.

Bueno, no era un email, era un mensaje desde Facebook. El remitente era Gus, mi ex de los 18 años y al que llevaba 12 sin ver, y decía lo siguiente:

hola!!!
a que no te acuerdas quien soy?
un beso muy grande
(te acuerdes o no) ;)


Claro que me acordaba.

Gus era un tío estupendo. Era listo, divertido, interesante y educado (y guapo, moreno, alto y con gafas). Estuvimos saliendo un verano, en el que ambos cumplimos los 19. No sé ni cómo conseguimos terminarlo, el verano, porque con él conocí el concepto "autoboicot".

Me gustaba muchísimo, tanto que cada vez que estábamos juntos yo me ponía nerviosísima y me convertía en un ser absurdo y bobo. Era verle y ¡zas! subidón de hormonas y ¡zas! 50 puntos menos. Me volvía torpe, quería decir una cosa y al abrir la boca decía otra totalmente diferente, dejaba de tener voluntad y todo me parecía bien. Ese (infra)ser era yo. La juventud, supongo.

Salimos durante un verano, y uno de los meses yo lo pasé en Irlanda. Nos escribimos cartas, cartas y postales, hablando de todo y de nada. Y al volver a España volvieron las hormonas y la tara para "ser yo".

En parte no importaba, porque era la típica relación postadolescente, explosiva y hormonal. Muchas veces quedábamos en un parque, de lo más fresquito de Madrid en agosto, y lo primero que hacía yo al volver a casa era cambiarme de vaqueros porque los tenía verdes por todas partes por culpa del césped del parque y los revolcones incontrolados (para nuestros simulacros de frinkamiento feroz no hacía falta pensar).

Lo dejamos después del verano y, aunque me dio pena, sentí un alivio infinito por dejar de parecerme tonta a mí misma cada vez que abría la boca (y decidí hacer lo posible por que no me pasara más). Después de romper nos vimos una o dos veces, nos mandamos alguna que otra postal, y siempre le he recordado con cariño.

Y he soñado con él, de vez en cuando. Pero eso es otra historia.

Así que le respondí.

¡Me acuerdo! Cuánto tiempo, ¿cómo estás? ¿Eres un arquitecto chupi?
Otro beso enorme para ti.
¿Cómo me has encontrado, compartimos amigos?

Sabía perfectamente que no, pero quería oírle decir que me había buscado específicamente. Dieciocho "mensajes de Facebook" después habíamos quedado para tomar unas cañas y ponernos al día (me tuvo desde el "sigues escribiendo igual de bien" de su cuarto mensaje).

Y no nos volvimos a comunicar, ni para pedirnos nuestros teléfonos. Fue todo como en la prehistoria de antes de los móviles, cuando nos conocimos. Simplemente, tres días después, allí estábamos los dos. Magia.

Habíamos quedado a las siete de la tarde y yo dije a mis amigas que probablemente en un par de horas nos habríamos puesto al día y que las llamaría después para saber por dónde andaban. Pues no.

De dos horas, nada. Doce. Fue como si nos hubiéramos visto el día anterior, nada de sentirse raros, nada de silencios incómodos. En doce horas nos contamos nuestra vida, nos pusimos al día de familia y mascotas, de amigos y conocidos, de trabajos y amores. Hablamos de la vida, del trabajo, de la felicidad, del sexo, y filosofamos. Y esta vez la que hablaba sí que era "yo".

Gus sigue siendo un tío estupendo, muy inteligente e intuitivo (una constante en los hombres de mi vida). Todas las historias tienen dos verdades (por lo menos) y él, no sé cómo, nunca había pensado que fuera tonta. También me había recordado con cariño y se acordaba de miles de cosas, como del nombre de mis perros o de trozos de las cartas que le escribí. O de que mi madre decía que parecíamos "los chicos del servicio, quedando a las cinco de la tarde".

Yo también me acordaba de cosas, y el resto nos fueron viniendo poco a poco. Como un dibujo que me hizo de una moto, o su madre entrando en su cuarto "a regar las plantas" para que no estuviéramos solos (a pesar de que Gus estaba tocando el piano y obviamente tenía las manos ocupadas), o nuestro último beso, o qué pequeños éramos entonces.

Fue como recuperar un París perdido, sólo que en lugar de París era el Parque del Oeste, que estaba allí pero bastante olvidado. No sé si seguiremos viéndonos y nos haremos amigos, ni siquiera si seguiremos en contacto dentro de unas semanas, pero siempre tendremos aquel verano y estas doce horas.

Porque cuando dieron las siete de la mañana y se hizo de día y el sueño venció a la conversación y se acabó la magia, nos despedimos con un abrazo. Y recordé perfectamente lo altísimo que me parecía entonces, lo bien que olía, lo que me gustaban sus ojos verde tortuga. Lo que se siente con 18 años.

martes, enero 13, 2009

De vuelta al cole

He tenido una dulce navidad, tan familiar y tan bonita que hasta me resulto repelente al decirlo. Después de la diáspora familiar de septiembre (Hermano a Alemania, mi chico a Barcelona y mis padres en Palma) estas navidades han venido todos a casa a pasar unos días. Después he ido a la Ciudad Lluviosa, a casa suegros, y Palma, a casa padres.

El 2008 comenzó mal, continuó peor y se arregló a partir de septiembre, y ahora estoy en un buen momento, feliz y tranquila. Tener a mi gente cerca me ha hecho estar aún más contenta y disfrutar más de las cosas que me han pasado: una lengua de trapo de dos años me ha pedido galletas (y ríos de baba se desataron), me han dado la invitación para una boda en Papúa que me hace mucha ilusión, he comido pastel de cabracho en amor y compañía, he ido al teatro a oír chillar a Maribel Verdú, he visto la guarida de un gato, he perdido al chinchón con mi suegro, he bailado hasta el agotamiento, he deseado tener un ascensor en mi vida, he comprado regalitos, he descubierto fotos antiguas en las que mi abuelo parece una estrella de cine... puf. Soy consciente de lo afortunada que soy ahora mismo y lo estoy paladeando, porque quién sabe cómo estaremos dentro de un tiempito... las cosas que piensas eternas a veces te salen rana y resultan efímeras, así que hay que disfrutar de los momentos buenos y de las cosas pequeñas. No sé si soy una pesimista sin remedio o una optimista precavida, porque pienso igual de las épocas malas: siempre acaban pasando.

En fin, que después de tantos días de desconexión total, me ha costado volver a la rutina y estar otra vez solita en Madrid. Pero vamos, que no soy la única a la que le ha sentado mal la vuelta al cole. Los alumnos han vuelto a clase desganados y protestones (con modelitos nuevos, eso sí) y resulta prácticamente imposible que se interesen por algo. Así que hoy he aplicado una metodología, er... Ponerse a hablar de la Inquisición, haciendo una descripción detallada de las torturas y castigos que aplicaba, resulta infalible para que una clase de lunes postvacacional a primera hora se despeje de golpe, aunque sólo sea para poner cara de horror y empezar a chillar todos en bloque:

- QUÉ ASSSSCOOOOOOOOOO, PROFEEEE.

Lo que viene siendo terapia de choque, vamos.

lunes, enero 12, 2009

Me encantan mis amigas


Igual que al conocer a un chico que te interesa hay que fijarse en cómo habla de sus ex (puedes ahorrarte bastante tiempo si descubres de antemano que es un misógino, un machista o un resentido), al conocer a mujeres yo me fijo siempre en cómo hablan de sus amigas.

No me gustan las que las que dicen tener amigas pero las destripan cuando no están delante. Las que necesitan hacer de menos a las demás para subir su autoestima. Las que, cuando sus amigas pasan malos ratos, se sienten bien consigo mismas por contraste. Las que sonríen mientras atacan como perros de presa cuando una de sus amigas muestra una debilidad.

Tampoco me fío de las que presumen de no tener amigas, o de tener miles de amigos hombres pero llevarse fatal con las mujeres. Una cosa es que las circunstancias te lleven a tratar con más tíos que tías; y otra que fardes encantada de no llevarte bien con el 50% de la humanidad por el mero hecho de haber nacido del mismo género que tú.

Que no. Que estoy harta de mujeres que van de feministas cuando en el fondo son unas misóginas, vamos, que no les gusta ninguna tía que no sean ellas mismas.

Mis amigas no se parecen nada a esos infraseres. Mis amigas son auténticas, valientes, cariñosas. Sinceras, comprensivas, críticas pero no criticonas. Con aguante y con carácter. Apoyan mis decisiones pero no me siguen la corriente si creen que me equivoco. Son competitivas con el mundo y bastante perfeccionistas, pero siempre están dispuestas a dejarse el tiempo, la energía y la manicura por sus amigas. No temen mostrarse vulnerables, porque saben que yo las voy a proteger tanto como ellas a mí.

Me encantan mis amigas. No son perfectas, son humanas, y las quiero como son, con lo bueno y lo no tan bueno. Y cuando se me cae el mundo encima pesa un poco menos porque sé que están ahí.



Llevo un tiempo dándole vueltas a fardar por aquí de cómo son mis amigas. Tengo un puñadito, seguramente más de las que merezco, y me apetece presumir. Así que le voy a dar un par de vueltas más y a ver qué me sale (calculo que varios posts, entre ellos, por fin, el de las TriTroias).

(¡¡Misia, por dios, escribe algo que me voy a cargar el cetro de tanto usarlo!!)

Por cierto, aprovecho para felicitar blogosféricamente a Noa (que cumplió años ayer) y al Hombre Malo (que los cumple hoy). ¡Feliz cumpleaños, pequeños!

miércoles, enero 07, 2009

Una cama con historia


Mi cama antes de ser mía fue de mis bisabuelos. Es de latón dorado, con barrotes que brillan y "boliches" cilíndricos para pedir deseos.

Hace unos meses, al desmontar la casa de mis bisabuelos, mi abuela pensó quizá yo podría querer la cama. Además de bonita, la cama es de las que antiguamente se llamaban "cariñosas", de 1,20 metros de ancho. La misma medida que la que me compré al independizarme, así que le valían mi colchón y mi somier casi nuevecitos.

Era una señal. La quise.

Mi abuela se empeñó en asegurarme con detalles y explicaciones a todo color que en mi nueva cama vintage nunca se ha muerto nadie. Cosa que a mí ni me preocupaba ni se me había pasado por la cabeza, pero que ella consideraba crucial.

Pues eso, que nada de muerte. De la chunga: de la petite mort sí, un rato, tanto antes como después de llegar a mis manos.

Así que fui a la antigua casa de mis bisabuelos. Desmonté la cama, me la traje a casa, la limpié y la monté. Y desde hace como medio año tengo una cama preciosa, brillante y con historia que mola mil.

En esta cama dos personas nacidas en el s. XIX (mis bisabuelos) se quisieron mucho.

En esta cama al menos dos personas (dos de mis tías-abuelas) nacieron en el s. XX.

En esta cama que ha visto mucha felicidad duermo yo (solita, eso sí) en el s. XXI.