MANAZAS

Yo, Be, me he cargado la plantilla milenaria de QaD por torpe y con un solo clic. Me autoflagelo ante mis copropietarias y me comprometo a dejarla lo más parecida posible, si no mejor. ¡Palabra!
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miércoles, octubre 09, 2013

De búhos y sillas

El único abuelo que me queda vive en una residencia. Ésta está organizada en torno a un patio, su disposición recuerda ligeramente a un claustro. Pero aquí, en vez de monjes, hay decenas de viejitos dormitando u observando. Observando mucho y muy intensamente. De hecho, la sensación al entrar en la residencia es bastante inquietante, como si un par de decenas de búhos te miraran fijamente mientras recorres los pasillos. 
La imagen es de este blog.

Este verano, en una de las visitas a mi abuelo, me pasó algo bastante absurdo. Mi abuelo, en su silla de ruedas, y yo estábamos sentados en un lado del patio, pero dentro del edificio, al fresquito del aire acondicionado. Yo me mimeticé con el resto de parroquianos y me convertí en un búho más por un rato y estuve con mi abuelo viendo pasar a los residentes, solos o con sus familiares. A algunos les vimos pasar cinco o seis veces, siempre caminando en el mismo sentido como si estuvieran completando las 24 horas de LeMans pero a la velocidad de un caracol cojo. 

Entonces una señora muy mayor salió del baño con un andador.

- Señora, ¿me puede ayudar a mover mi silla hasta allá? - me dijo, señalando a una silla de ruedas aparcada a la puerta del baño y después a un lugar al otro extremo del pasillo.

- Claro que sí, mujer - le contesté. Moví la silla de ruedas hasta el lugar que me indicó la señora y volví a sentarme, pensando que había hecho mi buena acción del día. 

- Pssss, pssss. Eh, chica - me giré hacia el lugar desde el que me chistaban - psss, oye, que creo que esa silla no es de esa señora. - me dijo otra parroquiana.

- ¿Ah, no? ¿y entonces? - Yo no entendía nada. 

- Es que siempre hace lo mismo y es posible que no sea su silla de ruedas. ¿Ve? se ha sentado en una silla de plástico.

En ese momento salió del cuarto de baño un señor viejo de aspecto bastante feroz, que me miró y con cara de extremo cabreo y voz agitada, empezó a gritarme:

- ¿Y mi silla? ¿dónde está mi silla? - no había ninguna silla alrededor. Porque antes había una silla, pero yo la había cambiado de sitio. Ejem. 

- Eh... ¿Puede ser que sea aquella? - y señalé la silla que yo había movido, hablando con la voz más inocente del universo - si es esa se la traigo ahora mismo.

- Sí, es esa. Tráela - ordenó el señor, bastante bruscamente. 

Le llevé la silla, se sentó y se quedó mirándome fijamente. 

- Como pille al que me ha movido la silla le doy dos garrotazos en la cabeza - dijo muy despacio, amenazante,  mirándome fijamente. Yo ya me veía en el suelo de la residencia con la cabeza abierta... y a ver cómo le explicaba yo a mi madre que ir a visitar a mi abuelo había acabado en puntos de sutura y pérdida de materia gris. 

- ¡BAH, BAH, este es un mala sombra! - empezó a decirme mi abuelo en voz alta, sin dignarse ni a mirar al señor - es un malaje, ni caso: ¡Mala sombra! . - Yo ya veía también a mi abuelo con dos garrotazos en la cabeza, aunque bueno, no creo que nadie se atreva a levantarle la garrota a mi abuelo, que menudo es: Antiguo guardia civil con unos ojos azules centelleantes que pueden dar bastante miedito. 

- Que digo que como pille al que me ha movido la silla le doy dos garrotazos en la cabeza - me insistió el señor, mirándome fijamente y elevando el tono de voz. Sabía que había sido yo. Lo sabía. Supongo que porque yo era el único ser con dos piernas totalmente funcionales en la zona. Así que opté por la salida tipo avestruz sorda:

- ¿Cómo? ¿qué dice, que no le entiendo? - y sonreí beatíficamente. Pero vaya si le entendía. Entendía sus palabras y veía su bastón describir círculos en el aire. Sí, muy cobardica, lo sé, pero no quería mentirle al señor directamente (¿yooo? ¿mover su silla yo? qué va, habrá sido un búho de estos) y tampoco quería recibir un bastonazo. 

- Eh... GRRRRR. - el señor, frustrado, se giró y se dirigió hacia la señora que me había pedido que moviera la silla. - ¡Has sido túuuu, seguro! ¡TÚ!

- ¡Mala sombra! - gritaba mi abuelo

- ¿Ves como no era su silla? - me decía la otra señora.

- ¡Dos bastonazos en la cabeza te voy a dar a ti! 

- Si es que no ves, que lleva andador... pide que muevan la silla de ruedas de otro no sé porqué. Para fastidiar. O porque está loca, no sé.

- ¡MALAJE!

- ¡Te voy a correr a garrotazos!

Yo estaba flipando con la que había montado por mover una silla unos cuatro metros e intentando decidir qué hacer, pero otros decidieron por mí. Justo en ese momento pasó una cuidadora que le dijo al mala sombra:

- Hala, te pongo en la fila del comedor. 

Y se lo llevó, empujando su silla de ruedas. El otro seguía gritando a la señora y agitando la garrota, pero cuando estás en silla de ruedas no siempre puedes decidir dónde te puedes quedar y adonde vas a ir y sus gritos se desvanecieron por el pasillo.   

Después de comentar un rato más la jugada con mi abuelo, me fui. Al salir, pasé al lado de la primera señora, esa que me había pedido que moviera la silla. 

- Jijijijiji - oí cuando pasé a su lado. 

Para que te fíes de los búhos. 

viernes, junio 14, 2013

Maldita


Hoy voy a contar una historia que me sucedió hace unos meses. Algunos de vosotros me la habréis oído de viva voz, así que como post nuevo será un asco, pero la situación fue tan rara que la quiero dejar registrada en algún sitio para no olvidarme de ella.

Un día cualquiera a una hora muy normal iba sentada en el metro, leyendo en mi kindle (¿os he contado ya lo encantada que estoy con mi trastito? hala, pues ya lo he dicho). El vagón no iba demasiado lleno, pero había gente de pie. En una de las estaciones subió un tío que parecía muy normal: unos treinta, camisa, chinos, pelo medio largo repeinado hacia atrás, mochila al hombro. Pero nada más entrar, una chica y él se liaron a voces: 

- Oye, ten cuidado, que me has dado un mochilazo - le dijo la chica.

- ¡Es tu culpa, estás en medio y no me dejabas pasar! si te hubieras apartado del paso no te hubiera dado - le contestó él, medio gritando. Para ser fiel a la verdad, debería escribir todas sus intervenciones en mayúsculas, pero saldríais corriendo.

- Hombre, pero tampoco es para que me empujes y me des con la mochila.

- ¡Que es tu culpa! si no fueras por ahí, así, con esa actitud de adolescente, de niñata, no te pasaría nada, pero vas comportándote como una adolescente...- la chica tenía la edad de una adolescente... en cada pata.

- Tío, que yo no he hecho nada.

- ¡Cualquiera, eres una cualquiera! Una vulgar cualquiera... - y siguió remugando un rato más

Creo que todo el vagón estaba flipando. El tío, que parecía normal, había resultado ser como un coche de carreras: de 0 a cien, de normal a energúmeno grosero, en dos segundos.

Pues el energúmeno grosero se sentó a mi lado en un asiento que había quedado libre. Y, con mi imán de locos funcionando a toda potencia, el tío pensó que era buena idea comenzar una conversación conmigo:

- ¿Has visto? - empezó a hablarme con tono normal - la tía esa, comportándose como una adolescente, siendo una cualquiera... esto no se debería permitir, porque no tiene razón, porque es una cualquiera - el tío no dejaba de mirarme y de intentar realmente hablar conmigo, a pesar de que, visto que el tío era cuanto menos raro, yo no despegaba los ojos de mi kindle - estar en medio, haciéndose la niñata, porque es una cualquiera... ¿verdad?

Ya fue malo que fuera insultando a la gente, pero que encima intentara hacerme cómplice a mí e intentar que le diera la razón... Levanté los ojos del kindle, le miré y con mi voz más suave y dulce, sólo le dije:

- Maleducado.

Sí. Soy hija de mi madre, qué pasa.

En ese momento se despertó la bestia:

- VAYA, ¿LA DEFIENDES? ¿ERES SU HERMANA? SÍIIII, TENEMOS AQUÍ A UNA HERMANA DE LA UNA CUALQUIERA. SÍ, ERES SU HERMANA... ¡HERMANA DE LA UNA CUALQUIERA! TÚ TAMBIÉN ERES... ¡UNA CUALQUIERA!

Y comenzó a gritarme las cosas más extrañas que han usado en la vida para insultarme, porque si pensáis que "hermana de la una cualquiera" es raro, se puede poner aún peor:

- ¡POSEÍDA! ¡ESTÁS POSEÍDA! ¡ERES UNA P*TA! ¡MALDIIITA! ¡ESTÁS MALDIIIITA!

Bueno, sí, vale. "P*ta" no es original. Pero sí "poseída". Y "maldiiiiita". En ese contexto, y como historiadora, le habría agradecido que al "p*ta" le hubiera agregado un "de Babilonia". Con sus gritos en plan pastor evangelista y su vocabulario del exorcista, hubiera quedado muy propio. Y, oye, una puede estar acostumbrada a que la llamen "p*ta", pero "gran p*ta de Babilonia"... hubiera sido genial. Si te van a insultar, que no se queden en los lugares comunes. 

La cuestión es que el tío seguía gritándome en el vagón de metro, insultándome sin parar. El tío hasta se puso de pie a mi lado para poder gritarme desde arriba. La gente del vagón nos miraba alucinada. Yo no decía ni una palabra, ni me movía. Y el tío seguía y seguía:

- ¡MALDIIIITA! QUÉ TE PASA? ¿NO TIENES NADA QUE DECIR?

Y, naturalmente, sólo le miré y con mi tono de voz normal, le dije:

- Maleducado.

Cosa que, evidentemente, le cabreó más. Dobló el volumen de su voz, se pasó a los "hija de puta" y blablabla. Cada vez más amenazante. Allí estaba yo, sentadita en mi asiento del metro, con el libro electrónico en mi regazo y esperando a que el tío montara una pira en el pasillo del vagón para quemarme por bruja, porque aquello estaba alcanzando dimensiones bíblicas. 

En ese momento, lo único que pude pensar es que había estado en situaciones peores con algún alumno en clase y que, bueno, ahí seguía. Y me dio un momento "encantador de perros" de pensar que lo peor que te puede pasar es que te huelan el miedo y que no hay que achantarse. Así que, con toda mi energía tranquila, como dice César Millán, sonreí. Sonreí porque la situación era absurda. Sonreí, porque me estaba llamando "maldita y poseída" y porque me parecía haber aterrizado en Salem. Y sonreí porque sabía que era lo que más le iba a joder a ese tío, que desde que había entrado por la puerta, sólo había insultado e intentado achantar a un par de mujeres. Sonreí y...

- ¿AHORA TE RÍES? TE VOY A METER UN PAR DE HOSTIAS QUE TE VOY A DESMONTAR. ¡PUTA MALDITA!

Ni me moví. De esas veces que piensas "quesealoquediosquiera", pero ni me moví. No iba a darle esa satisfacción. Bueno, calculé el poder destructivo de mi libro electrónico, pero es bastante bajo. Además, lo llevo envuelto en la funda blanca de flores rosas, quinta esencia de la cursilidad. Miedo, lo que se dice miedo, no da.

Y ni me moví yo, ni se movió nadie del vagón. Ni se movió él. Sí, continuó gritándome y amenazándome hasta que llegó a su parada, que, gracias a Dios, era la siguiente. Pero al menos no me dio ese par de hostias. El momento en el que se bajó - sí, continuaba gritándome desde el andén - y las puertas se cerraron, respiré aliviada.

En fin. ¿Sabéis lo que más me fastidió de toda la situación? Lo que más me fastidió no fueron los insultos de ese tío, que claramente debía ser un misógino resentido con las mujeres. No me fastidió - ni me sorprendió - que nadie dijera o hiciera nada. Lo que me jodió de verdad fue la conversación de la pareja que tenía al lado:

- ¡Hay que ver cómo se ha puesto ese tipo! ¡Qué barbaridad! - dijo la mujer.

- Algo habrá hecho ella - dijo él, con todo el desprecio del mundo.

Y ahora vas, y lo cascas.

miércoles, mayo 30, 2012

Cero mística

Yo no soy nada mística. Cuando hacía yoga, me encantaba hacer las asanas (las posturitas) pero todo el rollo de meditar, de visualizarte en una burbuja morada y de alcanzar el zen se me daba fatal. Yo me quedaba tranquilita, respirando suave y pensando en mis cosas, pero nada de alcanzar el nirvana pensando en... nada. Lo intentaba, pero esas cosas no son para mí, me temo. Bueno, ya conté aquí que no estoy hecha para ser yogui.

En la danza oriental hay alguna rama/ escuela/ profesora que busca el misticismo a golpe de cadera y dándole trascendencia a cualquier movimiento. No dejan de hablar de la conexión con los elementos, con la Madre Tierra, con la luna, con los chakras y blablabla. Algunas dicen una cantidad de sandeces impresionantes, unen cuatro conceptos sacados de contexto de tradiciones culturales que no tienen nada que ver entre sí, creando una pseudo-filosofía basada en nada. Como historiadora y antropóloga me saca de quicio, porque la mitad de las cosas no tienen ningún fundamento científico o comprobación histórica, no hay nada más allá de la imaginación que le puedan echar. Yo no estoy de acuerdo con este tipo de rollos y me parece que se dicen muchas idioteces por ahí, pero bueno, si ellas son felices y se hallan a sí mismas... eso sí, ni me acerco a este tipo de profesoras, porque me entra la risa y cuando mis alumnas me han pedido cosas en esa línea, he sido incapaz de mentir para ganármelas: las cosas no son así y no hay que echarle literatura al asunto.

Recuerdo alguna clase de este tipo en la que la profesora estaba bailando y te gritaba:

- ¡Siente la diosa! ¡Siente la diosa! - y tú no sentías nada. Si acaso dolor de lumbares, pero no sé yo si las diosas tienen esa forma de manifestarse.

- ¡Conecta con la tierra! ¡la energía sube por tus pies y llega a tus manos! ¡De tus dedos sale energía! ¡Canaliza tu energía! - quizás el objetivo era sentirse como ese señor al que le entró un rayo por el escroto y le salió por el pie, pero a la inversa. Pero no creo que sea agradable. Aunque si al final el señor tiene superpoderes, quizás me apunte. O no, no te vaya a tocar un superpoder mierder y te haya partido un rayo y encima estés lidiando con un poder absurdo.

O cuando a una antigua profe que tenía le dio por la biodanza: al final de la clase te pedía que te tumbaras en el suelo y nos decía "acariciaos, podéis besaros si queréis". A mí aquello me parecía hecho por un mal director de pelis eróticas de segunda. Y sinceramente, me parecía un poco incómodo tener a tres tías que apenas conocía haciéndome cosquillitas y masajitos. Todo por conectar con mi yo interior y mi universo. Si conectar con mi yo interior no espoleó mi lesbianismo, creo que nada lo hará.

En fin. Que como hay mucho pseudo-misticismo en el mundo de la danza oriental, entre todas las informaciones que me llegan de talleres de baile, a veces me cuelan algunas que no tienen nada que ver con danza. Información mística, eso sí.

Como las veces que me invitan a conciertos de cuencos cantores tibetanos (que sirve para hacer no-sé-qué con los chakras).

Cursos de "Busca a tu diosa interior, conecta con la Madre Tierra" - sí, son unos pesados con la diosa y con la Tierra.

Pero lo de hoy ha sido tremendo. Me han mandado información de un curso de un maestro en el que hay una nota enorme que dice literalmente así:

 "En todos nuestros talleres todos los ejercicios se realizan con ropa y No se lleva realiza ningún tipo de práctica Sexual"

¿Mande? ¿Eso significa que hay cursos en los que se hace? ¿significa que hay gente que va buscándolo? 

Epatada me hallo. Y yo que pensaba que después de la biodanza lésbica lo había visto todo...

sábado, mayo 26, 2012

Los límites de la buena educación

Siempre me ha sido muy difícil saber dónde están los límites de la buena educación. ¿Hasta qué punto hay que aguantar las faltas de educación de los demás o su poca receptividad a los "no" que se dicen de forma educada? Hay gente muy insistente y avasalladora que no suele entender las negativas hechas de forma educada como un "no", sino que suelen interpretarlo como un "puede..." (porque no van acompañados de un bufido) y como una invitación a seguir intentándolo. Ellos lo intentan y lo intentan, tú mantienes la educación porque es lo que tienes en el disco duro, ellos se ven alentados... y son situaciones incómodas y absurdas. Supongo que la mejor forma de cortar eso es dejar la educación a un lado, soltar una verdad con toda su crudeza y que las cosas queden claras... pero eso para mí supone un mal trago y encima los remordimientos de "jo, he sido una borde". Yo no suelo ser muy borde o al menos eso intento, por lo que cuando me topo con personajes que no saben captar las negativas si no van acompañadas de una bordería, lo paso fatal y se pone a prueba mi límite... ese límite que no sé marcar, la verdad.

Un ejemplo fue lo que me pasó hace dos días. Con tanto agobio en Madrid, la semana pasada me dio una ventolera y me cogí un billete para venir a casa de mis padres en Palma. Antesdeayer fui al aeropuerto y ya estoy aquí en Mallorca... aunque después de un viaje malísimo que me dio un individuo de esos que no saben escuchar. ¿Sabéis eso que decía Sartre de que el infierno son los otros? pues eso.

Cuando entré en al avión, enseguida le vi. Bueno, no le vi: le oí.

- ¡Joer, es que quiero ver la final de copa! pos claro... - estaba gritando un tío en una de las filas del avión.- no, no... ¡Que lo quiero ver en directo!

Yo ya iba pensando que aquel maleducado gritón era un horror, pero horror se convirtió en pánico cuando me di cuenta de que estaba en mi fila, en el asiento contiguo a mi asiento. Un tío de unos veintimuchos, vestido como la versión sport de un concursante de "mujeres hombres y viceversa": unos pantalones cortos y estrechos de cuadros azules, una chaquetilla negra de chandal de Adidas como de tactel y llena con los colorines de la bandera española, unas gafas carrera enormes que no se quitó en todo el viaje, zapatillas rojas de futbolista hortera y un reloj con una esfera tan grande como mi cabeza. Un gañan que iba de chulo playas pero que ni llegaba a cani. El tío ni se inmutó ni me miró cuando me quedé parada a su lado. Le tuve que pedir que me dejara pasar a mi asiento de ventanilla.

- Ah, claro - me miró, se despidió su interlocutor del teléfono y me dejó pasar.

Yo me puse a leer el periódico mientras el resto del pasaje se acomodaba y el avión empezaba a recorrer la pista. Pero yo no leía muy a gusto, porque mi compañero había decidido que mi periódico era muy interesante y lo leía alargando el cuello sobre mi hombro. Llamadme siesa, pero eso me molesta profundamente. Para fastidiarle y ver si se despegaba, pasé las hojas de deportes a toda leche (por los gritos de antes parecía que para él el fútbol era un tema de vida o muerte) y me detuve a leer los artículos económicos. Aún así el tío seguía mirando. Cerré el periódico y saqué mi libro. ¡Error!

- Perdona, ¿me puedes dejar el periódico para ver los deportes? - ja, si te tengo calado.

- Claro - y esbocé una pequeña sonrisa. 

¡Otro error! había sido amable con él... y lo aprovechó. Echó un vistazo a la sección de deportes aún más rápido que el mío y decidió que yo le había dado carta blanca para hablar. Le dio igual que yo estuviera leyendo (¿interrumpir a alguien que está leyendo para entablar conversación? chaval, cómo se nota que en tu vida has cogido un libro).

- ¿Eres de Mallorca?

- Em, sí.

- Yo vivo en Madrid... blablabla.

- Ah. - yo sólo le respondía con monosílabos y con respuestas vagas, porque no quería hablar con él, pero me parecía muy maleducado no responderle o ser abiertamente borde. Como la charleta no le daba mucho juego y yo le estaba respondiendo con el mismo entusiasmo que un perezoso durmiendo, decidió cambiar de táctica y tratar de impresionarme:

- Yo voy a hacer un bolo a Mallorca. ¿Conoces la discoteca (...)?. Es que he salido en la televisión, en la serie (....) y soy el mánager del cantante (...). Y antes era jugador de fútbol de los equipos (..., ...., ...).

El pobre chaval debió quedarse frustrado, porque todas las respuestas que consiguió a su parrafada fueron: no conozco esa discoteca/ no salgo por la noche/ no veo esa serie/ no me gusta el fútbol. Pero no se desalentó y a pesar de que yo cada vez que daba por acabada la conversación con mi monosílabo y hundía la cabeza en mi libro, el tío le seguía intentando. Con lo cual tuve un maravilloso viaje de una hora en la que cada dos minutos el tío seguía intentando entablar conversación tirando cañas. Os pongo un pequeño extracto de las maneras en las que intentó seguir hablando conmigo:

- Uy, el despegue, es lo que más gusta... ahora vamos rápido... y más rápido... y subimos.

- ¿Sabes qué temperatura hace en Palma?

- ¡Cómo se mueve el avión! tienes miedo, ¿eh? se te nota que tienes miedo - lo que él había interpretado como un gesto de miedo era que yo me había frotado la frente a la par que pensaba "dios, menudo viajecito me va a dar este tío". Un lector de las almas humanas, vamos.

- ¿Tenemos que subir aún más?

- ¿Aquí pasan con el carrito?

- ¿Cuánto tardamos en llegar a Mallorca?

- ¿Esto que dan es gratis?

- ¿Te gusta la comida gallega?

-Menudo trabajo el de azafata... no hacen nada. Sólo se sientan ahí durante dos horas y se van a casa. Yo me cambiaba por ellas - dijo el mismo lumbreras inconsistente que me había dicho que su trabajo era un chollo que consistía en ir a una discoteca, hacerse un par de fotos y largarse o quedarse de marcha.

- ¿En este vuelo no van a hablar en español? pf.

- ¿Tienes que recoger el equipaje o ya lo llevas contigo?

- ¿Dónde vives en Palma? / ¿Dónde vives en Madrid?

-¿Queda mucho?

- Uy, la azafata es rubia. Qué tonta, es que todas las rubias son tontas. - me decía mientras miraba mi melena oscura.

- Uy el aterrizaje, es lo que más me gusta. Boing, boing, boing. - iba adelantando.

En ese momento ya no pude más. Hasta entonces había intentado llegar a una solución de compromiso conmigo misma: no ser una maleducada y contestar las preguntas, pero no alentarle, dando respuestas cortas y vagas, no continuar la conversación en ningún momento e intentar hacerle entender que quería leer bajando la cabeza y subiendo el libro. Pero después de una hora y pico encerrada en ese avión al lado de ese tío, estaba muy harta y decidí soltar mi último monosílabo, mandar mi educación a paseo, ignorarle, pegar la frente a la ventanilla y disfrutar la vista de la Serra de Tramuntana mientras él veía como único paisaje mi melenón oscuro, que parece que le había molado.

El boing-boing-boing me salvó. Esto NO es una exageración: dos segundos después de las ruedas del avión tocaran la pista de aterrizaje, mi pesado encendió sus dos móviles y se puso a hablar. La última imagen que vi de él fue su hucha peluda que pasó a pocos centímetros de mi cara cuando nada más pararse el avión salió escopetado.

Cuando mi madre me recogió se le ocurrió preguntarme:

- Hola, hija, ¿Qué tal el vuelo?

- ¡Mal! ¡Fatal! ¡Muy mal por tu culpa! ¡me has educado demasiado!

viernes, junio 24, 2011

Metepatismo insistente

Ayer descubrí que hay gente más metepatas que yo, no sólo por volumen de la metedura de pata sino también por insistencia.

Hace cosa de un mes, estaba en un sarao y me presentaron a una señora. Justo después de presentarnos nos dejaron a solas. A mí esas situaciones me dan pánico, hablar con gente desconocida, a solas o en grupos grandes se me da fatal. Estaba buscando rápidamente un tema de conversación, pero la señora fue rauda y veloz y se me adelantó:

- ¡Oh! ¡ESTÁS EMBARAZADA! ¡qué bien! - me dijo, mientras me plantaba la mano en la tripa.

- Em... no, la verdad es que no.

La señora se quedó seca. Retiro su mano de mi tripa y dijo "oh, vaya". Tardó dos nanosegundos en salir corriendo y en dejarme al lado de los canapés sola. Ý yo que estaba haciendo esfuerzos por ser una persona sociable y sin problemas de panidez... Miré hacia abajo y sí, como le comentaba por Twitter a Molinos a raíz de este post, llevaba un vestido corte imperio (bueno, en realidad ni llegaba a eso, sólo tiene la cintura un poco más alta de lo normal) y sí, he engordado un par de kilos, pero... jolín, que no, que no parece que esté embarazada. Me lo tomé a risa y punto, aunque me dio la impresión de que la señora hubiera querido levantar las baldosas y esconderse debajo.

Ayer estaba en una terraza con mi marido, haciendo tiempo para entrar al cine. En ese momento pasó esa misma señora delante de nosotros. Saludó a mi marido y después me saludó a mí. Repito, la MISMA señora.

-¡Hola! - me planta dos besos -TÚ ESTÁS EMBARAZADA, ¿verdad?

Estuvo a punto de entrarme un ataque de risa - no, no. No estoy embarazada. - parece que voy a tener que hacer un comunicado de desmentido y pasárselo al Hola.

- Oh, y yo ya te lo he dicho ya dos veces, ¿no?... vaya... bueno.. yoo... - y se sucedió una conversación absurda de "da igual, no te preocupes", "no sé porqué estoy tan empeñada" y un largo bucle de disculpas mutuas interminable.

Esta vez yo llevaba un vestido de delgada (pero que quizás, me hace más pecho) y al menos la señora no me plantó la mano en la tripa, pero yo estaba alucinada. Mi marido trataba de consolarme después, haciendo hincapié en que la señora es una de estas místicas iluminadas:

- Tranquila, no hagas ni caso. Ya ves como es ella en general... que a mí me ha dicho que me duelen las lumbares porque estoy sacando mis miedos profundos.

Acabáramos. Si va a resultar que tengo un embarazo astral proyectado en mi aura y que todos los místicos del mundo me lo van a detectar. No sé si es peor eso o encajar que he engordado más de lo que pensaba.

lunes, mayo 23, 2011

Con tiroides y a lo loco

Como conté en el post anterior, he estado últimamente un poco pocha. Después de estar durante meses muy cansada y no tirar de mi cuerpo decidí ir mi médico, que me mandó unos análisis. A la siguiente visita, ya con resultados, me miró, miró mis análisis, chasqueó la lengua y me dijo que tenía el tiroides descontrolaíto del todo. Empezó a preguntarme si tenía otros síntomas, aparte del cansancio y yo dije que no.

Ja.

Ella me empezó a preguntar:

- ¿Nervios alterados e hiperactivación?

- Sí , pero pensaba que era el estrés del trabajo.

- ¿Irritabilidad y cambio de carácter?

- Sí, pero pensé que era por los alumnos.

- ¿Insomnio?

- Sí, pero pensé que era el estrés.

- ¿Estás adelgazando?

- No, la verdad es que estoy estable... y ahora que lo pienso, es muy raro: últimamente me he dado a la mala vida de la comida basura. Y además como en cantidades industriales. La verdad es que es raro que no me haya puesto como una foca, ahora que lo pienso.

- ¿Palpitaciones?

- No. Bueno, no sé, ¿eso qué es exactamente?

- Sentir latir el corazón fuerte.

- Ah, pues entonces sí. ¿Eso no es normal?

- NO. NO ES NORMAL. ¿Temblor de manos?

- Sí, pero yo es que tengo mal pulso... siempre supe que cirujana, como mi padre y mi hermano, no iba a ser... - me hizo extender las manos y me puso una hoja de papel encima: la hoja se meneaba como las caderas de Shakira.

- Te voy a medir el pulso... ¡vaya! ¡100 pulsaciones por minuto en reposo! Sólo una pregunta... ¿desde cuándo llevas así?

Ni me acuerdo. Quizás desde hace un año, con las oposiciones. Pensé que era normal estar estresada y cansada: ¡estaba de oposiciones! aunque es verdad que de otoño hasta ahora he ido empeorando.

Total, que salí de la médico con una cita para la especialista, una receta de tranquilizantes (de la que pasé ampliamente) y la prohibición de hacer cualquier deporte ("¡mira tus pulsaciones! ¡ni se te ocurra moverte mucho ni hacer nada de deporte! tal y como llevas el corazón, te puede dar un colapso") y un acojonamiento en el cuerpo importante.

Así que he estado los últimos meses de médicos, pruebas y tratamiento y ya estoy mucho mejor. Por una parte muy cabreada conmigo misma: ¿cómo mi cuerpo me pudo dar tantas señales y yo ni darme cuenta de que algo iba mal hasta mucho después?¿cómo podía estar tan alterada e histérica y parecerme normal? parece que con nuestro estilo de vida, todo se lo podemos achacar al estrés y eso lo disculpa todo, como si fuera normal. Y que nos zurzan si vamos renqueando por la vida. Por otra parte estoy sorprendida: he estado con unos picos hormonales impresionantes y, aunque he perdido a veces la paciencia antes de lo que yo lo suelo hacer, ¡he tenido el suficiente autocontrol como para no comerme a ningún niño! ¡y mi marido no se ha divorciado de mí! (el pobre es un bendito, ha aguantado a una señora esposa espídica total pero hecha un muermazo por el dichoso cansancio).

Ahora que el tratamiento está funcionando, he descubierto de nuevo la paz interior y una Misia zen da las clases. Los alumnos flipan: "profe, estás muy rara. No gritas ni aunque nos portemos mal. ¿Te pasa algo?". Yo me río y continúo dando mi clase. Sospecho que mis alumnos creen que me doy a las drogas antes de entrar en el aula. Y estoy contenta, por fin me encuentro bien, como siempre, ya no estoy tan cansada y además he podido volver a hacer deporte (el primer día que volví a la piscina y le conté esto al monitor se asustó un poco. Y para asustarle más le solté un "bueno, y si me da un patatús en la piscina no pasa nada: te tiras y me sacas. Me da igual que hayas acabado de comer ¿eh?". Justa venganza por lo del huevo).

Lo que tengo claro es que después esta enfermedad y su tratamiento me voy a convertir en una superheroína, porque, de una manera u otra, voy a sacar un superpoder:

- Por el tratamiento estoy engordando a marchas forzadas. No me está sirviendo ni la dieta ni la vuelta al ejercicio. A este paso, me convertiré en la mujer hipopótamo y podré detener a los malos aplastándoles bajo mi peso.

- Si esto me rebrota, me tendrán que meter en el cuerpo yodo radiactivo para dejarme totalmente KO el tiroides. A mí me parece que es como matar moscas a cañonazos, pero qué c*ño... ¡yodo radioactivo! ¡la materia de la que están hechos los superhéroes! a lo mejor la radioactividad se combina con el cetro de la cursilidad y mi superpoder será hacer que los malos lloren cuando vean anuncios de niños bailando y perritos envueltos en papel higiénico.

En fin. Sea como sea, Speedygirl, ya me puedes ir haciendo un hueco en tu troupe de superhéroes. Vamos a armar una que los X-men se van a quedar a la altura del betún.

lunes, diciembre 20, 2010

Reiki: ¿arma letal?

Soy una persona que no cree en la efectividad de ciertas cosas. Por ejemplo, el reiki. Tengo unas cuantas amigas que lo practican y que me han explicado de qué va el tema, pero la verdad es que, aunque me digan que eso funciona, nunca me he creído ni una sola palabra. Las respeto mucho y sé que a ellas les va bien, así que me parece genial que lo practiquen, pero la verdad es que yo no... en fin.

Hace más de un año estaba cenando con Be, I-Boy, Street Girl y Miss X, que estaba sentada a mi lado. Ella practica reiki y en ese momento estaba haciendo un curso de nivel nosecuantos de reiki (me han contado que tienen niveles, dependiendo de cómo manejes la energía: por contacto, a distancia, con símbolos... o eso es lo que yo he entendido. Perdón por las inexactitudes que pueda soltar una profana en el tema). Total, que Miss X estaba haciendo el nivel de los símbolos. De repente, noté que Miss X se había quedado callada, que había cerrado los ojos y que me estaba haciendo unos dibujitos en la pierna con el dedo:

- ¿Qué haces, nena? - yo estaba flipada, observando a mi amiga en medio trance.

- Nada, te estoy haciendo reiki – me dijo Miss X con su dulce voz.

- Juas, ¡jajajaja! ¿QUÉ?

- Sí, reiki, te estoy alineando los chakras.

- Ah. - y ahí se quedó la cosa.


Cenamos tranquilamente, me fui a casa a dormir tan perfecta... y al día siguiente me levanté malísima. No pude evitar acordarme de Miss X y su reiki y la llamé por teléfono:

- ¿Digame?

- TÍIIIAAA, ¿QUÉ ME HAS HECHO? ¡estoy fatal, metida en cama, con diarrea, vómitos, un pelín de fiebre! ¿qué me has hechooooo? ¿reiki o brujería?


- Ah, bueno – me dijo con una voz tranquilísima – es normal. Las primeras vez que te hacen reiki, si tienes los chakras desalineados y algún bloqueo, pues es normal que al irse... ya sabes, haya una "limpia". Son normales los vómitos y la diarrea. Pero tranquila, ya no tienes bloqueo, enseguida se te pasará. Pero bueno, a lo mejor no ha sido el reiki, sino algo que te ha sentado mal, o un virus.

Ahí me pasé un día entero enferma y “desbloqueándome”. Seguramente fue un virus, pero, comprenderéis mi reacción cuando, a falta de una semana para los exámenes de la oposición estaba cenando con Be y con Miss X y Be se ofreció:

- Estás muy nerviosa y muy tensa. ¿Quieres que te haga reiki? Va muy bien y relaja que...

- ¡NOOOOOOOO! ¡NI SE TE OCURRA!

Porque sí, estoy convencida de que fue un virus.


Pero por si acaso.

martes, octubre 05, 2010

Tarde de compras

En diez minutos, hubo tocamientos indeseados, exhibicionismo, accidente casi mortal y sangre: ¿estoy contando un telefilme cutre de antena 3 del mediodía? No. Sólo a mí comprando unas bragas. Me explico.

El otro día fui al Tajo Anglosajón a comprar un conjunto de ropa interior. Perdida entre decenas de estantes llenos de bragas y sujetadores, busqué la ayuda de una de esas dependientas de la vieja escuela. Le expliqué lo que quería y, antes de empezar a buscarlo, me hizo LA pregunta:

- ¿Qué talla de sujetador tienes? - Oh. Me parecía una pregunta sencilla, pero no resultó serlo tanto.

- Una 95B.

- ¿95B? no, tú no tienes una 95B. Espera -sacó una cinta métrica, me midió el contorno de la caja torácica justo por debajo del pecho - tienes una 90... vamos a ver la copa - y me plantó las manos en las lolas. Así, sin decirme ni siquiera su nombre. En realidad al principio en los lados, pero después fue desplazando las manos por todo el contorno, hasta juntar las manos en el centro - C. Tienes una copa C. Vamos a buscar lo que me has pedido.

Yo la seguí a duras penas, aún estaba recogiendo mi mandíbula inferior del suelo, que se me había desencajado después del sobeteo que la tía me había dado (mujeres necesitadas de amor, id al Tajo Anglosajón, sección lencería). La tía se había colado directamente en los primeros puestos del ranking de "profesiones con un nivel de pudor distinto al mío" (ranking encabezado por las esteticienes depilatrix indudablemente).

Con unos diez sujetadores la dependienta sobalolas me dejó en el probador (y sí, comprobé en mis propias carnes que he estado usando una talla equivocada durante años. Al menos el sobeteo sirvió para algo). Estaba tranquilamente allí intentando decidir qué conjunto escogía cuando sin previo aviso... RAAASSS. La cortina se corrió y detrás apareció sonriente la dependienta sobalolas. Al menos tuve suerte y la tía me pilló probándome un sujetador, no en tránsito de uno a otro.

- Uuuy, qué bien te queda este. Llévatelo - mientras la dependienta sobalolas y abrecortinas admiraba mi pecho enfundado en un precioso sostén, la cortina continuaba bien abierta y un par de señoras pasaron detrás de ella, se pararon y se me quedaron mirando. Por un momento pensé que iban a sacar cartelitos con puntuación.

Cuando conseguí cerrar la cortina y elegir (de hecho elegí el que me había visto puesto media sección), fui a pagar a una caja. Caminaba por un pasillo, detrás de la dependienta y resbalé. Mucho. Los pies se me fueron hacia delante, me despegué del suelo, me mantuve levitando durante unos interminables segundos... y la gravedad, la muy hijaputa, actuó: aterricé en el suelo, sobre mi cadera izquierda y mi cabeza terminó entre un montón de bragas que estaban colgadas de sus perchitas. Al menos tuve suerte y acabé entre las bragas y no con las perchas de metal insertadas en mi cerebro (llamadme exagerada, pero cosas más gore se han visto en CSI). Ahí, entre encajes y blondas, vi como las mismas señoras que me habían estado observando en el probador y sus maridos-perchero (especímenes reconocibles por su bolso y abrigo femeninos colgados del brazo y la cara de hastío vital) ahora me miraban yacer entre bragas.

- ¡Te has caído! - la dependienta sobalolas y abrecortinas resultó ser, además, muy perspicaz. - ¿Te has hecho daño?

- Jijiji, no, sorprendentemente no... - milagrosamente (o gracias a la grasita de la cadera, que es un amortiguador estupendo) no me hice nada de daño.

Salí trabajosamente de la selva de bragas que me envolvía, me levanté y nos fuimos a la caja.

- Te voy a precintar las bragas para que puedas cambiarlas si llegas a casa, las comparas con el resto de tu ropa interior y ves que son pequeñas - y con una pistola a presion atravesó la parte de delante y de detrás de las braguitas con una de esas cintas de plástico que suelen sujetar las etiquetas de la ropa. Todo habría ido mejor si no hubiera atravesado, además, su dedo - AAAAUUUUUGGGHHHHH - aquello empezó a sangrar. Abundantemente. Pero la dependienta sobalolas, abrecortinas y perspicaz demostró ser la clase de profesional que antepone sus clientes a la posibilidad de morir desangrada sobre una caja registradora - PAACAAAAA, oye, ven aquí, cógeme las bragas de esta chica y el sujetador y mételos en una bolsa, que los voy a poner perdidos de sangre.

Sonreí débilmente, cogí mi bolsa y salí de allí corriendo: ¿Por qué la simple compra de algo de ropa interior se tiene que transformar en mi vida en algo accidentado y raro?

viernes, octubre 02, 2009

Fin de septiembre

Por fin acabó septiembre. Ha sido un mes desagradable y, aunque suene absurdo, cada vez que algo malo pasaba yo me repetía "ya queda menos de este septiembre, enseguida se acaba". Como si al pasar la hoja del calendario a octubre se fueran a quedar atrás los malos rollos.

Pero bueno, las cosas se han ido diluyendo con los días y poco a poco han ido mejorando: ya estoy instalada en mi nuevo instituto, al que llego andando en veinte minutos desde casa, estoy contenta con mis grupos, he aprobado las asignaturas a las que me presenté en los exámenes de la universidad y voy reelaborando mis rutinas.

Para cerrar el mes, nos fuimos de boda, pero antes montamos un salón de belleza en mi cuarto de estar. Mientras Gato peinaba a la Perli, yo me pintaba las uñas de los pies y nuestros tres respectivos nos observaban sentados en el sofá. Después nos pusimos de punta en blanco y nos embarcamos en bichito. Yo llevaba un vestido de seda hasta los pies, azul y de muchos otros colorines, que me había arreglado la costurera de al lado de casa.

(Inciso, cuando fui a buscar el vestido estaba en el taller su hijo, que tiene unos cuatro años. Le sonreí, le solté "qué guapo eres" y la madre me dijo "¡ay, no, está muy feo! le estaba cortando el pelo con la maquinilla y me pasé en un lado y zas: ¡mira!". Y sí, el niño tenía un tremendo trasquilón del lateral de la cabeza hasta la coronilla. Mucha confianza en ese momento pues no me dio, la verdad, pero como siempre me ha hecho las cosas bien me fie y no me probé el vestido hasta el momento de irnos y resultó que mi vestido ¡tenía colita! o, como insistían mis acompañantes que dijera, "protuberancia o extensión trasera de la indumentaria". No quedaba feo, pero incómodo era un rato, porque todo el mundo me pisaba la colita, incluída yo misma).

En fin, la boda moló. Yo me pasé la noche a Coca-Colas y cafés, porque conducía de vuelta a casa y como no estoy acostumbrada, llevaba una especie de subidón cafeínico importante. Cuando nos retiramos, muy avanzada la noche, yo iba dando saltos como una rana verde (aunque fuera vestida de azul y múltiples colorinchis). Camino a Bichito tuvimos que atravesar un prau mojado y eso fue el detonante. Se me empaparon los pies y el bajo del vestido (por no hablar de la colita). Empecé a soltar grititos y en ese momento salieron los caballeros que llevan dentro nuestros acompañantes:

- Te llevamos a la sillita de la reina.- dijo el Zagloso que es un caballero normalmente, pero con tirantes más.

- Nonononono.

- Anda, Anómalo, vamos a cogerla.

- Que nooooo, que peso muchooooo, más los * kilos que he engordado en veranoooooo.

Y me cogieron entre los dos a la sillita de la reina. Entonces fue cuando me entró un ataque de risa, a carcajada limpia.

- Bueno, pues como que la soltamos ya, ¿no?

Y aún quedaba un trozo de prau.

- Jooooo, amor.

- ¡Cariño, yo puedo cargar con una chica pero no con un saco de la risa!

- Jajajaja.

- Oye, ¿tú estás segura que sólo has bebido coca-cola? ¡que esto no es normaaal! - vamos, que casi no dejan conducir bajo sospecha de haberme bebido a escondidas todos los restos de vino del restaurante.

Y así he cerrado el mes, a carcajada limpia. Al menos ha sido una buena manera de acabarlo.

(Y hoy el mes ha empezado de una manera inmejorable: una nueva quelitas baby -preciosa- campa por Mallorca).

jueves, abril 16, 2009

No atino

Últimamente los controles de seguridad del aeropuerto me tienen mosqueada. En el último año no he conseguido pasar el arco de seguridad sin que pite o sin que antes o después me intercepte un guardia de seguridad, me señale un tremendo fallo para la seguridad internacional ("¡llevas la gabardina puesta!") y me haga quitar medio vestuario y retroceder al punto de partida, como en el parchís. Lo peor es que cada vez van añadiendo normas y normas a los controles y cuando llegas no sabes qué nueva pijotada te vas a encontrar.

Me dirigí al control de seguridad del aeropuerto decidida. Esta vez sería la definitiva y pasaría el control sin que pitara y sin que me pararan. Ya no por la molestia, sino por amor propio. Cojo una bandeja de esas para acumular tus cosas y empiezo a recontar lo que debo dejar en ella:
- No puedes pasar el arco con bolsas: naturalmente. Ok, dejo el bolso.
- No puedes pasar el arco con cosas metálicas: examino mis brazos. Dejo una pulsera de metal y un anillo dudoso. No llevo reloj nunca, así que un problema menos. No llevo cinturón tampoco, ni cadenitas. Examino mis bolsillos. Un kleenex arrugado y nada más.
- No puedes pasar el arco con el abrigo puesto: me quito la gabardina y la dejo en la bandeja.
- No puedes pasar el arco con las botas puestas: miro mis zapatos. Triunfante, miro mis bailarinas moradas. Se supone que no me las tengo que quitar y no tendré que andar descalza (otra vez) por el aeropuerto. Yupi.
Respiro y camino hacia el arco. Dejo la maleta y la bandeja llena de cosas en la cinta del escáner. Paso por el arco... ¡y no pita!

¡Lo he conseguido! ¡He pasado sin problemas!

- Eh, tú. - tono chulesco. Un guardia de seguridad. A mí. A mí. Me desinflé como un globo pinchado. Había cantado victoria demasiado pronto - llevas una bufanda puesta. Te la tienes que quitar. O examínasela.

Yo estaba indignada, porque:

En primer lugar ¿en una bufanda se pueden esconder objetos terroristas?

En segundo lugar ¿"eh, tú"? ¿y chulo? nunca he entendido porqué algunos guardias de seguridad, por la simple razón de que hayan hecho un cutre cursillo y les hayan dado un cutre uniforme, se creen con derecho a sacar de paseo la chulería y la mala educación (chulería y mala educación que ya llevaban encima antes que el uniforme, claro... pero que se ven amplificados por efecto de tener el control de la situación).

Y en tercer lugar, ¡POR FAVOR, ESO NO ERA UNA BUFANDA, ERA UN FOULAR!

Desalentada, hice el gesto de quitármelo. Pero antes de que llevara mis manos al cuello para desenrollarlo, se había plantado delante de mí una guardia de seguridad regordeta y pequeñuja, a la que sacaba una cabeza y pico.

- No hace falta que te lo quites.

Sin darme opción, me echó los brazos al cuello, me dio un tirón que me dejó medio encorvada y empezó a palpar, por la parte de mi nuca, el dichoso foular.

- Espera, que me lo quito.

- No. - mientras seguía palpando el foular. En ese momento, sus manos se engancharon con mi pelo y me dio un tirón de la melena.

- Ay, ay, ay - si pensáis que paró, equivocados andáis. Dio otro tirón para soltarse del enredo, me acabó de palpar el foular y se fue.

Me quedé parada un segundo y mi mente se fue lejos.

Sicilia, 1938

No, tanto no.

Praga, 1999 (o algo así, no recuerdo en qué año fue). Una joven Misia... No., em... Una aún más joven que ahora Misia llegó al aeropuerto de Praga. Justo antes de salir a la calle, unos policías la seleccionan de entre todo el pasaje (a ella y a una pareja gay) para registrar su equipaje. Una especie de Danko Calor Rojo con gesto imperturbable e incapacidad de hablar otra cosa que no fuera checo se pone unos guantes de cuero negro.

La aún más joven que ahora Misia se acojona (aún más, en realidad).

Danko Calor Rojo abre la maleta, despliega toda la ropa de Misia y comienza a examinarla. Abre todos los botecitos del neceser. Incluso los recipientes de las lentillas. Pero lo mejor llega con el fondo de la maleta: la ropa interior. Danko coge con sus guantes de cuero negro cada una de las braguitas dobladas de Misia, las despliega... y las palpa. Una a una, minuciosamente, pa-pa-pa, golpecitos para asegurarse de que ahí sólo había braguita. Después se fue. Sin decirle adiós,ni nada. Hombre, que cuando te han tocado así la ropa interior, por lo menos esperas un "bye" (aunque, la verdad, fue de agradecer que no le diera por palpar la que llevaba puesta).

(Fin del viaje en el tiempo mental)

En fin, que lo que yo pensé en ese aeropuerto español el otro día es que yo, que después de que un policía checo me palpara las bragas con aire profesional pensé que lo había visto todo, me he dado cuenta de cuán grande es el mundo y cuántas son las opciones para fastidiarte en los controles de seguridad.

viernes, marzo 20, 2009

Edadepiedrix

Está haciendo un tiempo estupendo en Madrid. La primavera ha llegado, y con fuerza. La gente, como siempre en Madrid, se ha lanzado a la calle a disfrutar de las terrazas, los parques y los paseos (hoy he pasado por Plaza España y en cada metro cuadrado de césped había tres personas, en serioooo). El domingo estuve con unas amigas, después de comer y dar una vuelta estuvimos sentadas en unos escalones. Llegó la hora de irme, así que me levanté, me despedí y bajé a la acera. En ese momento se me cayó la chaqueta que llevaba colgada del bolso, me agaché a cogerla y...

ZACAAAAAAA - así sonó el golpe que me habían dado en el trasero, bien fuerte.

Me incorporé y me giré rapidísimamente para ver qué leches había pasado. Me quedé patidifusa al averiguar qué me había golpeado:

¡¡Un viejo me había dado un garrotazo en el culo!!

El señor era híper mayor, clavadito a Edadepiedrix. Y con su mala leche, por supuesto, como pude comprobar perfectamente. Se me abrieron los ojos como platos y mi reacción, que generalmente hubiera sido pegarle un grito o un bofetón al imbécil que me hubiera tocado el culo, fue diferente por el alucine:

- Señoooooooooor, ¿por qué me pega usted con el bastón en el culo? - pregunta obvia, desde luego. Le pregunté educadamente, demasiado educadamente si consideramos que el tío me había dado un garrotazo. Incluso me salió sin querer un tono levemente lastimero.

- ¡Estás en medio de la calle! - me dijo con una mala leche increíble mientras blandía el bastón.

- Bueno, señor, pero eso no es razón para que me pegue con la garrota. Usted diga que me aparte y yo me aparto, que sólo estaba recogiendo mi chaqueta. Pase usted.

- Blablablablabla jóvenes blablablablabla maleducación blablabla - me empezó a gritar sin moverse del sitio.

- Pase usted, señor.

- Blablablablabla no hay respeto blablablablabla idiotas. - y blandía la garrota (y yo ya me había enterado de que la sabía utilizar).

- Pase usted, señor.

Se estableció un diálogo muy estúpido: él gritaba y yo sólo le decía "pase usted, señor". Me dio la sensación de que el señor sólo quería bronca y pasé, pero vamos, que le tuve que decir lo mismo unas quince veces para que el viejo entendiera que de mí no iba a lograr una buena discusión ni desahogo y por fin se marchó.

La escena fue igual a esta (aunque la mme y yo nos parecemos como un huevo a una castaña, jiji)

En resumen, en un minuto se me enguarró la chaqueta, me llevé un garrotazo, me gritaron y me llamaron maleducada, idiota y otras lindezas. Parte negativa. Parte positiva, nos ha procurado unas buenas risas... ¡y seguro que ese señor se fue muchísimo más frustrado que yo !

jueves, marzo 05, 2009

Nada mística

Como parece ser que no estoy lo suficientemente ocupada día a día (ejem), me he apuntado a clases de yoga. Dicen que es bueno para la flexibilidad, para la postura y la relajación, así que he decidido probar. Como no estoy muy sobrada de dinero, me he apuntado en el centro cultural cercano a mi casa y llevo un par de semanas de práctica.

El problema que le veo al asunto es que yo no soy nada mística. Yo esto de las energías y los chakras no lo acabo de ver claro y como va en el lote del yoga físico pues... ahí voy, intentando desentrañar si lo que la profe nos suelta tiene algún sentido para mí y, sobre todo, intentando no reírme cuando nos dice que nos encerremos en nuestra burbuja de energía o que adquiramos la energía por los pies (seré muy rara, pero es que yo la energía la adquiero por la boca, cuando me tomo mi cola-cao).

Entre otras cosas me he enterado de que debo tener mi primer y segundo chakras hechos unos jabatos, porque se movilizan con los movimientos y torsiones de cadera y cintura y yo de eso hago mucho en baile. Además, somos una clase súper educada: todos los días saludamos al sol, un par de veces, de hecho. Cuando no esté en la clase espero que mis compañeras le den recuerdos de mi parte.

Pero bueno, todo me lo esperaba... hasta la segunda clase. El gimnasio es muy estrecho, así que nos ponemos en dos largas filas, mirándonos unas a otras. Entonces la profesora empezó a explicar el siguiente ejercicio:

- Ahora vamos a apretar los esfínteres. Apretamos la zona del ano, como quisierais retener la caca. Después apretáis la zona de la vagina y la uretra como si quisierais cortar el pis. Y en tercer lugar, cerráis el ombligo.- vamos, los ejercicios de kegel de toda la vida (por cierto, creo recordar que alguien nos debía un post sobre eso). Pero en místico - ¡cerrad el tapón, cerrad los esfínteres! la energía se contiene y no se escapa, no se disipa. Esto se llama mulabanda y lo vamos a aplicar a las asanas - que son las posturitas del yoga.- Por cierto, contraed y soltad, que si mantenéis y mantenéis os causará agujetas en esa zona y son horribles.

Yo estaba estupefacta.

1) ¿Se puede cerrar el ombligo?

2) Pensé que lo que escapaba por esa zona no era la energía.

3) Si sabes que las agujetas en esa zona son horribles, por algo será.

Pero lo peor, lo peor, fue la situación. Es decir, tú vas tranquilamente en el bus haciendo tus ejercicios de kegel y da igual: tú a tu bolilla y nadie lo sabe. Pero aquí tienes una fila de siete señoras enfrente, que saben que estas haciendo mulabanda. Y casi peor, tú sabes que ellas están contrayendo sus esfínteres. En fin, que a mí me dio una gran vergüenza. Lo siguiente fue hacer el saludo al sol con mulabanda ("uno manos, inspiro, ¡mulabanda! subo brazos, expiro, bajo manos a los pies ¡mulabanda!, etc.) y lo del movimiento añadió espectáculo al asunto.

Lo bueno es que a la profe se le ha olvidado lo del mulabanda en las siguientes clases y no lo ha vuelto a mencionar. De momento.
Bueno, como hay que mantener una actitud receptiva ante las cosas, estoy intentando superar mis prejuicios y voy a intentar recibir las enseñanzas del yoga con la mente abierta. Y los esfínteres cerrados, parece ser. Por eso he buscado los pasos de preparación para el principiante de yoga:

Ahimsa - No violencia, abstenerse de matar y dañar, también a uno mismo.
Bueno, esto lo llevo bien

Satya - No mentir, seguir la verdad, ser veraz, auténtico, no engañarse a uno mismo.
Esto no tan bien... siempre me digo que por una madalena más mojada en el colacao no va a pasar nada... y ahora estoy a dieta.

Asteya - No robar, no apropiarse de lo que no nos pertenece.
Ok, no problem

Aparigraha - No codiciar, no tomar más de lo necesario, abstenerse del deseo de poser o acumular bienes, desprenderse de las cosas con alegria.
Hombre, pues no. Que mi Bichito es mío y solamente mío. Si acaso de mi hermano.

Brahmacharyia - Celibato, abstenerse del placer sensual, de la concupiscencia, y de usar la sexualidad inadecuadamente para generar bajas pasiones.
¿ QUÉEE? JA.

Creo que, definitivamente, yo no estoy hecha para ser una buena yogui.

martes, marzo 03, 2009

Constipado

Estoy muy constipada. Constipadísima. Dar así clase es un infierno, porque se junta:

a) Tu voz de moco. La otra variante es la voz de Leonard Cohen (en una cosa de 1,64 m. y cincuenta y tantos kilos NO es sexy).

b) Los pañuelos de papel hechos un gurruño y ligeramente húmedos. Son tantos que vas dejando un rastro. Si Pulgarcito hubiese estado constipado como yo, otro gallo le habría cantado al rastro de piedrecitas.

c) El embotamiento mental. No entendía la mitad de cosas que mis compañeros o alumnos me decían. La otra mitad directamente no la oía, que esto del resfriado me deja medio sorda.

d) Pérdida de vocabulario: "este cuadro tiene unos, unos... ¿cómo se llamaba esto? esas cosas diferentes y brillantes, que son muchos... Colores. Eso, colores. Este cuadro tiene unos colores...".

En las clases del viernes puse a mis alumnos a leer en voz alta el libro, simplemente haciendo incisos para explicar palabras complicadísimas como abdicar o incautar (si pensáis que cualquier adolescente sabe esas palabras es que no conocéis a mis alumnos). A los que les tuve que explicar Arte... lo intenté, pero tras quedar patente que los mocos se me pegan a las neuronas del lenguaje impidiendo salir las palabras... bueno, pues estudiaron mucho latín, que tenían examen después.

El sábado, como no, ensayé para el espectáculo de danza oriental. Normalmente tengo poca capacidad pulmonar, pero con el catarro parecía a una marsopa en movimiento.

Con todo este panorama, fui a la farmacia. Y no, no pude pedir un antigripal, ni un Efferalgan/aspirinas/couldina o simplemente "algún medicamento contra el resfriado". No, entré decidida, me di cuenta de que iba en mi parra e improvisé:

- Hola, buenas tardes, quería un.. un... un... ANTI-MOCOS.

La farmacéutica no lo pudo evitar. Abrió mucho los ojos, intentó contenerse, pero no pudo. Y soltó una carcajada que se debió oír hasta en Murcia (los de Murcia, ¿la oísteis?).

Así que, amiguitos, aquí estoy a las seis de la mañana, desvelada desde hace un par de horas por el catarrazo y pensando que este anti-mocos que me vendió la señora no me ha hecho mucho. Mocosa, desvelada y un poquitito humillada. Hay que fastidiarse.

jueves, octubre 23, 2008

Demostración de torpeza inusitada

Ayer por la tarde andaba por el centro de Madrid para volver a casa. Iba cargada con uno de mis maxi-bolsos, esta vez lleno de libros. Había decidido caminar un poco más para evitar un transbordo de metro, total, por diez minutos más... Iba arrebujada en mi gabardina y caminaba deprisa por una calle cuesta abajo. De repente, perdí el pie... y al suelo. Con una de esas caídas espectaculares en las que los dos pies se despegan de la Tierra y caes con el trasero en el duro pavimento.. y delante de una excursión de adolescentes, unos treinta. Como Terminator, que le hicieran lo que le hicieran seguía andando, me levanté de un salto y sin cambiar la cara (dignidad, dignidad) seguí bajando la cuesta.

Cien metros más abajo, mis pequeños tacones se escurrieron sobre la piedra mojada... y otra vez al suelo ¡No me podía creer que me hubiera vuelto a caer! ¡Dos veces en cien metros! Esta vez no había adolescentes, pero sí un chico amable que me ayudó a levantarme: "hay que ver, hoy es el día de las caídas, esta mañana se ha caído una señora mayor en la calle en la que trabajo... y se ha roto la pierna en varias partes"- me decía, para darme ánimos, supongo. Con esta conversación los dos íbamos bajando la cuesta...

Y ME VOLVÍ A CAER. No sé, juro que no sé que pasó. Las hojas, la piedra mojada, el peso del bolso, mis tacones... En ese momento, en el suelo tirada, pensé en no volver a levantarme nunca más. Total, para volver a caerme y con mi dignidad ya muerta... Y si en algún momento quería ir a algún sitio, iría rodando. Estaba claro que el bipedismo y yo no éramos compatibles en ese momento.

En el más oscuro de los oscuros pensamientos, el chico salvador de la segunda caída tiró de mi brazo y me levantó. "Vaya, ¿estás bien? ¿te duele algo?" ¡el orgullo, pensé yo! Además de haber hecho semejante ridículo por torpe, el chico debía estar pensando que yo estaba borracha o algo así, la gente normal no va por ahí cayéndose una y otra vez. Me fue acompañando cuesta abajo, cerquita de mí, como en actitud de yoterecojo y yo cada vez caminaba más despacio para evitar más caídas.

Cuando casi llegábamos al final de la calle, otra vez un pie se me resbaló. Esta vez no me caí, pero a punto estuve. El chico me miró alarmado. Le miré y le solté una mentira: "muchas gracias, ya he llegado a mi destino, gracias de verdad"- en plan suplicante márchate-mi-autoestima-no-aguantará-otra-caída-contigo-delante. El chico siguió calle abajo y yo me quedé remoloneando, mirando los edificios. Esperé cinco minutos, seguí calle abajo... y cuando avancé unos metros, me di cuenta de que el chico me observaba de lejos, supongo que no se podía creer que llegara al metro sin caerme dos o tres veces más.

Con la autoestima lesionada de tanta caída me metí en el metro y me fui hasta mi barrio. Iba a entrar en el supermercado para comprar algo de cena, algo calentito y calórico, y algún postre de chocolate para recuperarme de tanta querencia al suelo, cuando justo en la entrada del súper me topé con esto:


Sobra decir que salí corriendo en otra dirección, hacia mi casa... así que cené un vaso de leche con unos tristes cereales.

Y aquí estoy hoy, magullada, con las manos raspadas, odiando a mis pies y con ganas de darme un capón a mí misma (pero no llego).

En fin... una vez contada esta historia va a parecer más increíble lo que voy a escribir: la semana pasada hice un casting para entrar en una compañía de danza oriental... y lo he pasado. Estoy dentro: ¡yupi!

miércoles, julio 30, 2008

Consejos

"Ni consola ni consolo". Gran frase del anuncio de Coca-cola que últimamente se ve por la tele y que habla de hacerse mayores, de cambiar. En mi caso, desde hace tiempo tengo esa sensación horrorosa de "ohdiosmíohablocomomimadre" cuando estoy en contacto con gente más joven. Y no me refiero al despotricar de las nuevas generaciones sino al tema de la experiencia y de mi reacción ante la gente más joven.

Por cuestiones de trabajo y personales, en los dos últimos años he tenido cerca continuamente a dos o tres postadolescentes (18-19 años) y la experiencia ha sido... reveladora. Como son muy jóvenes, cuentas con su inexperiencia y con que habrá cosas que salgan mal por eso, y te lo tomas con humor y paciencia, aunque a veces las quieras matar por ser tan atolondradas (¿veis? "atolondrada": palabra de señor mayor). Pero después piensas que tú también has estado en esa situación de tener un primer trabajo y andar muy despistada y te solidarizas.

El caso es que las chicas, cuando tienen un poco más de confianza (o así, de buenas a primeras, que hay gente que es así) te empiezan a contar que le gusta fulanito, que menganito le ha mandado un mensajito subido de tono, que se estuvo enrollando con el amigo de fulanito el sábado por venganza por no hacerle ni caso, que se puso hasta las cejas a cubatas y... Ante tanta información, me he dado cuenta de que suelo reaccionar de tres maneras, distintas, pero que me hacen sentir muy mayor.

Primero, a veces me convierto en la reencarnación de todas las madres del mundo: "¿que te subiste TÚ SOLA en el coche de un tipo al que no conocías y que se había tomado unas copas, a las cinco de la mañana, sólo porque se ofreció a llevarte a casa? TÚ ESTÁS LOOOOCAAAA. A mí no me cuentes estas cosas que me pongo mala. Que un día pasará algo malo y entonces lloraremos".

Otras cosas que me cuentan me hacen gracia y me provocan mucha ternura, porque veo desde fuera cómo se toman todo con tanta pasión, con tanta ilusión y tan a pecho que son conmovedoras. Las ves dar saltos por la oficina cada vez que suena un toque de móvil, o cada vez que llega un mensaje: "oooh, ¿que fulanito te ha mandado un mensaje diciendo "jdr,tronk,rs l cañ,kier k llg l sbado pr vrt"... qué mono... ¿pero me lo puedes leer, así como con vocales, que no acabo de pillarlo?".

Pero nada me hace sentir tan mayor como esas situaciones en las que acabo dando consejos o queriendo darlos. Cuando, por lo que te cuentan, ves venir la catástrofe y sabes que, por ejemplo, la historia con fulanito tiene todas las papeletas de acabar fatal. O cuando llega el gran drama porque, efectivamente, la historia con fulanito ha sido un desastre. En esas situaciones, me entran unas ganas locas de decir dos cosas que he aprendido en estos años: "hay que cuidarse mucho" o "tranquila, todo pasa. Todo acaba pasando".

A veces me callo, porque sé que nadie escarmienta en cabeza ajena y que de poco sirven esas palabras: hay que aprenderlas por medios propios. Otras veces hablo, pero me siento "un poco" vieja y "un bastante" estafadora. Al fin y al cabo, aunque haya recorrido ya unos poquitos años más que ellas y haya aprendido algo, no soy quién para hablar demasiado alto y dar consejos: todavía tengo mis crisis, mis confusiones, mis líos mentales, mis caídas del guindo... y, aunque voy mejorando, no sé si alguna vez aprenderé a manejar bien todo eso. Porque me temo que esto no se me va a curar ni a los cuarenta, ni a los cincuenta y ni a los cien. Por eso, ¿quién soy yo para dar consejos?

viernes, junio 06, 2008

Gatinas, mentiras y cintas de bossa: el preludio

En la pared contigua a mi baño ha salido una humedad. La portera avisó a la casera y la casera me llamó a mí: "vamos a verlo esta noche" dijo.

Me entró el pánico. Digamos que se me ha olvidado mencionar a mis caseros el pequeño detalle de que la familia se ha ampliado. Así que camino a casa, decidí que lo mejor sería meter a la gatina en el dormitorio y obviar su existencia.

Justo antes de entrar en casa, antes de que llegaran los caseros, la portera me interceptó para enseñarme la humedad que había salido en el cuarto de las luces que está al lado de mi baño. Esa portera a la que tampoco habíamos informado de la presencia del bicho y que hace honor a la fama que tiene su cargo.

Portera: Mira, ¿ves? aquí está la humedad.

Gatina: Mau-desde el otro lado de la puerta.

Misia: Em... oh, sí, vaya.

Portera: ... porque claro, ya ha habido otras humedades y esto... puf.

Gatina: Maaaaauuuu.

Misia: Pues sí, ajá, veo, veo, esto, oooooohhhh... -elevé el tono de voz e intenté sincronizar mis "ajá" con los "mau" de la gatina.

Me di cuenta de que no podía entrar en casa sin que la gatina se me lanzara en plancha.

Misia: Bueno, creo que... (mau) ¡uy, la leche! (maaaau) se me ha olvidado la leche (maaaauuu). Me marcho corriendo al súuuuuuper.

Me largué, llevándome lejos de la puerta a la portera, por si los "maus". Me tuve que ir al súper (el día anterior ya había hecho compra gorda) y comprar cuatro chorradas para que la portera me viera volver con una bolsa del súper. Con lo cansada que yo estaba. Y con el dolor de pies que yo tenía...

Si es que mentir no es bueno. Y encima a mí se me da fatal.

lunes, febrero 11, 2008

El maxi-bolso

Estoy encantada con la moda de las últimas temporadas de los bolsos enormes. Así encuentro fácilmente bolsazos de los que me permiten llevar todo lo llevable al hombro: mis cuatro básicos (cartera, abono transporte, llaves, móvil: no salir de casa sin contar hasta cuatro), libro, papelotes del curro, estuche de cds, ropa de danza (falda, top, pañuelito de monedas, velo).

Hasta ahí lo mínimo. Pero la lista no se queda ahí, porque el maxi-bolso es un ser bastante egoísta con tendencia a engordar que se traga todo lo que pilla a su paso. Y como hay sitio, empiezas a meter los "porsiacaso": el lápiz de labios... unos pañuelos de papel... unos chicles... un cepillo por si salgo despelujada de la clase... un velo más por si alguna de las señoras se ha olvidado el suyo... un boli... un cuadernito por si se me ocurre algún post... A lo tonto, el maxi-bolso se ha vuelto un bolso con obesidad mórbida que colgado de tu hombro hace que camines con una inclinación lateral un tanto sospechosa.

El asunto acaba siendo muy poco útil, porque buscar algo en el maxi-bolso es tarea imposible. Acabas acumulando hasta siete bolis, porque como siempre los buscas en el bolso y nunca los encuentras, al día siguiente metes uno más. "Se me habrán perdido"- piensas. Y sí que estaban los seis bolis anteriores, pero en el único rincón al que tu mano no llegó. Yo ya me he convertido en especialista en montar numeritos del tipo Mary Poppins en la entrada del metro o delante de mis jefes: hay que sacar todo para encontrar el maldito abono o la facturita de marras. Con el añadido de que la gente flipa un poco cuando de mi bolso de chica formal empiezan a salir gasas, cosas doradas y pañuelitos de monedas.

El lunes pasado el maxi-bolso me venció. Había estado un poco malita el finde y mis rodillas estaban flojuchas. Aún así, me planté los tacones y el maxi-bolso. Y en un meneo del metro, mi maxibolso consiguió arrastrarme hacia atrás, pero mis pies se quedaron anclados en el sitio. Sólo se vencieron mis rodillas, que se doblaron y dejaron que mi espalda se cayera, bum, hacia atrás. Menuda sorpresa, cuando resultó que no había aterrizado con mi trasero en el suelo, sino que me había quedado en posición horizontal... encima de algo. Ese "algo" resultó ser una señora sobre la que me había caído y de la que no me podía levantar. Tuvo que venir un caritativo señor a ejercer de grúa levantándome a mí y a mi bolso para liberar a la señora. Sólo le pude esbozar una sonrisa a la señora, un avergonzado "lo siento" y a salir pitando de allí. Y en cuanto salí del vagón de metro, miré a mi maxi-bolso y le solté:

- ¡A Dios pongo por testigo de que mañana mismo te pongo a dieta!

martes, febrero 05, 2008

El jamón

Hace poco más de un mes, haciendo la lista de la compra, mi chico me dijo:

- ¿Puedes comprar un poco de jamón serrano, que me apetece?

Fui al supermercado y compré 200gr. de jamoncito. Pero si queríamos sopa, toma dos tazas: al día siguiente por la mañana me regalaron en la empresa un jamón (en realidad paletilla) y por la tarde a mi chico otro (en realidad paletilla).

De repente nos encontramos en nuestra microcasa con dos paletillas y doscientos gramos de jamón. Pero no quedó ahí la cosa: una semana después mis padres nos regalaron un lomo. Y un salchichón. Y un chorizo... y no es que me queje, pero es que casi nos podemos reconstruir el cerdo a trozos en el salón a modo puzzle. Y si metemos un cerdito, nos tenemos que salir nosotros, que los tres no entramos.

Esto de los minipisos y los jamones tiene sus peligros: mi compañera tuvo que colgar el jamón en el único sitio en el que le cabía, el marco de la puerta, y se golpeaba con el jamón cada vez que entraba en la cocina. Hasta que el jamón, de tanto meneo, se le cayó. Justo cuando estaba debajo el cubo de la fregona. Lleno. Pero como mi compañera es muy apañá, como su jamón se había bañado en donlimpio y agua sucia, ella le dio una ducha. Punto pelota y a comer paletilla.

Resumiendo: desde Navidades nuestro menú es muy "variadito": guisantes con jamón, croquetas de jamón, tomate con jamón, sopa con picadillo de jamón... está, um, bien.

Aparte de eso, los jamones también nos ha traído peligros a casa, y no me refiero sólo al colesterol: ahora me da miedo que se nos aparezca el espectro de una niña hambrienta que he leído por ahí que ronda a los jamones. Que no son cuatro jotas de esos, pero como venga a darle un muerdo a nuestras paletillas, le voy a dar un tirón de orejas.