Los meses anteriores a la oposición y la época de exámenes han sido un horror. Me pongo de los nervios y aflora lo peor de mí, en distintas facetas. Porque estando de oposición, o bajo presión continuada durante un tiempo, una saca los más variados estados de ánimo y ninguno demasiado normal. He oscilado, sin demasiada transición, entre varios estados:
Histerismo: me entraba el nervio y no podía dejar de botar de un lado a otro. Al grito de "¡voy a suspender!" me daba carreritas por el pasillo, se me desbocaba el temblor de piernas, el temblor en el ojo, el nudo en la garganta. Tenía que saltar de la cama después de dar diecisiete mil vueltas sin poder dormir. Mi chico me prohibió terminantemente el café (¡el café! le hice caso... menos algunas tardes en la biblioteca, que sino no había quien estudiara con el calorcito a las cuatro de la tarde). A veces me venía a la cabeza esto. Al hilo del histerismo, llegaba el siguiente estado de ánimo:
El catastrofismo: yo soy exagerada de naturaleza y a ratos un poco pesimista, pero los nervios me lo exacerban. Entre los nervios y el pensamiento negativo, entraba en un bucle "oh, estoy nerviosa, oh, voy a suspender, oh, estoy muy nerviosa, oh, voy a suspender con indignidad y no estaré ni en la lista de interinos. Oh, estoy muy nerviosa. Oh.... VOY A ACABAR EN EL ARROYOOO". Porque sí: en la espiral descendente en mi cabeza todo empeoraba hasta el infinito y más allá y me visualizaba sola (toda mi familia, mi novio y naturalmente la gatina me habrían dejado por ser una inútil) y viviendo debajo de un puente.
Ñoñez: de repente me entraban unos ataques malísimos de ñoñez brutal y acababa llorando por cualquier cosa. No sabéis la de lagrimones que se me han caído con el anuncio dichoso de Pavofrío, por ejemplo. O la hora y pico que me tiré llorando porque rompí la taza favorita de mi chico (sí, el momento torpe ha continuado desde que escribí el post). A veces la ñoñez se me mezclaba con la tristeza y era un apagayvamonos. Insoportable, sobre todo cuando iba por la casa reclamando mimos con voz ñoña. La gatina huía en cuanto oía ese tono lastimero que se me pone. Mi novio no se atrevía a huir (tanto) porque sino podía invocar al siguiente estado de ánimo, la Misia berserker, que era incluso peor.
Cabreo supino: a ratos me entraba la vena berserker y, poseída por la ira, iba dispuesta a morder a todo lo que se me pusiera a mi alcance. Ver la tele conmigo en ese estado era un horror: un chorro de insultos salía de mi boca: "¡pero has visto a ese imbécil! ¡cómo se pueden decir tantas tonterías juntas! se merecería que blablablabla". Mi señor novio iba apartándose a un rinconcito del sofá, se parapetaba tras un muro de cojines por si acaso y me miraba con cara de flipe. Supongo que algo tenía que ver con que todas mis frases acabaran con un "pues se merecería una muerte lenta y dolorosa, a ser posible con despellejamiento incluido".
Al final acabas con la sensación de que vas a tener que llamar a una tropa de psicólogos, a unos cuantos monjes zen o a César Millán para que te equilibren un poco, antes de que el resto de la manada te mande a la mismísima porra. Porque claro, mi manada (novio+gatina) estaba a la expectativa, esperando a ver cómo aparecía yo en ese momento por la puerta, atrincherados en su despacho, ya que la oscilación era rápida e inesperada y más de una vez mi pobre sufridor iba a hacerle un mimo a la Misia ñoña y se encontraba con la Misia berserker. El pobre. Así que ya os podéis imaginar el alivio que ha sido pasar el examen, sobre todo para ellos. Cuando acabé el examen me recibieron por la puerta así:
- Gatina, ¡el ser del inframundo se ha ido y nos han devuelto a Misia!
Los pobres no contaban con que quedaba el segundo examen, la salida de las notas, el periodo de reclamación y la espera de las listas. Urf.
Post-post: Nene, he etiquetado este post como Amor porque está claro que me quieres un montón, me has soportado tan bien... Sorry.






