MANAZAS

Yo, Be, me he cargado la plantilla milenaria de QaD por torpe y con un solo clic. Me autoflagelo ante mis copropietarias y me comprometo a dejarla lo más parecida posible, si no mejor. ¡Palabra!
Mostrando entradas con la etiqueta desastres naturales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta desastres naturales. Mostrar todas las entradas

lunes, junio 03, 2013

El delantal

Hace unas semanas una alumna me regaló un delantal. Cuando lo recibí me quedé a cuadros, porque por mucho que me estrujé el cerebro, era incapaz de recordar si, entre todas las chorradas que suelto en clase, alguna había sido sobre mi escasa habilidad para cocinar o sobre mis recientes incursiones en el mundo de la repostería. Que, a ver, me han regalado cosas raras mis alumnos (aún recuerdo el jardincito zen, con su rastrillito, su arena, sus piedrecitas...) pero generalmente tienen su porqué (en el caso del jardincito zen, podría ser porque tengo alumnos muy místicos. O podría ser que me ven como una persona calmada y en equilibrio, imbuida de la filosofía oriental. O quizás porque cuando empiezan a pelearse y hablar todos a la vez, levanto las manos y les grito "¡ZEN! que haya zen". No me entienden y no tiene mucho sentido - ninguno- pero les desconcierta y se callan. Bueno, en fin, que nunca sabremos por qué insondable razón me regalaron un jardincito zen comprado en los chinos.

El delantal es verde, con una gran L de prácticas pintada en el centro y está rodeada con consejos más o menos ingeniosos ("usa la tapa, puede salvar vidas", "en caso de duda llama a tu madre" y cosas así). La verdad es que es chulo, pero me hace gracia que la chavalita que me lo regaló haya asumido que a) soy un desastre en la cocina y b) en ese caso, quiero aprender a cocinar. 

Inciso: la chica tiene fama de estar loca entre sus compañeros. Yo creo que no, de hecho es muy maja, pero creo que sus compañeros han confundido estar loca con ser un poco bruja y ahora me explico. Fin del inciso.

Desde que el delantal ha entrado en mi casa, yo no doy pie con bola cocinando. A ver, no soy Nesita, Pétalo, Cattz o Anijol, pero me defiendo en la cocina. Hasta ahora.

Primero intenté hacer la receta de muffins de limón y chocolate blanco de Inés. La masa estupenda y con un sabor riquísimo. Todo bien, hasta que me di cuenta cuando ya estaban en el horno de que me había olvidado ponerles sus cien gramos de mantequilla fundida. Milagrosamente, estaban bien ricos. Con textura extraña, pero ricos... no me quiero imaginar cómo deben estar con la receta bien hecha. Corran a comprobarlo.

Después, haciendo un bizcocho, agarré el bote del azúcar y le eché a la mezcla de huevos y naranja (y no me acuerdo qué más) cuarto de kilo de azúcar. Todo bien, si hubiera sido realmente el bote del azúcar con azúcar dentro. En realidad, era el bote de pan rallado con pan rallado dentro. Deliciosa mezcla para un bizcocho.

Hoy he intentado hacer ensaladilla rusa. Receta fácil, ¿no? Bien. Pues he quemado las patatas y las zanahorias al hervirlas en abundante agua, que se ha quedado en no-abundante agua, más bien en no-agua, en un despiste. 

Tanto despiste y fallo culinario a la vez no es normal, porque vale que yo soy cafre en la cocina, pero no tanto. Así que no sé qué hacer con el delantal, porque me temo que tiene algo que ver, me ha traído la maldición de la novata... y yo esa fase ya la pasé. Así que ¿qué hago con él? ¿lo quemo o lo exorcizo?

En fin, voy a pensarlo mientras juego con mi jardincito zen y llega el señor de Telepizza.

miércoles, junio 02, 2010

Cocinando

Admiro a la gente que sabe cocinar bien. Cada vez que ceno en casa de Be, de Miss X o de Zagloso y Perli se me pueden caer los lagrimones de las cosas tan ricas que me preparan. Y lo poco que he probado de la cocina de Cattz o Jónatan Sark también es para morirse. Admiro las cosas tan buenas que hacen, la paciencia que tienen para la cocina y lo fácil que parece cuando lo hacen ellos.

A la que más he visto cocinar, sin duda, es a Miss X. Me encanta hacer para ella de "pinche pinche", aunque después es imposible tomar una receta de ella, porque tiene ese talento de ir echando cosas como si fueran ingredientes de una poción a la olla en medidas extrañas ("no sé, una pizca", "un poco", "un puñado"). Eso al final se traduce en que, por mucho que intente replicar en casa lo que Miss X hace y por mucho que lo haya visto, nunca me sale igual que a ella (ni la mitad de rico, claro). Ese tipo de talento para la cocina yo no lo tengo, así que me conformo con mi cocina de batallita y supervivencia.

Por ejemplo, el domingo decidí hacer cachopo, plato asturiano en principio no demasiado difícil. La teoría del cachopo es sencilla: dos filetes de ternera finísimos, enmedio queso y jamón serrano (el relleno se puede completar con pimientos rojos o champiñones) y todo ello empanado y frito.

La cosa no fue tan sencilla en realidad.

Comencé aplastando los filetes de ternera y salándolos. Ahí detecté el primer problema: uno de los cuatro filetes estaba partido en dos, lo que no iba a facilitar la cuestión del relleno.

En el segundo paso, construí los cachopos: sobre un filete coloqué primero loncha de jamón serrano, segundo triangulitos de queso semicurado y después, haciendo un exceso de temeridad, decidí ponerle pimientos rojos. Encima puse el otro filete de ternera, salé y me puse a empanar. Ahí empezó la debacle, originada por el exceso de relleno y, sobre todo, el gran tamaño de los bichos (los filetes de ternera eran grandes, pero si encima les das una paliza con la mano de mortero, se estiran hasta convertirse en algo monstruosamente grande e ingobernable).

Primero, había que pasar por harina. Pasé el primer cachopo por harina. Triangulitos de queso empezaron a salir del interior del cachopo y a enharinarse ellos solitos. Abrí el cachopo y recoloqué. Después lo pasé al huevo. De nuevo, una lluvia de triangulitos de queso y de pimientos rojos cayó sobre el huevo. Recoloqué. Pasé al pan rallado. A estas alturas me hubiera gustado pegar con superglue los triangulitos de queso al interior del cachopo. Acabé de empanar el bicho y lo puse en un plato.

Empecé a empanar el segundo cachopo. El proceso fue igual al primero (desmoronamiento y desrellenamiento constante) hasta que llegué al pan rallado. Me había quedado corta de pan rallado, así que abrí el armario que tenía justo encima para sacar el bote.

Lo juro, no sé qué ocurrió. Debí abrir con mucho ímpetu o algo se descolocó al abrir las puertas... y de repente empezaron a lloverme cosas. Bueno, "cosas" no es el término correcto. "Fideos" sí es el término correcto. Más concretamente, un tarrito de arroz y una bolsa de fideos "cabello de ángel" se me cayeron en la cabeza. El paquete de fideos se abrió con el meneo, rebotó y cientos de fideos acabaron dispersos por mi cocina, mi cabeza... y sobre los cachopos.

El siguiente paso de la receta fue quitar los fideos de la superficie de los cachopos.

Acabé de empanar el segundo cachopo y empezó el momento de freir. En la sartén más grande que tengo, sobre aceite caliente, puse el primer cachopo. Se hizo por un lado y empecé a darle la vuelta. Evidentemente, si la cosa se desmontaba estando fuera de la sartén, no iba a dejar de hacerlo dentro de la sartén. Un triangulito de queso decidió ser libre y salirse. Intenté volver a meterlo en su sitio, sin demasiado éxito. Así que quité el queso que por ahí se freía solo y acabé de darle la vuelta.

Entonces el cachopo se rebeló y me salpicó con un poco de aceite, así que hice un movimiento raro con la mano (la misma con la que tenía la paleta llena de aceite) y de repente el mechón que se me había escapado de la coleta y que colgaba delante de mis ojos estaba perlado de gotitas de aceite. Con un trapo de cocina me limpié el pelo frito, dejé el trapo mientras vigilaba atentamente el cachopo y pasé a sacarlo de la sartén.

Metí el segundo cachopo en la sartén. El filete de abajo se colocó mal al ponerlo en la sartén y empezaron a freirse los pimientos y el queso, pero no el filete. Recoloqué y el cachopo volvió a protestar: me salpicó, otra vez, de aceite. Sin dejar de vigilarlo, cogí el trapo de cocina para limpiarme de nuevo. De repente, puf, una nube de harina me envolvió: cuando había dejado el trapo a mi lado calculé mal y en vez de dejarlo sobre la repisa lo coloqué sobre el plato con harina que había empleado antes. Fue coger el dichoso trapo y verme envuelta en humo blanco, al más puro estilo prestidigitador. No me limpié (¿con qué trapo limpio?), di la última media vuelta al bicho y como despedida el cachopo volvió a hablar y me salpicó de nuevo.

Evidentemente, empecé a gritarle al cachopo, por ser tan hijoputa, y lo saqué de la sartén, ya doradito.

En fin... ¿comprendéis ahora lo de la falta de talento al cocinar?

Pero bueno, yo estoy convencida de que algún tipo de equilibrio cósmico debe existir en mi cocina porque hay una cantidad constante de orden: el cachopo empezó mal y acabó bien. Yo empecé bien y acabé mal. Cuanto mejor iba quedando el cachopo, peor iba quedando yo, hasta llegar a un resultado final clarísimo: El cachopo quedó precioso, dorado, empanado, con pinta apetitosa. YO quedé enharinada, aceitosa, enfideada y cabreada.

Lo dicho: equilibrio cósmico y venganza sideral del cachopo resentido.

jueves, febrero 25, 2010

Desafío Extremo en Cerezuela (*)(**)


Sabíamos que no sería fácil. Éramos conscientes del riesgo de nuestra aventura. Lo que no sabíamos era que viviríamos en primera persona una gran tormenta que amenazaría nuestras vidas.

Aunque algo nos habían comentado.

Miabuela: Pero hija, ¡que la casa lleva cerrada desde octubre! Está todo cubierto de nieve, ¡y en Cerezuela hace menos 19º! ¡Os vais a poner malas!

Pero nosotras confiamos en nuestras aptitudes y en el espíritu aventurero que nos guía. Así que partimos Punto de Luz, Coco, Xisca, Maya y yo. Cargadas de mochilas, maletas y paquetes de víveres.

Algunas saliamos directas de trabajar en la tele, así que nuestro atuendo es extremadamente desafiante: falda y botas altas. Pero ya habría tiempo de cambiarnos allí.

Miabuela tenía razón, para llegar el tren tiene que atravesar kilómetros de nieve y una vez allí los lugareños nos lo aseguran: en Cerezuela no se recuerda un invierno tan duro y largo desde hace décadas.

Tras cruzar bajo la nieve los 300 metros que separan la casa de la estación del tren, llegamos a nuestro destino.

La casa está en buenas condiciones y perfectamente decorada por Miabuela, pero no hay agua caliente y es imposible encontrar leña seca en toda la zona... la primera noche va a ser la más dura. Pero así es la vida de las aventureras extremas: el día a día en las expediciones es duro y muchas veces incomodísimo. Hay que esforzarse para que el frío, la incomodidad y los peligros no te desmoralicen.

Lo bueno es que con este frío los insectos no son un problema: están todos en sus casas. Congelados.

El hambre tampoco, porque vamos preparadas. Comimos sandwiches de queso, tortillas de patatas y tres pizzas: una semicruda, una casi quemada y una en su punto. Daba igual: nos hubiéramos comido cualquier cosa que estuviera caliente. No es un juego, es la única manera de supervivir.

Hace tanto frío que casi ni bebemos. Hasta que recuerdo que se supone que el Desafío es Extremo y digo:

Yo: ¡Vivamos peligrosamente! ¡Pásame la coca-light!

Y entonces la botella -sin abrir- de Sunny de naranja se cayó al suelo. Y todas sabíamos que nadie iba a ir a por él. Pero fuimos. Heroicamente. Y Xisca tuvo su Sunny.

Habíamos decicido encender la calefacción sólo en dos habitaciones: una el salón, donde las cinco estamos reunidas en torno a la mesa; otra, el dormitorio principal. Pero hasta que la casa se caliente, hace un frío terrible.

Tanto, que al ir al baño sale tanto vapor que nos da complejo de kettle. Tanto, que nos daría igual salir de la casa y hacer pis en el jardín.

Jugamos al Trivial para mantener la moral. Suena el teléfono.

StreetGirl: Hola chicas, llego después de comer.
Yo: Hola SG. No sabemos lo que nos espera mañana. Tormenta de nieve, osos polares... las condiciones son extremas.
StreetGirl: A eso de las cuatro. ¿Habéis conseguido un sherpa?

Por eso son mis amigas. Por su valor en todo tipo de situaciones.

En un momento de desespero lucidez decido pasar todo el día siguiente borracha, así que encargo a quien vaya a comprar el pan por la mañana que traiga también un par de botellas de Rioja.

Yo: Voy a ir a chupitos.

Si salimos de esta, nuestro único objetivo será llegar sanas y salvas a Madrid capital.

Pasamos la noche bastante bien: dos duermen en el salón, tres en el dormitorio principal (donde por cierto hace un calor tremendo y me despierto sofocada en mitad de la noche).

A la mañana siguente Coco, de la mano de Xisca y bajo el auspicio Antoñita (la santa de Miabuela, que nos cuida desde el llavero), ultima una expedición para buscar desayuno, wifi y aventura extrema. Lo encuentran.

No traen el Rioja, pero no hace falta porque las otras tres nos despertamos más tarde, a tiempo para la comida, deliciosa y acompañada de un vino estupendo, en un restaurante chupi y calentito. Allí, y ya medio pedo, nos encuentra StreetGirl, que se une a la sobremesa y recomienda "Into the woods" para preparar el proximo viaje. Yo he leído The Walden, así que considero que no me hace falta.

Los señores del restaurante nos invitan a licor de chocolate: recargamos el depósito de calor interno y salimos de expedición.

Coco y Xisca nos informan de que, durante su exploración de la mañana, han encontrado una tienda donde comprar leña, astillas y briquetas. Nos llegamos hasta allí, encargamos de todo y seguimos nuestro paseo mientras los señores nos lo llevan hasta la casa. Así que cuando volvemos lo encontramos todo esperándonos para el desafio definitivo: encender la chimenea.

Sí, amigos, finalmente conseguimos algo que nos parecía imposible y probablemente a vosotros también desde hace muchas líenas de post. Encendemos el fuego y pasamos en cuestión de 10 minutos de andar forradas de ropa a jugar a cosas en el salón en bragas y camiseta.

Fuera, nieva.

Dormimos calentitas (incluso más de la cuenta, me vuelvo a despertar acalorada) para encontrar de nuevo el jardín nevado. Esto nos anima, pues el tiempo se nos termina y queremos recordar la imagen blanca y fría de nuestra aventura en Cerezuela.

Volvemos a la estación, a coger un tren que nos lleve a casa a enfrentarnos a un nuevo y emocionante reto, el Cocido Anual En Mi Casa de Jónatan Sark. Desde el espeso caldo con fideos, hasta chorizo, jamón, morcillo, gallina y tocino, pasando por las patatas, judías, zanahorias y nabo, sin olvidar los garbanzos, un recorrido por los mejores ingredientes del tradicional plato, que devoramos.

Y así transcurrió el fin de semana pasado: ¡me ha costado tres días recuperarme!

Que nadie se preocupe, que es todo casi broma. Lo pasamos taaaan bien...

(*) En realidad no se llama Cerezuela, pero así lo llama Sark y así se quedó.
(**) Anarroseado leve y libremente de
este blog.

viernes, enero 15, 2010

Limpieza de agenda

Hace unos días perdí o me robaron el móvil. Como soy así de chula (en realidad, así de tonta) no tenía copia de la agenda en ninguna parte. He perdido todos los números de teléfono, que eran muchos (tengo mi número de teléfono desde hace años y tenía la tarjeta desde hace un porrón de años, así que han sido mucho tiempo y oportunidades de acumular teléfonos ahí).

Eso tiene su parte buena y su parte mala, como todo.

Ventajas

Se me ha quedado la agenda despejadita, despejadita. Sin números absurdos que me daba cosa borrar, de sitios a los que no quiero volver, de personas de las que hace siglos que no sé o de gente a la que no quiero volver a ver. Tenía incluso números de gente que no sabía quiénes eran ya (¿cómo podía tener el teléfono de una tal Marisa y no recordar ni por asomo quién era ella, por ejemplo? ¿soy lo peor? ¿es el alzheimer? ¿a alguien más le pasa?). Ahora, todo se ha perdido. Una especie de limpieza de karma en versión móvil y con mp3. Evidentemente, en esa limpieza total se han ido los teléfonos de mis ex novios, novietes, historias raras, rollos y chungos. No tengo contacto regular con ninguno de ellos, así que no me ha importado demasiado haber perdido sus teléfonos. Nota: novio querido, debes estar muy contento.

Resumiendo, uno de mis amigos dice que perder la agenda del móvil te hace filtrar las amistades: recuperas a los amigos, pierdes definitivamente a la gente que ni fu ni fa.

Desventajas

La parte mala es que me he quedado con la agenda vacía de amigos y estoy ahora molestándoles para que me manden un mail con los teléfonos. Llevo días copiándolos a la dichosa agenda y echando de menos números que me hubiera gustado tener a mano. Además, es la ley de Murphy: hay números que no has necesitado en años y que de repente, zas, una situación en la que te hubieran servido de mucho.

Otro efecto secundario de la pérdida de agenda es que sin los números de teléfono tienes menos armas contra las llamadas o sms bomba. Una de las razones por las que no borraba los números de alguno de mis ex era poder neutralizar sus posibles intentos de acercamiento. No acabé mal con (casi) ninguno, pero generalmente no mantengo mucho contacto porque no me convence eso de ser amigos después de una relación (en mi caso, me cuesta demasiado trabajo cuando estoy involucrada y no me merece la pena cuando no lo estoy. Además, si el asunto dolió, la distancia en mi caso es mi mejor sanadora). Pero todos tenemos un ex que reaparece de la nada y que decide que, oh, después de cinco años quiere saber qué tal estás. En el facebook, le ignoras. Pero ¿y si te llama? es mejor tener su teléfono almacenado para identificar la llamada e ignorarla si no te apetece hablar con el susodicho. En fin, que me gusta tener controladas las "reapariciones estelares".

A mí me han hecho varias de esas "reapariciones estelares" y más vale neutralizarlas. Entre otras, he recibido un par de sms bombas en Nochevieja. Otro de mis ex me llamaba dos veces al año a las tantas de la madrugada (coincidiendo con las fiestas de su pueblo, en las que se debía agarrar unas melopeas de cuidado) para decirme machaconamente, una y otra vez "Misia, tía, eres una tdía de pfuta maddre, en serio. Porque eres una tdía de pfuta maddre, Misia. ¿Te he dicho ya que eres una tdía de pfuta maddre?". Al principio tuve paciencia y no le colgaba el teléfono (además solía estar demasiado dormida como para reaccionar), pero las últimas veces al ver su nombre en la pantalla ni cogía el teléfono (no me importa que me digan que soy "una tdía de pfuta maddre", pero que te despierten para eso...). En fin, ya hace un año que no me llama. Un alivio. Otro que reapareció hace poco fue el chunguito poeta, que hace un par de meses me mandó un sms (aunque en su caso, aunque no hubiera tenido su teléfono hubiera reconocido su estilo rimbombante en cualquier parte). Un horror.

En fin, que esto de perder la agenda tiene muchas más desventajas que ventajas así que en cuanto acabe de recopilar mis teléfonos básicos, hago una copia de la agenda. Ni limpieza de karma ni ná.

Por cierto, estas Navidades me han hecho un twitter. ¡Investigando me hallo!

lunes, diciembre 22, 2008

Desastre natural... otra vez

Esta semana Gato y Rebilated se han quedado unos cuantos días en casa, y han conocido la peor cara de Chonilandia ("¡no, no salgáis por ese lado de la estación, que están las put*s!") y de mi casa de Chonilandia.

Viernes por la mañana. Como yo estaba con fiebre, me desperté prontísimo. Me puse a ver series (the mentalist, gossip girl) y cuando me di cuenta eran las nueve. ¡Las nueve! ¿pero no se suponía que Rebi tenía que salir de casa a las 9:15 para ir a trabajar? Esperé. Y esperé.

- Se han dormido, y este pobre va a llegar tardísimo al curro. Habrá que despertarles - pensé- pero a ver quién es la guapa que les... que les despierta- llamé a la puerta tímidamente. Silencio. Y como me dio mucho corte, me decidí por la vía indirecta.

Puse la lavadora, que es bastante ruidosa. Esperé dos minutos. Silencio en la habitación. Puse la radio, con los Cuarenta bastante altitos. Más silencio. En plan desesperado, cuando iba a sacar la aspiradora, por fin amanecieron, riéndose de mí, claro.

Rebilated se metió en la ducha, y Gato entró después en el baño:

- Rebi, ¿pero cómo te estás duchando? hay mucha agua por aquí. ¿Pero qué estás haciendo?

- Nada, Gatín, te juro que no estoy haciendo nada.

Pobre Rebilated, que le empezamos a echar la culpa de lo que hacía mi bote sifónico, es decir, escupir agua, que comenzó a salir del baño y alcanzó el pasillo. Gato salió corriendo, yo también y con fregona en mano y toallas, empezamos a secar el pasillo. El bote "sinfónico" me había vuelto a dejar en evidencia, aunque esta vez algo de culpa tuve yo, por haber puesto la lavadora sin darme cuenta de que nos teníamos que duchar... y esa cantidad de agua fue demasiado para mi pobre bote.

Mientras estábamos Gato y yo secando el suelo del pasillo y del baño (anda que no soy lista ni nada, que pongo a mis invitados a fregar) Rebi seguía dentro de la bañera. En ese momento dejé el trapo, me eché a reir y no lo pude evitar:

- DIOOOOOS, TENGO A UN PLUTÓN VERBENERO DESNUDO EN MI BAÑOOOOOO... ¡Y CON LA PUERTA ABIERTAAA!

Y siguió medio en pelotillas cuando atravesó el pasillo. Creo. Porque yo me tapé los ojos cuando pasó, te lo prometo, Gato.

miércoles, mayo 16, 2007

Desastres naturales II

Hace un par de semanas estaba en casa viendo el mejor programa de miedo de los domingos por la noche. No me refiero a "Cuarto Milenio", sino a "Cambio radical". De repente, empecé a oir ruidos en el baño, así como glgllggllglgg-uuuuugggg. Intrigada fui hasta allí: había vuelto a pasar. Al poner la lavadora, el bote "sinfónico" se había vuelto a atascar y el agua salía a borbotones del suelo. Fui corriendo hacia la terraza para coger la fregona y cuando estaba volviendo hacia el baño (¡mi parqueeeeeet!) oí otro ruido en la terraza. Volví corriendo para ver qué había pasado y me encontré con otro desastre. Con la fuerza del centrifugado, el bote de cinco litros de detergente líquido lleno había salido volando y había esparcido el gel por toda la terraza. No sólo por el suelo, en el que ya había una capa de gel cubriéndolo todo, sino que había proyectado regueros de jabón que habrían hecho las delicias de los CSI por todas las paredes. Todo a la vez: El baño y el pasillo inundados, la terraza pringosa y mis tuberías colapsadas.
Después de unas semanas agotadoras, de trabajar demasiado (de ahí mi desaparación temporal), de tener los nervios a flor de piel, de arrastrar sueño y hambre, aquello me superó. Y en vez de correr y que me diera la histeria, como me suele pasar, me senté durante unos minutos en el sillón. Porque cuando los elementos se alían contra ti, es mejor pasar de los elementos y ponerse a chillar del horror al ver al dentista en marcha.