MANAZAS
viernes, octubre 19, 2012
Comeduras de coco
lunes, enero 03, 2011
Mi propósito de Año Nuevo
DEJAR DE DECIR TACOS (taco, acepción número 19 en el diccionario de la Rae. Y tiene 26. Toma palabra polisémica).
En fin, que debería dejar de decir palabrotas. Porque en los últimos tiempos juro en arameo por cualquier chorrada y eso no puede ser, por dos razones: la primera es que mis amigos dicen que no me pega nada, que me queda fatal. Que no va nada con la imagen de chica dulce que tienen de mí que de repente me ponga a decir "esa hija de put...". Esa es la primera razón, pero no la primordial, porque me descarga mucho soltar un buen exabrupto y ya pueden decir misa y que mi fama de niña educada se vaya al carajo. Pero ahí está la segunda razón, que es realmente la importante: ser la profe. Porque aunque me controlo, alguna vez se me ha escapado en clase alguna palabra malsonante (sobre todo cuando sale a relucir mi torpeza natural y me pillo el dedo en el cajón o me doy en el muslo con el pico de la mesa). Y los alumnos se me quedan mirando con ojos como platos y alguno siempre suelta un "haaalaaa, lo que ha dichooo".
Así que he decidido mantener el zen y no decir palabrotas en este 2011. Aunque no está resultando fácil:
1 de enero, aeropuerto de Barajas. Un carrito traidor me machaca el dedo del pie.
- ¡¡Hostiaputajoder!!
Y el propósito al mierd... digo... a freír espárragos.
Post-post: se agradece la colaboración de Zagloso y Corresponsal en Palma, que cuando estuve cenando con ellos el 1 por la noche gentilmente me ofrecieron un montón de sinónimos de jod..., digo, de fastidiar.
miércoles, septiembre 15, 2010
Folios en blanco
Estaba en Palma, en mi cuarto de siempre, con todas mis cosas más una pila inmensa de mi hermano, que ha "okupado" toda mi mesa, sus alrededores y mis estanterías. Sus trastos han hecho que mis cajones queden cegados y la mesa invisible a los ojos humanos. Una mañana me levanté pronto y energética y decidí planificar mi estudio para los exámenes de septiembre. Sorteando las cosas de mi hermano pude abrir un poco un cajón en el que creía recordar que había unas libretas viejas, para poner por escrito un planning para los exámenes (que nunca cumplí, como de costumbre). La ranura no era muy amplia, pero sí lo suficiente como para colar la mano y encontrar un taquito de folios.
Al sacarlos y abrir en abanico el taco, me di cuenta de que, enmedio de todos aquellos folios en blanco, había dos escritos. Dos borradores de cartas.
Aclaro que eso me suele ocurrir con relativa frecuencia, ya que siempre me ha gustado escribir y además era un desahogo muy terapéutico. Escribía en diarios, en folios sueltos, en trocitos de papel perdidos, en márgenes de apuntes o libros... Cuanto más abrumada estaba, más necesitaba soltar por escrito mis angustias, así que mis notitas no suelen ser del tipo “qué feliz soy” o “cuánto le quiero”, sino más bien el reflejo de mi faceta drama queen, pero desbocada y sin frenos: son búsquedas absurdas de respuestas (ya que las preguntas nunca llegarían a ser hechas a nadie) o frases demoledoras escritas desde una desesperación que, gracias a Dios, ya no conozco. Muchos de esos papeles quedaron perdidos entre cosas varias y cuando, aún hoy los voy encontrando, los recojo y los voy uniendo al montón de papelitos semejantes que tengo y los aparto, para que no vuelvan a asaltarme por sorpresa más. Porque además, todo sea dicho, la calidad literaria de mis desahogos es patética y a menudo me da vergüenza haber podido llegar a ser tan cursi, dramática, pedante y relamida (ramalazos que aún hoy intento contener, pero no hay manera, la naturaleza se me sale por todas partes. Y me horroriza ser todo eso).
Volviendo a las cartas que encontré, no tenían fecha, pero por lo que cuento en ellas fueron escritas en Palma en el verano de hace diez años. La primera iba dirigida al chungazo de mi vida, con el que tuve una larga relación que fue degenerando hasta convertirse en el infierno en la tierra. La segunda iba dirigida a mi bella S., contándole cómo había ido la visita del chungazo a mi casa.
Al leerlas me quedé helada. Ya no suelo encontrar cosas de esa época sueltas por ahí, un tiempo después de romper con él hice una limpieza concienzuda, las retiré y las tengo guardadas en lo más profundo y lo más alto de un armario, sepultadas debajo de un montón de ropa. Pero estas cartas se me debieron pasar y ahí estaban, de nuevo en mis manos. Las cartas eran de un momento en el que la relación con mi chungo ya era muy complicada, pero aún no había llegado al punto de ser la hecatombe que fue. Nos quedaban por delante dos años y pico infernales.
Y ahí estaba yo, leyendo la carta insustancial que una Misia diez años más joven escribía, cuando aún no tenía mucha idea de todo lo que se le venía encima. A esas alturas yo debería haber estado sobre aviso y haber salido corriendo en dirección contraria: había mil indicios que contaban a gritos que aquella relación era tóxica - por ejemplo, en la carta a la bella S. una frase dice "la visita ha estado bien, no hemos discutido demasiado". ¿Demasiado? la madre del cordero, yo era idiota - pero creo que en aquel momento se juntaron una serie de factores que hicieron que aquello se alargara y empeorara sin que yo le pusiera remedio en el momento justo: era mi primera relación seria, tenía menos experiencia y criterio detectando chungueces, era muy tozuda, era un desastre comunicándome y tenía extrañas ideas sobre las oportunidades que te da la vida.
En fin, que leí ese papel recién llegado del pasado y lo único que me salía era gritarle a la chica que escribió la carta: "¡corre, pobre incauta, corre!¡huye ahora que puedes!". No hubiera servido de nada gritarle, me temo: la Misia del pasado era terca como una mula y no escuchaba demasiado. Me dio un poco de lástima esa chica: con tanta pena por pasar, tan pardilla, tan boba (bueno, y a saber qué le depara el futuro a esta Misia actual, que nunca se sabe).
Por otra parte, por muy punzante y helador que resulte recordar momentos que quiero olvidar, también es un motivo de orgullo: conseguí librarme de toda esa mierda y aprender mucho sobre mí misma y sobre cómo quería vivir mi vida. Y es reconfortante: ahora estoy muy bien, estoy muy lejos de aquello y no pienso volver.
viernes, agosto 13, 2010
Alianza de Civilizaciones (Vacacionacas en Estambul 1/5)
Ya he vuelto de la primera parte de mis vacaciones y tengo que decirlo: me ha encantado Estambul. He descansado, he visto sitios preciosos, he comido como una princesa, he aprendido mucho, he conocido gente estupenda ¡y he recibido la visita de las musas! Así es, amiguitos: habrá posts -sí, postS, en plural- inspirados por el viaje, habrá reportaje fotográfico, habrá aventuras, humor y amor. Hoy, la primera entrega, con un poquito de autoescarnio.
Me encanta viajar. Me encanta llegar a un sitio nuevo, hacerme una composición de lugar y empezar a recorrerlo para formarme una opinión, para reescribir por mí misma las ideas que haya podido leer en periódicos, novelas o guías de viaje. Mi compañera de aventuras en esta ocasión ha sido Noa. Si hubiera que describir nuestros perfiles de viajeras en dos palabras, yo sería una "risk taker" y ella una "tía prudente".
Y así estaba la cosa, Noa y yo por las calles de Estambul, driblando los piropos, las preguntas políglotas y las invitaciones a cenar, con nuestra guía Lonely Planet y un mapa, buscando restaurantes con terraza en la azotea, porque Estambul hay que verlo desde arriba. Y allí estábamos en nuestra segunda noche, en una terraza en un cuarto piso con las más maravillosas vistas a Santa Sofía, hablando de lo mucho que nos estaba gustando la ciudad.
-Me encanta viajar. No sólo por ver sitios y hacer cosas, sino por las personas que conoces. Si no te relacionas con la gente, ¿para qué viajar? No merece la pena, casi puedes quedarte en casa.
Ésa era yo, poseída por el gran Manitú de la multiculturalidad, como casi siempre que viajo.
Nuestro camarero en esa ocasión era una especie de clon del príncipe Eduardo (ew!), pero era majete y bastante profesional. Se adelantaba a nuestras necesidades, nos atendía perfectamente, buscaba los mejores planos para sacarnos bonitas fotos con la iglesia/mezquita/museo al fondo, contestaba a las preguntas de Noa sobre religión, nos invitaba a tés y a raki (licor de anís)... y todo esto sin ser pesado, ni intentar ligar, ni decirnos lo guapas que somos, ni... Un soplo de aire fresco en un país en el que, en palabras de Noa, "están las 24 horas del día intentando ligar: son como los italianos, sólo que no descansan nunca".Y cuando terminamos de cenar, el chico nos dijo:
-Vamos a salir unos amigos a tomar algo y bailar, ¿os venís?
Yo dije:
-¡Fenomenal!
Noa dijo:
-¡Ni de coña!
Nos miramos, el chico nos dejó discutiéndolo. La conversación fue como sigue:
-¿Por qué no?
-Porque no les conocemos de nada.
-Pues ya les conoceremos.
-Es correr un riesgo innecesario, Be. Si quieres ir de copas, nos vamos solas.
-Pero es que la gracia es, precisamente, ir con gente de aquí. Es la única manera de ver el verdadero Estambul.
-Ya. Y si resultan ser unos psicópatas violadores, ¿qué?
-Bueno, como a donde vamos es un bar lleno de gente, pues no creo que nos lleguemos a enterar. Pero además, mira al pobre Eduardo, ¿tú crees que tiene malas intenciones?
-Be, éste lo que quiere es ligar contigo.
-¡Que va! ¡Pero si no ha sido nada pesado! Lo que quiere es conocer gente.
-Claro. Pero conocer gente en el sentigo bíblico.
-Que no, mujer, que no todos van de ese palo. Anda, anímate. Si total sólo es bailar y charlar; a mí cuando viajo me gusta conocer gente, ver cómo viven, qué les interesa, qué les preocupa, qué le piden a la vida...
Y en ese momento apareció Eduardo con un papel doblado... que resultó ser una notita para mí.
Decía:
"Please come one floor downstairs, I have something important to tell you".
Mierrrrrda. O era de la CIA o Noa tenía razón. Mientras yo refunfuñaba, Noa se partía de la risa y doblaba la propina del chaval.
Bajamos juntas las escaleras, pero Noa siguió bajando cuando el chico se acercó a hablar conmigo. Y ahí me quedé yo, sola ante el peligro.
-¿Has leído mi nota?
-Sí. Oye, mira, que estamos supercansadas, nos vamos al hotel.
Y entonces dijo una frase que escucharíamos miles de veces a lo largo de los siete días de viaje:
-You broke my heart...
Lo que me dieron ganas de romperle fue la cabeza. ¡¡Hacerme perder una discusión de esa manera tan tonta!!
-Piensa en positivo, Be: Zapatero estaría superorgulloso de tu apasionada defensa de la Alianza de Civilizaciones.
miércoles, abril 21, 2010
Adiós, paciencia, adiós
a) A veces no me interesaba lo que me estaban contando: he tenido que aguantar charlas sobre mecánica de coches, ex-novias, necesidades fisiológicas o la profundidad de los libros de Paulho Coello.
b) me daba rabia no ser más vehemente y que la persona que tenía enfrente se pudiera llevar un chasco.
c) ¡el chico mono que sí me interesaba pensaría que me iba a liar con el que no me interesaba nada!
Generalmente la situación acababa despidiéndonos de buen rollo, o conmigo huyendo al baño, o siendo arrastrada del brazo por una amiga rescatadora. Y con la bella S. diciéndome "¡voy a tener que darte lecciones de bordería!". En fin, supongo que con la experiencia aprendes a manejar mejor esas situaciones (y el lado bueno es que, hablando así se descubre a gente muy agradable... algunos de los cuales acabaron siendo buenos amigos míos). ¿Por qué cuento esta chorrada? Pues porque llevo años pensando que tenía paciencia y aguantaba bien los rollos ajenos. Pero me he topado con algo que ha conseguido acabar con mi paciencia y mi pavez, :
Desde hace meses, cada día nos llaman una, dos o tres veces al teléfono fijo los de Jazztel para ofrecernos ofertas, a horas rarísimas, pero preferentemente, a la hora SAGRADA de la siesta.
Al principio yo era extremadamente educada, como suelo ser con los teleoperadores: ya sé que es un trabajo ingrato, mal pagado y en el que tienes que aguantar muchas tonterías. No me voy a poner yo borde para empeorarlo en principio.
Los primeros días escuché sus ofertas e intenté despacharlos con un "lo siento, estoy contenta con mi compañía y su oferta no me interesa, gracias". Pero no se daban por vencidos: no sólo siguen llamando todos los días, sino que además, por mucho que intentes ser cortés, ellos insisten "pero no es por la oferta, es por su bien...". A la decimoséptima vez, tienes que decir rápido "losientonomeinteresagraciasvoyacolgarlosientoadiós" sin darles tiempo a responder para salvaguardar tu autoimagen de persona educada.
El asunto no mejora y siguen llamando. En serio. Todos los días. Varias veces. Y la táctica de chica educada se me descoloca, según el día, lo profundamente concentrada (o dormida) que estuviera, el pie con el que me levante, el spm o el grado de desesperación y hartura en el que me encuentre. Y cambio de táctica:
Versión ahorremos sufrimientos al teleoperador: Ay, pobre, no me leas el formulario que ya sé lo que me vas a contar. Ahórratelo. Te voy a decir que no. Adiós. Lo siento.
Versión corta: Clong (ruido de colgar directamente).
Versión reivindicativa: ¡Bórreme de su ordenador! ¡no quiero información de sus ofertas! ¡no me llame más! ¡voy a llamar a la agencia de protección de datos! ¡a Telefónica! ¡A Letizia! ¡A Jazztel! ¡a la policía! ¡al congreso de los diputados! ¡al Papa y a los obispos de Roma! ¡a los marcianos!
Versión Lo que el viento se llevo: ¡Estoy harta! ¡dejen de llamarme! ¡son unos pesados! ¡a Dios pongo por testigo que, aunque me regalaran la conexión, aunque fueran la última compañía de internet sobre la faz de la Tierra, no les contrataría ni una mísera tarifa básica!
Versión suplicando por mi vida: Por favor, por favor, por favor. No me llame más. Me llama todos los días. A la hora de la siesta. Y estoy desquiciada. Por favor, por favor, por favor. Escriba en su ordenador: "señora desesperada. Riesgo de suicidio. No llamar más".
La versión de hoy ha sido "Jamie Lee Curtis, la reina del grito": ¡AAAAAAAAAAAAGHHHHHHHHHHHHH! ¡JAZZTEL NOOOOOOOOOOO! (entonación de terror, como si en vez de Jazztel, me hubiera encontrado de frente con Freddy Krueger, Jason o hacienda). Y colgar.
Aún no he insultado a ningún teleoperador, pero como sigan así me temo que mi compostura y mi solidaridad por su mierda de trabajo se me van a acabar y acabaré mentándoles a la madre, cosa que lamentaré profundamente.
Aunque estoy segura de esto es mi culpa. Estoy segura de que algún teleoperador ha escrito en la casilla de observaciones al lado de mi nombre: "individua con trastorno de identidad disociativo. Seguir llamando a ver si una de sus múltiples personalidades se aviene a coger nuestra oferta algún día de estos".
Post-post: por dios, si alguien sabe qué hay que hacer para que estos pesados no vuelvan a llamar ¡que me lo cuente!
miércoles, abril 07, 2010
María Eugenia, la pava
La última ha sido con el profesor de mates del instituto. Y viene arrastrando desde hace unos meses.
Cortinilla ondulada de traslación de tiempo...
Allá por septiembre, el profesor de mates de los alumnos de mi tutoría, me cogió por banda en un pasillo:
- Ah, pues tus alumnos, María Eugenia, blablablablabla... - ¿María Eugenia? ¡yo no me llamo María Eugenia, sino Misia! le habré entendido mal - son majos, pero blablablabla... ¿me entiendes, María Eugenia? - ahí me dio el ataque de educación malentendida y no me atreví a corregirle, me dio palo, para un profesor que se había aprendido mi nombre nada más llegar (aunque no fuera el mío, ejem).
Y claro, no me atreví a corregirle la primera vez...
Ni la segunda...
Ni la tercera...
A la cuarta ya no procedía...
Y evidentemente ahora ya, siete meses después, tras montones de conversaciones sobre los alumnos y después de haberme llamado decenas de veces María Eugenia (da la casualidad de que este profe es la típica persona que emplea mucho el nombre del interlocutor, con sus "¿entiendes, María Eugenia?", "mira lo que te cuento, María Eugenia", "es que, María Eugenia, no te creerás que...") es absurdo decirle que no, que no me llamo María Eugenia
Hoy ha pasado lo que tenía que pasar. Hoy ha venido a hablar conmigo el profesor de física:
- María Eugenia, ¿les puedes dar esto a tus alumnos?
Como no me marche pronto de este instituto, voy a tener que cambiarme el DNI.